«El éxito de una sociedad no está dentro de la cifra del PIB»

Un grupo de personas se apresuran a entrar en un banco en Massachusetts tras el Crac de 1929. En pequeño, David Pilling./AFP
Un grupo de personas se apresuran a entrar en un banco en Massachusetts tras el Crac de 1929. En pequeño, David Pilling. / AFP

El periodista económico critica en 'El delirio del crecimiento' que el avance económico se calcule sin tener en cuenta el bienestar de los ciudadanos de un país

Edurne Martínez
EDURNE MARTÍNEZMadrid

Cuanto más produzca un país, mejor. No importa si son plásticos, alimentos o industrias. Esa es la definición del PIB (Producto Interior Bruto), muy grosso modo, que no distingue entre producción beneficiosa o perjudicial. Y el PIB se ha convertido en la única forma de medir el crecimiento de un país, a pesar de que nada –o muy poco– tiene que ver con el verdadero avance de la población que lo compone. En muchas ocasiones, como es el caso de España, los ciudadanos se quejan de que los políticos solo tienen en cuenta datos macroeconómicos y no son conscientes de la falta de bienestar social de su país. Esto se debe a la medición a raíz del PIB.

El periodista económico David Pilling ha estudiado este fenómeno en su libro 'El delirio del crecimiento' (Taurus) y asegura en una entrevista a este diario que el PIB es una forma de medir el crecimiento «muy limitada» porque «no tiene en cuenta nada» sobre la distribución de este crecimiento entre los ciudadanos o sobre cómo invierte ese aumento un país. «El PIB no dice nada sobre cómo se gasta el dinero que se consigue ni cómo de sostenible puede ser una economía, un país podría crecer porque está saqueando y destrozando el medio ambiente y el PIB subiría», explica.

El concepto del PIB se inventó en 1932, en la Gran Depresión de Estados Unidos. El presidente Franklin Roosevelt quiso cifrar lo que había sufrido la economía del país tras el Crac de la Bolsa de 1929 y le pidió ayuda al economista Simon Kuznets. Aunque ahora parezca increíble, no había ninguna cifra que estimara el crecimiento de los países, y gracias al cálculo del PIB descubrieron que la economía americana se había reducido a la mitad.

El objetivo fue comprimir en una sola cifra todo lo que los ciudadanos y las empresas habían producido, consumido y gastado en un año bajo el cálculo del valor añadido, es decir, en función de que lo que va sumando cada fase de la producción al transformar unas materias primas en productos. El problema es que tras 90 años desde la creación de este concepto, algunos economistas consideran que habría que renovarlo para incluir otros elementos como la calidad de vida de los ciudadanos.

«Yo pensaba que la felicidad no se podía medir, pero me ha sorprendido la consistencia de algunos estudios», argumenta Pilling. Y es que en algunos países europeos llevan midiendo el grado de felicidad de sus ciudadanos desde hace 30 años, es lo que él llama el «bienestar subjetivo», que está relacionado con el PIB. En contra de que en ocasiones parece que en los países pobres los ciudadanos son felices «aunque no tengan agua corriente», el autor explica que los estudios revelan que no es así, lo que supone cierta correlación entre felicidad y el PIB.

Sin embargo, Pilling explica que no hay una correlación perfecta porque en las rentas medias «se pierde» esa similitud. «Hay países que no siendo tan ricos, declaran un nivel de felicidad muy superior al de otros con mayor PIB; Costa Rica es el ejemplo perfecto. En cambio, otros con un crecimiento notable de la economía a nivel macro, el grado de bienestar de la gente no es tan alto, como ocurre en Francia», matiza.

Subir la edad de jubilación

Por ello, el articulista de 'The Financial Times' pone como ejemplo los parques públicos en medio de grandes ciudades, ya que si se vendiera el terreno para construir grandes edificios el PIB aumentaría, pero se perdería un nivel de bienestar social para los vecinos que pueden dar un paseo de forma gratuita. «Si se utiliza el PIB como el árbitro que defina las políticas públicas, tendríamos respuestas incorrectas».

Y en España la situación no es muy diferente. Tras años de crisis económica donde se perdieron millones de empleos y la calidad de vida de la mayoría de los españoles bajó estrepitosamente, estos tres últimos ejercicios se ha repetido que la economía ha crecido a un ritmo importante, aunque en las familias no se percibe de tal forma. Pilling justifica el hecho en que el PIB no mide la renta media de los hogares ni qué hace la economía por el ciudadano medio. «Creo que habría que mirar más la calidad de los puestos de trabajo que se han creado tras la crisis, más que el número en sí», que es lo que mide el PIB.

Ante los retos que comparten muchas grandes potencias europeas como el demográfico por el envejecimiento de la población y la baja natalidad, el autor asegura que aunque para los economistas es un «problema terrible», la verdad es que llegar todos a ancianos tendría que ser algo a celebrar. «La demografía está cambiando, por eso en Japón se trabaja hasta mucho más tarde; no es realista que si ahora vivimos 20 años más, se trabaje igual que antes», concluye.

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