El tesoro napoleónico de Gójar

La iglesia gojareña conserva un panteón familiar donde descansan descendientes directos de una rama de Bonaparte, cuyos familiares vivos veranean todavía en el municipio del Área Metropolitana

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El tesoro napoleónico de Gójar

LA iglesia gojareña conserva un panteón familiar donde descansan descendientes directos de una rama de Bonaparte, cuyos familiares vivos veranean aún en el municipio.

Bajo el Camerín de la Virgen de la Divina Pastora y tras una verja de hierro ataviada con una larga cortina granate, yace un trozo de historia que la iglesia de Gójar conserva con mimo. Resguardado como un fragmento del pasado que, celoso de sí mismo, ha permanecido al margen del saber popular, en este insólito rincón descansan los restos de una rama de Napoleón Bonaparte. Concretamente, se trata de un panteón familiar donde fueron enterrados algunos descendientes de Luciano Bonaparte, Príncipe de Canino y hermano mayor del emperador.

Un pequeño tesoro napoleónico que, casualmente, se abre al conocimiento del gran público en un año marcado por la celebración del bicentenario de la Batalla de Bailén, uno de los episodios más laureado de la Guerra de la Independencia por permanecer en la memoria de los españoles como la primera derrota en la historia del ejército napoleónico, en la que combatieron 3.000 granadinos. Sin embargo, dicen sus descendientes que «Luciano Bonaparte no tuvo mucho que ver en esta contienda, porque sus planes no congeniaban con los de su hermano menor, Napoleón I, y prefirió mantenerse al margen».

Pero el eje central que explica la existencia del apellido Bonaparte en una de las lápidas del particular cementerio situado en la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz de Gójar, se remonta al año 1889 cuando Luis Villanova de la Cuadra, hijo de una familia acomodada y gran benefactora del municipio, contrajo matrimonio con Isabel Roma Ratazzi Bonaparte Wyse, biznieta de Luciano Bonaparte. Los constantes viajes que Luis realizaba por la geografía española, para desempeñar su profesión como ingeniero y para cumplir con su cargo de asesor de la Reina Isabel II, le permitieron conocer a la que sería su mujer.

Al casarse, la pareja vivía a caballo entre Madrid y Gójar. En este último municipio, pasaban largas temporadas en un palacete conocido como la Casa Grande, propiedad de la familia Villanova; un edificio señorial con capilla propia que fue construido en el siglo XVI, hoy día más considerado como residencia estival donde aún veranean descendientes de Bonaparte, concretamente, la nieta política de Isabel Roma con algunos de sus hijos.

De vuelta al pasado, conviene decir que el matrimonio Villanova-Rattazzi trajo al mundo tres hijos, Luis, Leticia y Teresa. Con esta nueva dinastía desaparecería el apellido Bonaparte, pues los niños llevarían únicamente los primeros apellidos de sus padres. Este es el motivo por el que actualmente, el 'título' Bonaparte sólo reza en la lápida de Isabel Roma. Cerca de ella, también permanecen enterrados su marido; su hijo Luis, que pereció en el frente de Bilbao; sus nietos Luis, Elia e Isabel Villanova-Ratazzi Barrera, tres de sus biznietos y miembros de la familia Villanova, con cargos de senadores y militares de alta graduación.

Una mujer sencilla

Actualmente, son los descendientes de Luis Villanova-Rattazzi Barrera, nieto de Isabel Roma Ratazzi-Bonaparte Wyse, por parte de su primogénito Luis, los que heredaron la Casa Grande de Gójar, dónde aún continúan pasando temporadas de descanso. Su viuda, que recibió de su marido el título de Marquesa de Irache y Grande de España, suele acudir acompañada por algunos de sus hijos. Proceden de Zaragoza, donde se trasladaron desde hace muchos años debido a la condición de militar del cabeza de familia, que llegó a ocupar el cargo de coronel de Caballería.

Desde el anonimato que siempre han querido mantener, cuentan estos descendientes de Bonaparte que «la 'abuela Isabel', biznieta de Luciano Bonaparte, era una mujer sencilla que mucho distaba de la personalidad de su madre, la princesa Leticia Bonaparte». Al nacer, dicen sus familiares, «adquirió el título 'ficticio' de princesa Rattazzi, pues el emperador Napoleón dejo dicho que todos los descendientes de la dinastía deberían ostentar los títulos de príncipes y princesas».

Al quedar viuda, aún siendo muy joven, se trasladó a vivir al municipio gojareño, del que era gran amante, y se dedicó por entero al cuidado de sus tres hijos, pues nada quiso saber de las reuniones de alta sociedad. Su nieta política dice que «en una ocasión, la Reina María Cristina llamó a Isabel para que estuviera en contacto con los trajines del reino, pero ella declinó».

Al morir Isabel, en el año 1943, fue enterrada en el panteón familiar de la iglesia gojeña. Dos de sus hijos fijaron su residencia en la capital, aunque finalmente, sólo quedaría aquí la hija mediana, Leticia, cuyos descendientes todavía viven en Granada.

Los Villanova

El marido de Isabel, Luis Villanova de la Cuadra, procedía de una familia muy querida y benefactora del municipio de Gójar. Su padre, José Genaro Villanova, realizó grandes labores dedicadas al municipio. Como recuerdan sus descendientes, «fue un hombre muy inteligente, y uno de los primeros en traer el agua al pueblo. Favoreció en gran medida a los campesinos con la donación de tierras, y concentró su labor en acabar con el hambre».

Pero sin duda, la mejor obra de José Genaro Villanova fue la reconstrucción de la iglesia parroquial, el mayor monumento del municipio edificado en el siglo XVI y atribuido al arquitecto Pedro Machuca, el mismo que construyó el Palacio de Carlos V en Granada. La familia de José Genaro explica que «hubo una época en la que quedó derruida, entonces él se encargó de fundar un patronato para proceder a su arreglo, realizando una generosa donación de cuadros de la que existe un acta notarial».

Tras contraer matrimonio con una señora apellidada Campos, José Genaro sufrió la triste pérdida de su mujer y del hijo que tuvo con ella. En segundas nupcias, se casó con Dolores de la Cuadra, procedente de una importante familia de Úbeda. Con ella tuvo más hijos, entre ellos, Luis Villanova de la Cuadra, futuro marido de Isabel.

La familia sería dueña de la Casa Grande, un palacete que, como explican sus ahora propietarios, «remanece del estilo árabe y que en tiempos pasados sólo era un simple cortijo de trabajo». Sin embargo, añaden que «pronto construirían una estancia de placer y la residencia llegaría a albergar caballerizas, cocheras, pistas de tenis, un estanque y la bautizada como 'casa suiza'». Continúan explicando que, «con el paso del tiempo, las hectáreas de este palacete se verían reducidas con las obras de la circunvalación, que obligaron a expropiar parte del terreno».

En cualquier caso, la Casa Grande es hoy es una auténtica joya digna de admirar, y puede considerase la principal espectadora de un fragmento histórico.

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