Campeonas

La fuerza más grande de cualquier deportista

Ana García devuelve la bola en una competición./ANTONIO ÁLVAREZ LUENGO
Ana García devuelve la bola en una competición. / ANTONIO ÁLVAREZ LUENGO

Ana García es hoy campeona de dobles en categoría femenina absoluta de España y se lo debe todo a aquellos que la vieron un día nacer y decidieron no cortarle el vuelo

CAROLINA PALMAGRANADA

Ana García, natural de Granada, es hoy en día una de las mejores jugadoras de tenis de mesa en España con tan solo 18 años. Empezó en la disciplina hace justamente una década y, desde entonces, se ha hecho con infinidad de medallas y trofeos, entre los que se cuentan varios mundiales y el título de campeona dobles absoluto femenino de España de este mismo año. La joven Ana es lo que se puede calificar como una campeona en su cien por cien, sin embargo, no se debe todo solo y únicamente a su puro talento, estilo y esfuerzo, que para nada escasean. Como todo el resto de grandes y exitosos deportistas, si a algo le deben su fruto, es a sus raíces. Las de esta joven promesa, que desde hace cinco años se encuentra en Barcelona jugando para el club de tenis de mesa de Vic y formándose en el CAR de Sant Cugat, no dejan de permanecer tan fuertes y estables como el primer día.

María Jesús Montero era una gran deportista durante sus años de niñez y adolescencia. Jugaba al balonmano en el Club de Puente Genil y se las ingeniaba para equilibrar perfectamente estudios y entrenamientos, formándose tan bien como podía en ambos. Llegó a destacar tanto en su deporte que, a los 16 años, la Selección Española la convocó para mudarse a la capital del país y continuar su formación siendo parte del equipo nacional. Sin embargo, y por desgracia, «eran otros tiempos y mi padre no entendía qué iba a hacer yo sola siendo tan chica en Madrid, así que no me dejó ir», recuerda la que acabó formándose como maestra en Granada, donde también conoció al que sería su marido y padre de sus tres hijas, Emilio García.

María Jesús sabía lo que era tener un sueño y quedarse a las puertas de alcanzarlo sin siquiera haber podido fracasar en el intento, por lo que desde que nacieron sus hijas siempre las animó a marcharse a probar y, «si les va mal, saben que las puertas de casa siempre estarán abiertas para ellas».

Sin barreras

Así, al nacer su tercera hija, Ana García Montero, a pesar de ser su más joven benjamina –con una diferencia de casi diez años de edad con el resto de sus hermanas–, María Jesús no fue capaz de ponerle ni una sola barrera en el camino y, llegado el momento justo, la dejó alzar el vuelo, sabiendo que con ella marchaba parte de su propia vida.

La pequeña Ana pasaba los veranos en el club militar de los Mondragones de Granada, jugando en la piscina y las mesas de 'ping pong' con sus amigos. Entonces este deporte no era más que una simple diversión para ella, una buena manera de pasar las tardes, hasta que un día, un amigo de sus padres, viéndola jugar en las mesas, descubrió en ella un potencial que hasta el momento nadie había sido capaz de ver, sugiriendo que se le apuntara a un club de entrenamiento, y así lo hicieron. Se trataba de David Corral, actual director de la Federación Española de Tenis de Mesa, junto al que Ana entrenó posteriormente durante cinco años en Granada. Cuando el mismo recibió la oferta para ocuparse del puesto que ahora ostenta, y a la vista de un nuevo proyecto para entrenar a jóvenes promesas de la disciplina en el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat en Barcelona, acordándose de su joven pupila granadina y del talento que había sabido ver en ella, decidió llamarla empujándola a alcanzar un nuevo nivel en su deporte. Ana contaba entonces con tan solo 13 años, y una gran decisión que tomar. Su madre recuerda ahora como, lejos de imponerle una elección, decidió dejar que la decisión cayera en las manos de su hija más pequeña, que no dudó ni un segundo en tomar el paso y mudarse a Barcelona para perseguir su sueño, por el que lleva luchando desde hace ya cinco años.

«El miedo de dejar el cuidado de tu hija menor en manos ajenas» a veces es demasiado. «Por una parte –cuando Ana la llama por cualquier problema o frustración– deseo que vuelva a casa, que no tiene por qué sufrir allí, pero por otro le digo: ¿cómo vas a tirar ahora todo por la borda?», admite. Con cada llamada de la pequeña y cada día que pasa lejos de casa, María Jesús se enfrenta al dilema que toda madre alguna vez ha tenido que batallar, entre el anhelo de ver a tu pequeña crecer a tu lado y aquel amor entregado de afrontar que, a veces, el mayor crecimiento de la misma se halla a cientos de kilómetros de distancia.

Aún así, por muy lejos que la joven esté de casa, una madre nunca dejará de ser madre y de estar allí presente, sea cual sea la situación o circunstancia, como si tiene que viajar en plena madrugada hasta Barcelona para estar presente en la operación de urgencia de apendicitis de su hija, tal y como a María Jesús le sucedió recientemente. Pero ante todo, «tienes que animarla a ser constante y, sobre todo, a no abandonar porque le haya ido mal un día o un partido. Hay veces, de hecho, en las que toda la frustración la pagará contigo, y solo puedes intentar ayudarla haciéndole ver que mañana será otro día mejor. Igualmente, si ella lo dejara ahora, lo aceptaría. Me dolería por todo su recorrido y todo lo que sé que puede llegar a conseguir, pero ante todo siempre va su felicidad», afirma y sonríe constante la que un día fue una gran deportista en potencia, y hoy forma una de las dos principales raíces de otra.