Emilio Benavent Escuín

JUAN SÁNCHEZ OCAÑA

LARGA y fecunda ha sido la vida temporal de Emilio Benavent, vinculado a Granada como arzobispo desde 1968 a 1977. El día 4 de este frío mes de enero moría en Málaga, a la edad de noventa y tres años, llevándose consigo el meritorio bagaje de una densa biografia al servicio de la Iglesia y de la sociedad andaluza.

Llegó a Granada como arzobispo coadjutor por la deteriorada salud del arzobispo titular, Rafael García y García de Castro. La novedad del nombramiento de 29 de agosto de 1968 estaba en ser arzobispo coadjutor con derecho a sucesión.Venía de Málaga, donde era obispo residencial desde la renuncia de Ángel Herrera, tras haber sido su auxiliar. Aunque no fue arzobispo residencial hasta la muerte del arzobispo Rafael en 1974, de hecho lo fue desde el primer día de su llegada.

Había nacido en Valencia el 10 de abril de 1914. Estudió magisterio y filosofia y letras en Madrid, siendo discípulo de Ortega. Participó en la guerra civil, resultando herido. (Su estancia en Granada le ofreció la ocasión de conversar con un militar de alta graduación a cuyas órdenes sirvió.) Su experiencia en el hospital le hizo descubrir la vocación sacerdotal. Cursó filosofía y teología en Comillas donde se doctoró en ambas disciplinas. Su actividad estuvo marcada por su profunda vivencia religiosa, su exquisito trato y porte elegante, su brillantez intelectual y su sensibilidad social. No en vano se había forjado en la escuela de Herrera Oria.

Ciñéndonos a su labor en Granada destacamos, entre una densa actividad, dos hechos que trascendieron el ámbito local. El 21 de julio de 1970 murieron tres obreros de la construcción en el enfrentamiento de las fuerzas de orden público con más de cinco mil trabajadores. Reclamaban un convenio para todo el sector. El arzobispo Emilio viajaba aquel día a América con la intención de visitar a los sacerdores granadinos. Conocedor de la trágica noticia, interrumpió el viaje para estar presente entre los diocesanos y al lado del dolor de las familias. Sus manifestaciones y gestos iluminaron aquellos días.

Otro episodio de gran significación tuvo su comienzo el 29 de abril de 1975. El malestar social se hacía sentir en los últimos años del régimen anterior. Granada, en los últimos puestos de la renta per cápita, acusaba la problemática situación. Debido al descontento de los habitantes del Polígono de Cartuja, -el 40% de los peones estaban en el paro- se tomó la decisión de encerrarse en la Curia diocesana de la Plaza de Alonso Cano. Treinta cinco trabajadores de la construcción, entre los que se contaban dos sacerdotes, iniciaron un encierro de protesta y llamada de atención. En cuanto se conoció el hecho, la policía intervino tomando las entradas. Enseguida aparecieron grupos de apoyo en el exterior. Permanecieron en las dependencias curiales hasta la tarde del 5 de mayo. Un grupo de policías a las órdenes de un capitán irrumpió en los locales, señalaron a los que creyeron cabecillas y al resto se le permitió salir. Los considerados como culpables, entre ellos los dos sacerdotes, Quitián y Aguado, tras ser cacheados y esposados, fueron llevados a la comisaría de la plaza de los Lobos, después a la cárcel y finalmente a Carabanchel.

La actitud el arzobispo Benavent evidenció la solidaridad de la Iglesia. Siempre apoyó decididamente la causa obrera. Fue frecuente su magisterio sobre temas sociales.

Su cercanía al mundo del trabajo y a los curas tanto obreros como a los sancionados por algunas homilías se hizo siempre patente. El apoyo de don Emilio Benavent Escuin, -relataron los encerrados.- fue decidido, no permitiendo que las fuerzas de orden público entraran a desalojar, y suministrándonos incluso comida, algo excesivamente comprometido. Y en cuanto a su reclusión en Carabanchel manifiestan: No tardó en visitamos el arzobispo Benavent quien, no sólo en este momento, sino a lo largo de toda su estancia en Granada, estuvo a nuestro lado.

El 9 de mayo de 1975 publicó una nota titulada 'Amor, paz y solidaridad cristianas'. En ella reiteraba su solidaridad con los obreros que pedían se adoptasen las medidas necesarias para conseguir un puesto de trabajo. Reprobó la violencia del terrorismo y afirmó que le constaba, por el trato personal con los sacerdotes sancionados, que habían actuado movidos por su sincero amor a los pobres y a la justicia.

El 25 de mayo de 1977 fue nombrado arzobispo Vicario General Castrense, responsabilidad que ejerció hasta octubre de 1982. Se despidió de los granadinos el día 26 de junio: «Creo que durante los nueve años que ha durado mi servicio apostólico entre vosotros, no he pretendido otra cosa que tuvierais conciencia de vuestra libertad de hijos de Dios y que nos pusiéramos todos al servicio de nuestros hermanos por amor... En esta comunidad diocesana ha crecido la conciencia de que la solidaridad con los que sufren no sólo reclama el alivio inmediato de sus padecimientos, sino la erradicación de las causas y el respeto a la dignidad personal de los más desvalidos, a los que hay que facilitar que se les escuche y que ellos mismos sean protagonistas de promoción». Definió a Granada como «rica en fe y pobre de riquezas materiales». La prensa se hizo eco de su traslado. IDEAL publicó una semblanza de Benavent calificándolo como un obispo del pueblo, al que se entregó con sencillez y cariño. Y recordaba su equilibrio y sensibilidad con los obreros encerrados en la catedral y su consuelo a las víctimas en las inundaciones de la costa en 1973.

No fueron fáciles los tiempos que le tocó vivir en nuestra diócesis: una Iglesia en tensión posconciliar y en reforma constante, y una sociedad en clima también de transformación profunda. IDEAL hacía un elogio de su persona y de su estilo: «Nunca se impuso a nadie con su autoridad -siempre aconsejó- insinuó y llevó la disciplina con espontaneidad y libertad». El respeto a las personas y a sus diversas circunstancias fueron para él categoría indeclinable. Los últimos años ha vivido retirado en Málaga. Es justa nuestra veneración a tan eminente eclesiástico.

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