La cara más húmeda de la luna

La lluvia caló anoche a los 20.000 asistentes al concierto de Roger Waters, que ofreció un 'show' impresionante

ÁNGELES PEÑALVERATARFE
La cara más húmeda de la luna

LA cita comenzó con puntualidad y climatología británica, como no podía ser de otra manera. A las diez de la noche, el frío se apoderó del termómetro y el fuego del escenario. La elegancia rockera y el sabor añejo de Roger Waters, alma de Pink Floyd, humedecieron desde el primer momento muchos de los ojos de los 20.000 asistentes que se dieron cita anoche en Atarfe.

Pero el alma y el espíritu de concierto, al que acudieron en bandada los que ya no volverán a cumplir el medio siglo, no decayeron ni por un segundo, al más puro estilo Woodstock 69. 'La cara oscura de la luna' siguió adelante contra viento y marea, aunque las parafernalias visuales y delicias sonoras sufrieron algunos contratiempos en el campo de fútbol de Atarfe. Tras un saludo al más puro estilo torero, brazo en alto, Waters interpretó en primer lugar 'Flesh', tema de inicio y punto de partida del disco 'The Wall'. Al final de la canción, hubo un gatillazo sonoro. Sólo se quedó el sonido de monitores. Paradojas de la profesión, porque la música cuadrafónica que se degustó toda la noche -casi se masticaba- tiene muy poco que ver con lo que frecuenta los escenarios españoles. Los motores estaban tan calientes que la audiencia hizo oídos sordos al problema y el artista se creció. Se acercó sin pudor al público, que no dudó en jalearle.

Y es que sólo con la introducción audiovisual del concierto, con una pantalla imponente de una claridad y nitidez alucinantes, algunos se daban casi por satisfechos. La imagen recurrente del 'show': la radio, la botella, el vaso y el avión arroparían una y otra vez a Waters, que en ocasiones se perdía entre tal despliegue. Una mano sirvió un whisky, le dio fuego a un cigarrillo y encendió una antigua radio que auguraba un cóctel de rock y pop de antaño.

Del aparato cayeron las notas de 'Hound dog', de Elvis Presley, y ecos de las voces de ABBA y Nina Simone... Todos ambientados, ¿no? Las luces del estadio se apagaron y ya nada fue igual... Tras el accidentado 'Flesh', sonó 'Mother', una oda a las madres cantada conmovedoramente por este espigado tipo, que a los 64 años puede presumir de manos, de cuerpo y de garganta.

Hubo una vez en la que este hombre fue muy joven y para recordarlo a su espalda se sucedieron imágenes de los inicios de Pink Floyd. Cuando la cara del ya fallecido Syd Barrett aparecía de fondo, la melancolía se apoderaba del propio artista y de muchos de sus seguidores, que profesan esa religión cuyo primer mandamiento es que el rock debe conmover y emocionar.

Para entonces sonó 'Wish you were here', el primer tema que fue coreado y bailado al unísono por absolutamente todos. Las imágenes de fondo, la luces, la impecable performance de los músicos, la calidad sonora del espectáculo, el recuerdo de un Syd Barrett enfermo mental y el carisma de Waters se dieron la mano y pusieron la piel de gallina a muchos asistentes. Las coristas negras que acompañan al inglés aliñaron en todo momento el cóctel 'soul' de la noche.

Marrano de plástico

Al final de la primera parte sonó 'Leaving Beirut', una canción perteneciente a sus últimas composiciones solistas, de fuerte contenido político contestatario, que se acompañó de fondo con un álbum de fotos de nefastos personajes de la política como Pinochet o Ronald Reagan. El propio artista, que convence igual con la guitarra que con el bajo, contó la historia de un viaje que hizo a sus diecisiete años al Líbano y que le inspiró esta composición.

La lluvia ya caía cuando el mítico y gigante cerdo de goma salió de un lado del escenario con dos frases 'tatuadas' por el Niño de las Pinturas, graffitero granadino: 'Todas las religiones nos separan' y 'El miedo construye muros'. Tanto se enfervoreció la gente con el marrano de plástico, y es que no lo soltaban cuando sobrevoló sus cabezas, que el propio Roger Waters dijo desde el escenario: «Dadle alas al cerdo, dejadlo». Cosas de Atarfe. Casi pasó desapercibida la canción 'Sheep', del Animals (1977), que, cómo no, se oyó potente, en la línea de ese rock denso, compacto, como del futuro y más allá.

La lluvia que cayó en el descanso no sólo no amilanó a los fieles de Pink Floyd, sino que los animó. El espíritu musical de los 70 invadió las cabezas del respetable, que sabía que lo mejor estaba por llegar. Los 15 minutos de parón fueron para Waters, porque la gente estaba muy enérgica y no paraba de moverse, aunque fuera para buscar a la desesperada un paraguas, un chubasquero o una bolsa de plástico.

Comenzó el otro concierto. El concierto: 'El lado oscuro de la luna' (1973). Una de las obras cumbres del rock, sin pausas, de inicio a fin. Un disco que ha cumplido los 35 años y sigue vendiendo unas 8.000 copias a la semana. Increíble cómo se produjo una comunión masiva liderada por un Waters feroz al bajo. Los 40.000 ojos y las 20.000 gargantas fueron atrapadas e hipnotizadas por un circular encuadre en el que desfilaron relojes, pastillas, maquinarias y ruidos machacantes, con una perfección alarmante.

Un prisma gigante, al frente del tinglado, brotó y giró para soltar un arco iris y un haz de luz blanca. Cada verso, cada arreglo, plasmado en el imaginario colectivo, fue ejecutado impecablemente. 'Speak to me', 'Money', 'Us and them', 'Brain damage', 'Eclipse'. Euforia total. Y, cómo no, 'Another brick in the wall'. Dos horas y media de historia musical se habían esfumado del reloj. El eco de 'No necesitamos ninguna educación / No necesitamos que controlen nuestros pensamientos' se oirá durante mucho tiempo en la cabeza de quienes ayer asistieron al fenómeno Waters, quien hizo chorrear un rato de vida de color totalmente rosa...

mapenalver@ideal.es

El prisma con el que se mira. La autora de la crónica del concierto responde a los usuarios de Ideal.es