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TRIBUNAABIERTA
Los Estados Unidos y España
11.10.07 -

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LA relación de los Estados Unidos y Estaña está llena de paradojas y aparentes contradicciones casi nunca en nuestro favor. Los altibajos entre los dos países son muchos y quizá nunca tan graves como en estos momentos, cuando los Estados Unidos le niegan a España participar en las conversaciones entre Israel y Palestina, por causa de la tan cacareada y ridícula política nuestra de la Alianza de Civilizaciones. Tradicionalmente a España en los Estados Unidos se le ha negado el pan y la sal, siempre a favor de Francia. Allí el buen pan es francés, y uno de los barrios más hermosos de Nueva Orleáns se llama El Barrio Francés, cuando salvo su catedral de San Luis fue obra de Bernardo de Gálvez y de la condensa de Poltalva. Este año, España está quizás en sus horas bajas. Se celebra en los Estados Unidos el cuarto centenario del 'sueño americano', que coincide con la fundación de la colonia inglesa de Jamestown en 1607, como primera ciudad europea en Norteamérica, olvidando el hecho de que el asentamiento español de San Agustín en la Florida tuvo lugar en 1567, 40 años antes, y de que Puerto Rico era ya colonia española en 1509; 98 años antes que la inglesa Jamestown. Es la primera gran paradoja que juega en nuestra contra y la segunda es ignorar la ayuda que dio España a la independencia de los Estados Unidos con Carlos III, quien facilitó a los independentistas yanquis dinero y armas, cosa que tampoco se nos reconoce. Pero es en el Sudoeste norteamericano, donde la paradoja y el silencio con España es más grave. Los españoles ya habían recorrido Nuevo México mucho ante de que los ingleses se asentaran en Jamestown, fundando su capital en la Española, en 1605, y habían corrido las tierras continentales, desembarcando en Tampa y luego Álvar Núñez Cabeza de Vaca y cuatro supervivientes habían cruzado Norteamérica de Este a Oeste, mientras que otros conquistadores, como Coronado, recorrían Texas, las llanuras de Kansas, Colorado y el golfo de California.

Otra tercera paradoja, y no menor, y más reciente, es que pocos norteamericanos saben que gran parte de sus territorios, nada menos que un tercio, fueron en su momento dominio de la corona española y la consecuencia peor es que España no aparece en los libros de texto de escuelas y colegios norteamericanos. Tampoco saben los norteamericanos que su primera literatura se escribió en español y olvidan deliberadamente el hecho de que la población hispana es de cuarenta millones de personas, falseando incluso la historia y achacándole a España la enemistad con la población indígena, cosa que sucedió tan sólo y por poco tiempo en pequeñas poblaciones como Acoma y Taos, nativos indígenas que hoy llevan nombres españoles y han vivido en estrecha amistad con los españoles.

Creo que si los franceses tuvieran el filón cultural que constituye tan numerosa población de habla española en los Estados Unidos, con un acervo cultural hispano tan rico, los centros culturales franceses serían numerosísimos. Los habría en cada barrio y en cada pueblo del Sudoeste, mientras los nuestros se reducen a tres institutos Cervantes en Nueva York, Chicago y Alburquerque. Son paradojas y anomalías tristes del destino de España, en suma, en aquel país, ya que nuestra herencia cultural en él es infinitamente superior. Yo, al menos, en pocos lugares me he sentido más orgulloso de ser español como al hablar con los escritores chicanos de aquellas tierras y al adentrarme en los pequeños pueblos de las montañas de Santa Fe, en los que las tradiciones, obras religiosas de teatro y costumbres españolas están tan vivas o más que en la propia España.

Ignoro cómo combatir todos estos tópicos de silencio y leyenda negra entre los dos países, con una historia en común tan estrecha, pero lo cierto es que nuestros políticos hacen muy poco por aprovecharla en nuestro favor. San Agustín fue la primera ciudad europea en Norteamérica, y no Jamestown, y ésta debería ser la primera reivindicación de España, y otra no menor la de aliarse con instituciones tan poderosas como la Smithonian, el mayor consorcio cultural norteamericano que está a favor de reconocer la labor de España, o con los museos de los Estados Unidos tan deseosos de exponer obras de arte españolas a través de la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior (la Seacex), que cuenta con el patrocinio de empresas como BBVA, el Grupo Barceló, Iberdrola, Walt Disney, y que podrían ser determinantes en conseguir la desaparición de la leyenda negra de una vez por todas. Y sería posible conseguirlo siempre que el gobierno de España no hiciera el capullo e incitara en su contra al gobierno de los Estados Unidos, perjudicando nuestros intereses. El hecho es que nunca Norteamérica fue tan española como en el proceso de la construcción de su identidad y que no conozco un país más deseoso de reconocer los orígenes de su historia en los que la labor de España fue anterior y prioritaria a la francesa y a la inglesa.
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