José Luis Pecker

JOSÉ LUIS KASTIYO

NO olvidaremos el viaje a Cartagena de Indias, Santa Marta y Barranquilla con José Luis Pecker y Matilde Pérez de Lama, su esposa de tantos años y tantos hijos, a quien no le dio por coleccionar las veces que al cabo del día José Luis la reclamaba con un sonoro y cariñoso ¿Matilde!. Como tampoco olvidaremos tantos otros viajes con ellos a Asturias, a Galicia, a Nueva York o a Atlantic City, la ciudad del juego en el Este norteamericano. A tantos sitios que visitamos como miembros de la Federación Española de Periodistas y Escritores de Turismo. Recuerdo su emoción, tanto como la nuestra, cuando en la Quinta de San Pedro de Alejandrino, en Santa Marta, donde murió Simón Bolívar, leíamos la placa en mármol con la última proclama del Libertador cuando se dirigía a su pueblo de Colombia cuando aún se llamaba Nueva Granada: «¿Granadinos! Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés...». Y es que José Luis tenía auténtica devoción por Granada. Aquí vivió durante años de su niñez el tiempo que su padre permaneció destinado en nuestra ciudad. Aquí conoció sus primeros amigos, su primer colegio recordado, el de los Hermanos Maristas y siempre tuvo palabras cariñosas para sus gentes, su paisaje y su historia. Es curioso que en su última felicitación navideña, que José Luís, hombre muy religioso, concretaba cada año en un bello artículo acerca de la Natividad, recordaba un relato que alguien le había contado en su «colegio de Granada, ciudad donde las emociones se hacían inolvidables por su incomparable marco y sus respetuosos silencios.»

Tampoco es de olvidar aquel día de intenso helor, en Montefrío, cuando empapaba trozos de pan en una fuente de 'sesos al mojeteo' mientras reclamaba de Matilde que anotase la sin par receta. «Esto es impresionante, Matilde. Toma nota de todo, no pierdas detalle», decía desde la enorme humanidad de sus dos metros de estatura, como un chiquillo que acabara de descubrir un nuevo mundo de golosinas.

La ultima vez que estuvimos con José Luis Pecker fue en su casa de Aravaca, en Madrid, un finca que se esconde entre el arbolado que crece en la confluencia de la M-40 y la Carretera de La Coruña. Un hogar, al que quedamos envolver pronto, que es un museo vivo de recuerdos del gran locutor y presentador de Televisión que acaba de dejarnos. José Luis nos enseñaba un día a Teresita Baños y a nosotros sus dos principales colecciones: la de sellos de pan y la de crucifijos. Con la dificultad de un doloroso y viejo problema en sus piernas, agravado por el peso de su envergadura, su voz característica nos fue informando con todo detalle del por qué y el cómo de aquellas interesantes colecciones, de qué manera, a través de qué gestiones, incluso de qué costos habían podido integrarse en aquel lugar lleno de hijos. Los sellos de pan, que él cuidaba amorosamente colgados y alineados en las paredes de la hermosa casa, son todos de madera, labrados a mano con relieves que marcaban sobre la pieza de pan cuando era masa fermentada, el santo y seña del artesano panadero. Era la firma de autor, la rúbrica de la casa, como un medallón impreso sobre todas y cada una de las hogazas y las roscas que salían recién cocidas de los viejos hornos de leña de Castilla, Galicia o La Rioja. Casi olían aún a pan caliente aquella piezas originales, distintas, que había dignificado al ya lejano pan artesano, amasado a mano sobre la artesa de madera que también es historia.

La colección de pequeños crucifijos de José Luis Pecker, miles de ellos, cada uno con su biografía, ocupan pasillos, dormitorios, en especial el suyo y Matilde, en las despensas y hasta en los cuartos de baño, desde casi el suelo hasta el techo. Los huecos entre estas dos principales colecciones cuidadosamente ordenadas sobre la pared están cubiertos, sobre muebles o repisas, por libros, cuadros y fotografías de los muchos nietos del matrimonio. «Al salir de la Radio los viernes por la noche nos íbamos a buscar los sellos de pan y los pequeños cristos lo mismo a Burgos que a Zamora, igual a Orense que a Astorga», me decía, para explicar aquellos valiosos frutos de apasionado coleccionista.

La acogedora generosidad del matrimonio con los amigos, en el jardín posterior, ante una copa que regaba la cena servida por el fiel Felipe, rompía el sentido del tiempo por su charla salpicada de anécdotas de cuando 'Un millón para el mejor' que descubrió a Mercedes Carbó, la famosa 'mamá del millón' que nos tuvo a todos pegados a la reciente tele durante muchas semanas. De la época de 'Cabalgata fin de semana', de 'Doble o nada', de 'Viva la gente', de sus vivencias con el gran Boby Deglané, con Joaquín Prat, de cuando la radio eran él mismo y Guillermo Sautier Casaseca, Juanita Ginzo y Matilde Conesa. Pero esa voz inconfundible y amiga de José Luis Pecker se ha callado para siempre. Sin embargo, en la memoria de cuantos le conocimos quedará el testimonio vivo y perenne de un hombre bueno y un profesional extraordinario, reconocido por decenas de premios, respetado y querido por todos.

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