Scott Walker, la voz en la sombra

Aparece en España el DVD que recorre la carrera de este atípico artista

ENRIQUE VIÑUELA

A finales de los 60, pudo haberse convertido en el nuevo Frank Sinatra. Lo tenía todo. Juventud, belleza y, sobre todo, una gran voz. Una voz grave de barítono, magnética. Prefirió seguir su propio camino, aunque estuviera plagado de sombras y prolongados silencios que no hicieron sino alimentar el culto en torno a un cantante inimitable, cuya figura ha permanecido siempre rodeada de misterio. Se ha escrito mucho de esa inclinación al aislamiento a lo Greta Garbo, de su pasión por las oscuras historias de amor que sudaba Jacques Brel, de su imagen de existencialista francés, en blanco y negro con bufanda y gafas oscuras. Lugares comunes que dan empaque al personaje pero que sólo sirven para ocultar a la persona. Porque, ¿alguien sabe quién es en realidad Scott Walker?

La respuesta la encontramos en el documental '30 Century Man', producción de 2006 que por fin se publica en nuestro país, en DVD y con subtítulos en español. Dirigida por Stephen Kijak, esta estupenda cinta recorre la carrera de un artista iconoclasta que decidió abandonar la condición de ídolo adolescente para desarrollar un discurso propio, valiente, injustamente marginado por la industria pero que ha calado hondo, y de qué manera, en músicos tan relevantes como David Bowie -fan confeso y productor ejecutivo del filme-, Brian Eno, Sting, Johnny Mar (The Smiths), Radiohead, Marc Almond, Ute Lemper, Neil Hannon (The Divine Comedy), Damon Albarn (Blur), Alison Goldfrapp y Jarvis Cocker (Pulp). Todos ellos desfilan delante de la cámara para mostrar su veneración por la obra personalísima de Walker.

Desde California

Su verdadero nombre es Noel Scott Engel y nació en Ohio en 1943. Siendo un adolescente formó junto a John Maus y Gary Leeds el grupo The Walker Brothers. Ni eran hermanos ni se apellidaban Walker, pero el apuesto trío enseguida se ganó el fervor del público con sus temas de amor adolescente. Eran días felices en la soleada California y sus actuaciones llenaban a rebosar los clubes de Sunset Strip, en Hollywood. En un principio, John ejercía de vocalista. Grabando la balada 'Love her' se dieron cuenta de que la canción pedía una voz más grave. Scott se puso frente al micrófono. Fue un éxito. Más tarde llegarían otros mayores, como 'The Sun ain't gonna shine anymore' y 'Make it easy on yourself'. La expectación de los fans se transformó en histeria y, tal y como les sucedió a los Beatles, a Scott se le quitaron las ganas de actuar en directo. «En los conciertos la gente no venía a escucharte, venía a gritar. Era una experiencia frustrante», se lamenta. Harto del circo mediático, en 1967 abandona el barco y decide montárselo por su cuenta.

Llegar al mundo en el país del Tío Sam fue sólo un accidente del destino. Desde muy joven, sintió un profundo interés por la cultura europea. Amaba la obra de compositores clásicos como Delius y Sibelius, el teatro de Beckett y se sabía de memoria las películas de Bergman y Dreyer. Cuando los Walker Brothers aterrizaron en Londres, se sorprendió agradablemente al comprobar que los británicos se comportaban con el mismo estilo atildado que desplegaban en la gran pantalla actores como Margaret Rutherford y Terry Thomas. En opinión de Johnny Mar, guitarrista de los Smiths, la música de los Walker Brothers se ajustaba a la perfección al paisaje brumoso y el ambiente inglés de la época. Realismo social. «Como una película de Ken Loach», asegura Marc Almond. La conexión europea se completó cuando una conejita 'Playboy' le descubrió la música de Jacques Brel. Sucedió en una fiesta organizada por la famosa revista erótica en Londres. Scott se ligó a una modelo y ella le invitó a su apartamento. «Puso un disco de Brel, y me lo tradujo. Lo estuve escuchando toda la noche. Pensé, esto es maravilloso. Me cambió por completo. Cambió absolutamente todo».

La ascendencia

'Mathilde', una historia de amor sadomasoquista, fue la primera de sus apropiaciones del cancionero del belga. En apenas tres años, entre 1967 y 1969, Scott Walker grabó cuatro álbumes majestuosos, simplemente titulados con un número, del uno al cuatro. En ellos combina composiciones propias con temas de Brel y estándares 'middle of the road' de Bacharach y Mancini.

Disco a disco fue emergiendo un compositor y letrista sobresaliente, dotado para plasmar emociones intensas en unas pocas palabras. «Huele a milagros y suspira cristales de colores», canta en 'Rosemary', de 'Scott 3', la breve historia de un beso entre una muchacha y un viajante. Con su tercer trabajo, se aloja definitivamente en la melancolía y la depresión. Canta a la oscuridad que subyace en el romanticismo. Valses mortuorios que ahondan en la zona oscura de la psique humana. 'Scott 4' (1969), considerada por muchos su obra maestra, sufre un batacazo comercial.

En la contraportada encontramos esta cita de Albert Camus: «El trabajo de un hombre no es sino un lento camino hacia el redescubrimiento de los rodeos del arte. Esas dos o tres magníficas y sencillas imágenes en cuya presencia abrió su corazón por primera vez». Durante la primera mitad de los 70 sigue grabando discos, sin la inspiración de antaño, por exigencias del contrato. Nunca ha dejado que se reediten. El Scott Walker cantante seguía existiendo, pero el artista había optado por el exilio.

Y después, el silencio.

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