Rosa o azul

La selección sexual de la descendencia es una constante en la historia del mundo El infanticidio y el abandono de niñas, antes, y el aborto femenino, desde que existe la ecografía, son alarmantes en Asia, pero también se dan entre inmigrantes en Occidente

INES GALLASTEGUI|

ROSA o azul? Todas las mujeres embarazadas piensan en el sexo de su bebé. No tanto por la necesidad de elegir el ajuar -la asignación automática del rosa a las niñas y el azul a los niños es cada vez menos respetada- como por el deseo de conocer algunos rasgos del pequeño ser que vive en su vientre. Ese deseo empezó a cumplirse a partir de los años setenta, cuando los ultrasonidos se implantaron como medio de vigilar el embarazo. Sin embargo, para ver el sexo en una ecografía habitualmente debían esperar hasta la semana 18 ó 20. La amniocentesis determina el sexo y las alteraciones cromosómicas, como el síndrome de Down, a partir de la semana 14, pero con cierto riesgo para la gestante y el feto. La ciencia biomédica ha venido en auxilio de las más curiosas e impacientes: la empresa de Granada Lorgen acaba de comercializar una prueba que permite, por 120 euros, conocer el sexo del feto a las ocho semanas de gestación.

Sin embargo, el deseo de saber ha estado muchas veces ligado al interés por elegir el sexo de la propia descendencia. Dan prueba de ello los innumerables métodos caseros para concebir un macho o una hembra -sin ningún respaldo científico-, pero sobre todo la eliminación sistemática de fetos y recién nacidos de sexo femenino a lo largo de la historia.

En las sociedades tradicionales, con profundas desigualdades entre los géneros, la preferencia por el varón tenía un trasfondo político, económico y simbólico: muchos padres deseaban tener hijos varones -especialmente, el primogénito- para perpetuar un linaje o continuar un negocio.

Desastre en Asia

El infanticidio con carácter religioso o como método de control de la población fue una constante en la mayoría de los pueblos primitivos. El infanticidio de niñas -directo, por asesinato, o indirecto, por abandono o cuidado negligente- duró mucho más, sobre todo en Asia.

Según el Fondo de Población de Naciones Unidas, en ese continente 'faltan' 163 millones de niñas y mujeres; el desequilibrio entre los sexos es especialmente acusado en India, China, Corea del Sur, Georgia, Armenia o Azerbayán, pero también se aprecia en Nepal y Vietnam. Por motivos políticos y sociales, la hijas no son bien recibidas en esos y otros países asiáticos.

En India, por ejemplo, un retoño hembra puede desencadenar la ruina familiar, ya que es necesario sufragar una costosa dote cuando se casa, algo que muchos padres no pueden permitirse.

En China, la política del hijo único, desde 1979, junto a la creencia de que los varones son un apoyo económico y las mujeres, un lastre -al casarse pasan a integrar la familia del marido-, hace que las parejas no deseen tener una niña, especialmente en el medio rural. Así fue como los espantosos orfanatos chinos se llenaron de niñas y como, tras el descubrimiento de Occidente de esos lugares a través de un documental de la BBC, China se convirtió en el primer exportador de niñas para la adopción internacional.

En poblaciones donde no se practica la selección sexual, nacen aproximadamente 105 varones por cada 100 niñas (las cifras se equilibran después porque mueren más chicos durante la infancia). En China en el año 2000 eran 116 niños por cada 100 niñas y en India, 113 por cada 100, aunque en algunas regiones de ambas naciones la 'ratio' supera los 150 por cada 100.

Esposas 'importadas'

El infanticidio, el abandono o el cuidado negligente de las niñas -antes- y el aborto selectivo de fetos femeninos -desde que existe la ecografía- provocan un gravísimo desequilibrio demográfico en los dos gigantes asiáticos. Las consecuencias ya son evidentes: toda una generación de hombres no puede casarse, ha aumentado la violencia contra las mujeres y la prostitución y ya se 'importan' esposas desde países vecinos.

En los dos países están prohibidas las ecografías para determinar el sexo del bebé -en China hay penas de cárcel para los médicos que lo comuniquen a los padres-, pero la presión social es demasiado fuerte.

¿Y en Occidente? En nuestra sociedad rica y -en teoría- socialmente protectora, el infanticidio y el abandono de bebés es esporádico, pero constante. En la mayoría de los casos son mujeres inmigrantes sin papeles, sin dinero y sin apoyo familiar las que optan por una solución tan brutal. En todo caso, entre los niños encontrados -es imposible determinar cuántos no son hallados nunca-, la proporción entre niños y niñas es similar.

En España, mejor niña

Margarita Delgado y Laura Barrios, investigadoras del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, analizaron hace unos años la preferencia por el sexo del bebé a través de un indicio indirecto: el hecho de ampliar o no la descendencia en función del género del primer hijo. El estudio concluía que las parejas españolas se conforman más frecuentemente con un solo vástago cuando este es niña (20%) que cuando es niño (16,5%). Esa preferencia por las niñas se acentuaba en las madres universitarias.

No obstante, el estudio no analizaba diferencias en esa preferencia según los grupos de población. En Estados Unidos, Douglas Almond y Lena Edlund investigaron el sesgo a favor del varón en la descendencia de inmigrantes chinos, coreanos e indios nacidos en Estados Unidos en el año 2000. En el primer hijo, la proporción entre niños y niñas era la 'natural', 105 a 100. En el segundo, 117 a 100. Y en el tercero, 151 a 100. «Interpretamos la desviación hallada en favor de los hijos varones como evidencia de selección sexual, probablemente en la etapa prenatal», concluyen los investigadores.

Según el comité de ética de la Sociedad Americana de Medicina Reproductiva, «hay al menos cuatro motivaciones importantes que históricamente han impulsado a los futuros padres a desear un vástago de un género concreto: el deseo de criar hijos del género culturalmente preferido; conseguir un equilibrio de géneros entre los hijos de una determinada familia; establecer un orden concreto de nacimiento según el género; y garantizar la utilidad económica de la descendencia en la familia».

La investigadora norteamericana Ashley Bumgarner, que recoge esa cita en un artículo en 'Duke Law Journal', agrega el testimonio de una mujer que recurrió a la selección de sexo por motivos más emocionales: «Esta vez tenía que tener un niño... Soñaba con que mi marido se reía y lanzaba el bebé al aire. Dejó de hacerlo cuando nació nuestra tercera hija. Su indiferencia hacia mis hijas -y hacia mí- era palpable».

Por curiosidad

Javier Valverde, director general de Lorgen, ve improbable que el test que ofrece su empresa sea utilizado como instrumento para una selección sexual con interrupción de embarazo. «Me extrañaría mucho que hubiera algún caso que abortase por razón de sexo -asegura-. Como mucho, la madre puede llevarse un mal rato, por ejemplo si tiene tres niños y espera otro. Pero ese mal rato se pasa rápido».

La gran mayoría de las mujeres que han solicitado el test lo hacen «por curiosidad» y, en una pequeña proporción, por tener antecedentes familiares de enfermedades genéticas, como la hemofilia, que sólo se transmite a los niños. Si el feto es varón, puede ser recomendable adoptar medidas preventivas para evitar riesgos. Por razones técnicas -la muestra de sangre debe enviarse en menos de 48 horas-, Lorgen sólo ofrece esta técnica en España. «En todo caso, yo personalmente no sería partidario de ofrecerla en países como China o India», asegura.

Moldes sociales

Enriqueta Barranco, con más de treinta años de experiencia como ginecóloga y obstetra en el Hospital Clínico de Granada, asegura que «es una evidencia que la mayoría de las primerizas quieren tener un hombre y en muchas ocasiones es para darle gusto a su pareja. El segundo generalmente quieren que sea una niña, porque presumen que va a ayudarles y acompañarles. Es una reproducción de unos moldes sociales establecidos». Esta actitud, matiza, varía según la procedencia social de los padres. «Hay algunos estratos sociales muy jerárquicos en nuestro entorno y en alguna población inmigrada. Los patrones reproductivos están marcados por la tradición», asegura.

En ese sentido, la ginecóloga feminista considera que avances médicos como la posibilidad de conocer el sexo del bebé a las ocho semanas de gestación «a lo mejor no representa un beneficio para las mujeres». Esas pruebas, afirma, suponen «avanzar por donde no se debía, pues el porcentaje de enfermedades genéticas ligadas al sexo es ínfimo comparado con el número de embriones que no nacerán por razón de sexo». Y está convencida de que favorecerán el «feminicidio».

Enriqueta Barranco sabe de lo que habla. Hace unos años fue premiada por una investigación sobre la reacción de las mujeres embarazadas al conocer el sexo de su bebé, que incluía la grabación de su cara mientras veían la ecografía y se les comunicaba si era niño o niña. Algunas no podían ocultar su desagrado al saber que su bebé no era lo que ellas querían. Otras lloraban o no se lo creían. Y es la reacción «genuina», recuerda Barranco: «En el parto, con el hijo o la hija delante, no es lo mismo».

«Ese vídeo lo pongo cada año en clase en la Facultad de Medicina y a los alumnos les impacta muchísimo, porque se ven reflejados: ven la cara de desagrado de mujeres que muy bien podrían ser sus madres cuando les estaban diciendo si sus hijos eran hombres o mujeres. Los estudiantes no se esperan una reacción así -explica la profesora-. Siempre me he preguntado por el porvenir de estos bebés, que ya son mal sentidos, discriminados, dentro del útero, porque no coinciden con las expectativas familiares».

igallastegui@ideal.es