Fiesta de cuerpo presente

JORGE CABRERIZO

VAYAN ustedes a ver la exposición que dedica Granada al recuerdo del inconmensurable Francisco Izquierdo. La encontrarán en el Centro Cultural Gran Capitán, las Hermanicas de los Pobres de toda la vida. Ea, ya no hace falta que sigan leyendo.

A revuelta de párrafo, si todavía continúan con los ojos pegados al culo de mis palabras, permítanme que entonces me explaye en la insistencia. Si no conocen a Paco Izquierdo les advierto que 'hai excomunión reservada a Su Santidad', como reza el letrerillo de pergamino que cuelga de algunas bibliotecas churripestosas y cachondas librerías de viejo, de esas que don Francisco gustaba de patearse en batidas de caza de bibliófilo rancio, de buen ojo y mucho tino. Y si lo conocen, les suena de algo o les cae en gracia probar suerte, lo mismo da, no pierdan el jopo, que no decepciona.

Allí podrán disfrutar de un buen paseo por los paisajes personalísimos del Paco Izquierdo 'poliédrico' -como le definirán seguro algunos eruditos a la violeta, víctimas propiciatorias de más de un porrazo dialéctico de aquellos que don Francisco arreaba-. Que sí, que sí. Un hombre fiel a sí mismo -otro palo a la burra que dedico a los parientes de las frases hechas-, que no se traicionó en la vida, que hizo siempre lo que le pidió su cuerpo serrano, y bien que es de envidiar, ganándose las habichuelas con su pintura, su dibujo, su escritura, su pasión por la edición de libros y revistas, su metódico rastreo de lo que publicaron allende la lejanía de los tiempos algunos benditos iluminados con la sana locura de la estampación, parientes consanguíneos de este Francisco Izquierdo de 'demontres, diantres y cachidiablos' -como retahilaría un hipotético capitán Haddock parido en el Carril de la Lona-. El duro, incansable y satisfactorio trabajo de un hombre entregado, toda la vida de Dios, a su humilde oficio de genio. Toma del frasco.

Allí podrán ver, en corto asomo, una miajilla de ná de tó lo que fue. Verán a doña Emilia, pálida de mármol de juventud eterna, ensimismada en el barrunto de una carta nunca escrita y jamás leída, carta de pasta de óleo, carta de grises y blancos. La Alhambra y el olivo pintados en la época en la que el maestro ejercía como francotirador de vistas desde la torre campanario de San Cristóbal, patrono de los tíos grandes, donde tuvo su estudio. Disfrutarán un San Fermín, pieza espléndida, suerte de tabla díscola de retablo, en la que el santo nos muestra sus negros huesos de puro enrejao granaíno. Me sobrecoge encontrar la firma de don Francisco, deliciosa y maliciosamente naïf, al pie de unos Adán y Eva irremisiblemente esposados, enmarcada en un corazón tatuado con el dichoso RIP de mal agüero (agüero propio de videntes, profetisos y demás tarumbas que no se arriesgan mucho, no, a la hora de jugársela en las predicciones, los tíos cucos). En esta exposición, les digo, disfrutarán del calor que emanan unos Albayzínes -era arduo defensor de la toponimia rajá del barrio de sus desvelos-, que son como tapices entretejidos de una jarapa muy suya, muy de don Francisco. Observarán atónitos la transfiguración del bibliófilo en juguetón pintor de collage: romeros de Moclín, lluvia en El Temple. Y a los cabezudos de la Golilla, que les da por tocarse los mondongos de pura aburrición, porque sí, y también, metidos ya en faena, al Paco erótico (Nata, hija, culito prieto, Abril se arracima flores en el... bueno...), hermano siamés del Paco fetichista de moñazos y miriñaques -a una se le escapa una teta, mire usted-, compartiendo solemnidad bufa, la mayor de las solemnidades, con Felipe II y el Marqués de Mondéjar, brutales retratos alucinados, técnica mixta de gouache, café, tienta seca, acuarela 'y roña' (que le gustaba a él siempre poner la tilde). Pues sí, lo que yo les diga. Monocalcos -secreto secretum- en uno de los cuales 'se vido un globo de fuego', como fresco en chico, bocetillo que se me antoja diseño para un mural que se rifaría cualquier ciudad seria para coronar la fachada pelá de algún edificio bien alto. Todo ello aderezado por el Paco irónico, siempre, lúcido, desmitificador, que en la dulzona carátula de 'Así canta nuestra tierra en Carnaval' pone a todos sonriendo mientras parecen arder en las llamas del infierno. Al maestro Izquierdo yo me lo recuerdo desternillándose, no se le caía de la comisura de la boca ni la risa franca -se ponía coloradote- ni el cigarrillo. ¿Ay...!

El hombre que pintaba con el lienzo colocado en una silla de anea y sentado en el suelo del salón de su piso de Madrid, cerquita del balcón soleado; el hombre que fue original hasta para recibir el Premio Nacional de Literatura, concedido por un día nada más y usurpado de la más abyecta de las maneras; el hombre al que mesaba los cabellos plateados un rumor de dies irae... Total...

Es esta, sin duda, la exposición magna que se merece, junto con la reedición de varios de sus más reconocidos libros. Pero, estimados amigos de pamplinas foráneas y olvidos terruñeros -si alguno hubiere que esto leyere-, aprovecho la coyuntura para azuzarles: desde aquí pido, a grito pelao, un rincón donde se honre su recuerdo permanente, porque se lo merece, puñeta, tanto como aquel que hizo lo otro y el de más allá que es primo hermano de uno que fue. Ya me entienden, disculpen la prudencia.

Porque Francisco Izquierdo, a la chita callando, ha dejado un magisterio original y característico que algunos que pertenecemos a una nueva generación de chalaos recogemos en la medida de lo posible -cuatro gotas rebajadas en mucho agua, es cierto, pero en algo recuerda el sabor-, y me da en el hocico que su influencia crecerá conforme su ausencia se vaya macerando en recuerdo. Y, de no ser así, mala puñalá nos den.

Mira que morirte, Paco. Eso fue hacernos un feo.

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