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ALMERÍA - JAÉN - GRANADA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Sociedad

SOCIEDAD
Jaume Tresserra, diseñador de muebles:«Sin dinero, soy un hombre indefenso»
«La inspiración existe, llega como un apretón intestinal y si no la atiendes de inmediato, vamos... que te diseñas encima»
23.12.07 -

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Jaume Tresserra, diseñador de muebles:«Sin dinero, soy un hombre indefenso»
CUIDADOSO. El internacional diseñador barcelonés coloca las bolas en su billar. / VICENS GIMENEZ
Divertido y charlatán, Jaume Tresserra es de esos seres a los que les encanta hablar de sí mismos, aunque sea para mal. La suya es una coquetería autocrítica y socarrona que seduce de inmediato. Este barcelonés, uno de los diseñadores de muebles más famosos del planeta, vive por pura necesidad rodeado de lujo. Del lujo que habita en la belleza de las formas simples y los materiales nobles. Y también, del que proporciona el dinero. Su espacioso taller se encuentra al borde del parque más exclusivo de Barcelona, con un Porsche negro, el suyo, siempre aparcado a la puerta.

«Llevo un año con un problema de cervicales que me produce pitidos. Ahora mismo tengo en este oído así como un escape de gas: fzzzzzsssss...», confiesa el extrovertido Tresserra antes de empezar la entrevista. Estamos literalmente rodeados de su colección más internacional. Con el contenedor Samuro a nuestra espalda, idéntico al que tiene Tina Turner en su casa de Colonia; con la mesa 'Paralelas' a nuestro lado, igual que aquélla sobre la cual se devoraron a besos Jeremy Irons y Juliette Binoche en 'Herida'; ante la mesa de billar 'Bolero' y junto al legendario mueble-bar 'Martínez', en este caso un ejemplar único, pues por alguna misteriosa razón el nogal del que está hecho en lugar de oscurecerse con los años se ha quedado blanco. «Y por eso le llamamos Michael Jackson», apunta su creador.

-¿Es usted un hombre con suerte?

-Lo soy. Mi éxito no es sólo fruto del esfuerzo, no soy tan sacrificado ni sudo sangre... Yo ya nací en el seno de una familia donde la estética era muy natural; donde hablar de teatro, de cine o tener cenando a Óscar Tusquets o a la diseñadora de las joyas Tiffany de Nueva York era normal. En aquel caldo de cultivo me fui empapando y acabé haciendo esto. Mi padre, de hecho, ya era un hombre preocupado por el tema de la decoración, pintaba la casa de colores raros para la época.

-Eran ricos.

-¿Qué va! Si la mía fuera la historia de un pijo ni me atrevería a contarla. De hecho, me crié en una barriada. Eso sí, pertenecíamos a una burguesía media, quizá tirando a alta. Pero más alta en cuanto a estilo de vida que a solidez económica. En casa, por ejemplo, recuerdo que terminábamos de cenar y se pasaba a una sala donde teníamos un cine; en una época en la que no había televisión. Y con unas conexiones con no sé quién, que nos permitían ver películas de estreno. Me he criado viendo desde el primer Chaplin a 'Metrópolis'.

-Qué nivel...

-Siempre digo que, ya que universitario no soy, mi escuela ha sido el cine. Los Hermanos Marx, por supuesto. Ellos representan para mí el lujo máximo. Aquellos trasatlánticos, aquellos hoteles... Quizá nadie se ha gastado tanto en recrear un barco como aquél.

-Pero luego qué pequeño era el camarote.

-Ja, ja... Y lo que llegaron a meter dentro. Sí, la escuela de mi infancia fue el cine. Mis padres tenían otro nivel antes de la guerra. Muchas cosas pasaron y se quedaron a dos velas. Pero como venían de la industria textil y aún les quedaban aprestos, tintes y tal pues, casi sin un duro, empezaron a arrancar con lavanderías y acabaron teniendo diez o doce, porque el que es empresario ya se sabe... Nos dieron muy buena vida. Mi padre fue un hombre ejemplar.

-¿Qué ha heredado de él?

-No gran cosa en lo material, pero sí algo muy importante y es que yo, por muy en la cresta de la ola que esté, jamás podré convertirme en un gilipollas. Esto sí que se lo debo a él. Y cuando veo tanto gilipollas como en este momento hay por el mundo, me siento honrado de haber heredado esto de mi padre. También me enseñó una ética y una moral que realmente es fatal para ganar dinero. Esa moral tan estricta me lleva a que si yo mañana me entero de que hay una viuda que por necesidad vende su piso, es que no voy ni a verlo, para no caer en la tentación... Yo tengo que levantarme cada mañana, mirarme al espejo y gustarme. Prefiero pagar más de lo que vale algo que volverme un especulador y un miserable.

-Me ha hecho pensar en los que van a un zoco de un país del Tercer Mundo y regatean a muerte.

-Bueno, esos ya son friquis.

-Pues hay muchos.

-Es que el noventa por ciento de la gente juega en segunda, para qué nos vamos a engañar. Quiero decir que tienen unos códigos de segunda. Un ejemplo: Estuve en Bangkok. Allí, un niño, por llevarte todo el día con la barca, te pedía cincuenta pesetas. Y la gente me decía: «No le dés cincuenta, que te lo hace por veinticinco». A mí esa caridad comparativa con el coste de la vida me parece increíble.

-Quizá a alguien le sorprenda que hable así un pope del lujo.

-Bueno, bueno, es que los pobrecitos ricos también tienen su corazón y su necesidad de gastar dinero. Alguien tiene que ponerles las tentaciones, je, je...

-Antes ha dicho que hay mucho gilipollas. ¿En el diseño?

-No me haga hablar. Hay gente a la que admiro profundamente, como Phillippe Stark o como Miguel Milá, que es el padre de todos. No sólo les admiro, sino que les tengo una ligera envidia, y ni siquiera sana. Al contrario, corrosiva. Una envidia que me deprime a mí porque me veo zafio al lado de ellos. Pero también hay gente que le cambia el culo a una silla y luego va de divino por la vida.

-¿Cómo llegó a los muebles? Porque usted estudió Derecho...

-Estudiar no es la palabra. Digamos que me matriculé e inmediatamente me fui a la cantina. Aquellos libros me parecían listines telefónicos. Además, luego llegué a la conclusión de que nunca podría haber sido abogado. Lo que más me horrorizó es que tenía que defender a culpables. Esa moral aleatoria yo no la tengo, soy incapaz.

-También hay abogados de los pobres.

-Sí, en plan Teresa de Calcuta, pero es difícil ganarte la vida así. Y yo soy un hombre indefenso sin dinero. Tengo unos mínimos burgueses que debo cubrir, porque soy incapaz de aguantar humillaciones, colas, empujones... Yo compro mi parcela de tranquilidad con un poco de dinero.

-Al menos es sincero.

-Bueno, si a mi edad me siguiera engañando... Aunque siempre he dicho que la ancianidad por sí misma no te hace mejor. De hecho, fíjese: a los muebles buenos el paso del tiempo los ennoblece. A los malos, los destruye. Nuestros muebles ahora mismo se subastan en Sotheby's. Aspiramos a que acaben en un anticuario, no en la basura.

-¿Pero cómo llegó al diseño?

-Empecé a hacer cosas como tocar la batería en un grupo... Y también hice joyas con esmaltes en la escuela Massana. Luego las vendí en Ibiza. El primer puesto 'hippy' de joyas artesanales en Ibiza lo puse yo en el año 60. Lo vendí todo.

-Y de la joya, al mueble.

-Primero trabajé en publicidad. ¿Recuerda aquel anuncio de fajas de señora marca Turbo en el que un escultor intentaba esculpir una Venus sin éxito, hasta que un angelito baja del cielo, le pone una faja a la escultura y queda perfecta?

-Me acuerdo, era de animación.

-De animación de lo más cutre, pero era mi anuncio. En Publicidad había un departamento de medios y los medios tenían los stands como elemento publicitario. Y yo empecé a hacer stands. Y cuando me harté mucho de la publicidad, o sea, de hacerle la pelota todo el día al cliente, me hice interiorista. Antes decorador.

-Decorador. Suena 'gay'.

-Era un oficio muy 'gay'. Yo creo que había sólo un par que no lo eran. Uno era yo. Al otro no lo conozco, pero sé que existe, ja,ja... Lo que pasa que en mi casa ese tema ya estaba muy asumido, porque con un hermano modisto, José María Tresserra, ya me dirá. Y así, como decorador, empecé a diseñar mis propios muebles para personalizar mi trabajo. Un día alguien me dijo que intentara producirlos en serie. Y así llegamos a lo que tenemos hoy.

-¿Lo suyo con la madera fue un flechazo?

-Lo mío con la madera es un encuentro inevitable cuando haces muebles. Ya sabe que muchos de mis muebles tienen compartimentos secretos. Todos los posibles. Según una leyenda inglesa, ahí es donde habitan los duendes de la familia. Pero mi anécdota es distinta. Lo mío es que cuando iba a pasar unos días a casa de mi abuela, allí estaba mi tía la solterona. Ella entraba en su habitación y había una cómoda. Abría unos cajoncitos y sacaba unas historias... A mí, de niño, me parecía que en aquellos misterios estaba el secreto de la vida, de la feminidad. Y me quedó esta fijación por los secretos. Años más tarde, cuando la pobre mujer ya no estaba en este mundo, yo hurgué en aquellos cajones. Allí lo que había era una medallita de Lourdes, una llave de un joyero... Descubrí que había más fantasía en mí que misterio en aquel mueble. Y eso se ha reproducido luego en mis diseños, porque cuando voy a una casa y abro esos compartimentos me encuentro con que allí están una copia perdida de las llaves del 'Golf', el carnet de un club que cerró hace años...

-¿Usted guarda algo más interesante?

-Qué va. Meto tonterías, como todo el mundo. Esos cajones sirven para una cosa: para retrasar la decisión de tirar algo. Así que te regalan tiempo. Pero no nos engañemos, en España la gente sobre todo lo que mete en los muebles son botellas. Haces una librería y te la llenan de alcohol.

-¿Sufre en una casa llena de muebles de Ikea?

-No. Peor es el quiero y no puedo, el estilo remordimiento español. Pero también es verdad que hoy día hay una tendencia a que si mueves un poco el jarrón hacia la derecha te desequilibra el cuadro.

-¿Qué opina del Feng Shui?

-Desconfío de todo lo que viene de esos mundos lejanos y ajenos a nuestra cultura, que es la del sofrito. Cuando uno necesita de esos exotismos es que su naturaleza mediterránea le está traicionando. La sabiduría no está sólo en Oriente. Existe también aquí. En Ibiza, en plena canícula, un tío pone cuatro palos, unas cañas de tejadillo y una parra, y debajo de eso se está fresquísimo. Pero ahora te viene un arquitecto moderno y te construye un bloque de vidrio mirando al sol y mirando al mar. Y, claro, necesitas cien motores funcionando para mantenerlo fresco.

-¿Está hablando de la casa ibicenca de Borja y Blanca Thyssen?

-¿Esa estupidez? La he visto, sí. Ahí ya se ve que no vive nadie con cerebro, porque encima es que no hay ni un libro decente. Casas decoradas con buen gusto hay muy pocas. Y casas con el alma de alguien que tiene algo de cultura y talento aún menos.

-¿Cómo es la suya?

-Mi casa es un almacén de libros en el suelo, de cuadros por colgar...

-Y de muebles suyos, supongo.

-No. Yo no tengo ni un sólo mueble mío en casa. Está todo hecho por mí, pero no hay ni un mueble mío, y menos de la colección. No me lo puedo permitir, son muy caros, ja, ja, ja... Bromas aparte, tener muebles míos en casa sería una especie de onanismo visual.

-¿Qué opina del diseño inútil?

-Hombre, si ya es bello y enriquece el alma, no es tan inútil.

-Es que acabo de probar ese sillón de ahí y me ha parecido incómodo.

-¿Aquél? Bueno, es que nació precisamente para unos minutos de espera en un salón que la emir de Qatar tenía para sus amigas. Hicimos varias cosas en el gran palacio de un jeque de Qatar, con Arata Isozaki como director de la obra, pero al final se paralizó todo el proyecto por problemas internos del país. Todo lo que hacemos para los jeques va con un contrato de exclusividad, no lo podemos repetir nunca para nadie. La única excepción es la silla Haiku, que usted ha mencionado, y que me la pidieron fuera de contrato.

-¿Le asusta la decadencia?

-No. El día que se me agote la creatividad, echo la persiana. Y me dedico a otra cosa. A escribir o a charlar que, como ya habrá comprobado, me encanta. Y me voy tan ricamente. No quiero ser un señor que hace un esfuerzo tremendo por imitarse a sí mismo.

-Tal vez su creatividad no se agote.

-¿Por qué no? Esas cosas no se pueden controlar. Mire, eso de que la inspiración no existe, que todo es trabajo y tal, es el consuelo de los que no son creativos. La inspiración no sólo existe sino que es una necesidad fisiológica. Llega como un apretón intestinal. Y, si no te pones a darle forma de inmediato... Vamos, que te diseñas encima.
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