Los últimos de Fajalauza

Sólo cinco personas trabajan ya en las dos únicas cerámicas típicamente granadinas que quedan, actividad que fue durante mucho tiempo uno de los puntales de la economía de la capital

ANDRÉS CÁRDENAS

LA mañana está lluviosa. Hace frío. El ambiente es el propicio para estar en una mesa camilla, que es donde está Miguel Moreno Morales, dueño de una de las dos cerámicas de Fajalauza que hay en el Albaicín. La otra pertenece a su hermano Cecilio y está justo enfrente. Estas son ya las únicas cerámicas que existen en esta zona de Granada, en donde llegó a haber hasta treinta cerámicas que daban de comer muchas familias granadinas. En la tienda está Gustavo, el hijo de Miguel, que está vendiendo a unos americanos unas piezas que quieren que les envíen a Estados Unidos.

-¿Son los extranjeros los que más compran ahora este tipo de cerámica? -le preguntamos.

-Sí, aunque también hay mucha gente de aquí que le gusta lo típicamente granadino -responde Gustavo.

Gustavo intuye que es de los últimos que se están dedicando a este oficio. Tiene dos hijos pequeños y de su futuro todavía es muy pronto para saber si van a seguir con la tradición. Él tiene claro a qué se debe la decadencia de esta actividad.

-Primero porque antes todo se hacía de barro, los platos, las vasijas, las ollas, los lebrillos... Desde que se hacen de cristal y de otros materiales, esta actividad ha bajado mucho. Y segundo, porque hoy día, lo dije hace poco en una emisora de radio, la gente está más por las maquinicas y por el internet. Se ha hecho muy cómoda y casi nadie se quiere dedicar a esto.

En esa fábrica ya quedan sólo dos trabajadores, los mismos que en la de su tío Cecilio.

Miguel Morales, el padre de Gustavo, tiene 85 años y recuerda cuando trabajaba con treinta o cuarenta obreros. Él comenzó a hacer cacharros de barro en el torno -o en la rueda- a los trece años y aún hoy, para entretenerse, coge y modela productos. La memoria de Miguel es la de un hombre que ha vivido intensamente el oficio del que dice el poeta popular que es «noble y bizarro, de entre todos el primero, pues en la industria del barro, Dios fue el primer alfarero y el hombre el primer cacharro».

Desde el siglo XVI

En un documentado estudio sobre este tipo de cerámica, Carlos Cano Piedra y José Luis Garzón Cardenete, dice que desde mitad del siglo XVI se fabrica en el Albaicín este tipo de loza de corte popular «que a lo largo del tiempo ha suscitado un amplio interés, hasta el punto de que cualquiera de sus humildes recipientes de barro vidriado puede ser considerado como una de las señas de identidad cultural de la ciudad». Para estos autores, los orígenes de esta actividad hay que buscarlos en la evolución que sufren las cerámicas fabricadas junto a la Alhambra después del sometimiento de Granada a las armas castellanas. Ese azul característico propio de las lozas nazaríes, salta a esta cerámica popular que durante siglos ha mantenido a muchas familias granadinas. Se llama de Fajalauza porque en la puerta de Granada con ese nombre estaban los principales alfares. «Fajalauza significa en árabe 'Collado de las Almendras' y me imagino que es porque por aquí había muchos almendros», dice Miguel Morales, que ha pasado toda su vida por aquellos andurriales.

Él recuerda, con ese espíritu que pone la resignación, cuando hasta la fábrica de su familia llegaban camiones de todas partes de Andalucía a cargar los cacharros que allí hacían. En su memoria, por ejemplo, ha quedado el día en el que durante la guerra civil, siendo muy niño, un capitán le apuntó con una pistola para que le cargara un camión de platos que iban a utilizar los soldados que estaban en el frente. O cuando desde Linares llegaban los polvos de plomo que se hacían necesarios para el vidriado de la loza. O cuando desde Motril salían barcos enteros con la cerámica de Fajalauza para destinos de ultramar.

Los Morales

Según el estudio de los citados investigadores, uno de los más destacados granadinos que se dedicaron a trabajar el barro en el siglo XVI se llama Hernando Morales, antepasado de Miguel Morales y uno de los miembros más antiguos de la dinastía más ilustre de alfareros y ceramistas granadinos. Nada menos que 67 miembros ha aportado esta familia a dicha actividad.

«A principios del siglo pasado había dos cerámicas importantes, la de los Morales y las de los Alonso. Una hija de Alonso se casó la de Morales y se hizo una gran fábrica. Fue cuando más esplendor tuvo la cerámica de Fajalauza. Mi hermano y yo heredamos aquella fábrica, pero en el 1975 tuvimos diferencias y nos separamos. Ahora él tiene su negocio y yo el mío», dice Miguel, que no quiere profundizar por los motivos de esas diferencias familiares.

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