Fútbol

Ezequiel Calvente, el ave fénix de Casería de Montijo

El granadino, a la derecha, se marcha de un contrario./R. I.
El granadino, a la derecha, se marcha de un contrario. / R. I.

El jugador granadino vuelve a jugar al fútbol en la Primera División húngara, tras 956 días apartado por una pubalgia, y anota un gol

CAROLINA A. PALMAGRANADA

Una montaña rusa es el mejor calificativo que se puede utilizar para describir la que ha sido hasta ahora la carrera profesional del futbolista Ezequiel Calvente (Granada, 1991). De jugar al fútbol en las calles de Casería de Montijo, su barrio, pasó a hacerlo en los mejores estadios del mundo con la selección española sub'19, para seguidamente estar postrado en una cama cuestionándose cuál podría llegar a ser su futuro. Fueron 956 días, para ser más exactos, los que estuvo sin pisar un campo de fútbol, según escribió el propio jugador en su cuenta de Twitter. El pasado sábado, finalmente y por segunda vez, debutó en la liga NB1 de la Primera División de Hungría, en un partido en el que en 30 minutos de juego marcó el gol de cabeza que dio la victoria a su equipo, el Debrecen VSC.

Ezequiel era una joven promesa del fútbol en 2010 y sin llegar siquiera a los 20 años ya tenía un estilo de penalti con su nombre, la 'Ezequinha'. Entrenaba con jugadores de la altura de Koke, Isco y Muniain, entonces jóvenes promesas, con los que llegó a ser subcampeón de Europa ese mismo año y con los que llegó hasta cuartos de final en el Mundial sub'20 del siguiente. Nada hacía presagiar que, años más tarde, cuando parecía estar en lo más alto de su carrera recibiciría una de las peores noticias que un deportista profesional puede llegar a encarar, una lesión de la que, según le dijeron diversos especialistas, nunca se llegaría a recuperar.

«Era pubalgia de grado tres, el mayor que puede existir. Incluso me dijeron que a lo mejor no volvía a jugar», recuerda Ezequiel. «Después del Betis -equipo que lo fichó siendo un canterano del Maracena con apenas 12 años- y de la selección ascendí muy rápido profesionalmente, pero era muy joven para todas las cosas que me ocurrieron y lo pasé realmente mal. De estar en lo más alto, pasé a lo más bajo», explica el futbolista de Casería a IDEAL.

Contra todo pronóstico el granadino nunca se dio por vencido. «Cuando le ves los dientes al lobo sacas fuerzas de donde no las hay», afirma el futbolista, que admite que «fue muy duro». «La gente me preguntaba cuándo iba a volver y yo no sabía qué responder porque ni siquiera estaba seguro de si iba a hacerlo o no. Después de dos años pierdes el ritmo de partido y entrenamiento, y la cabeza te acaba jugando malas pasadas cada vez que un nuevo médico te dice que no vas a poder recuperarte. Estuve incluso a punto de dejar el fútbol», recuerda Ezequiel desde Hungría.

No bajó los brazos

Pero el apoyo de su familia y amigos impidieron bajar los brazos al granadino, que recalca que su «mayor motivación» siempre ha sido su hijo, gracias al cual nunca perdió la fe ni la fuerza para seguir luchando por dedicarse al deporte, que es su verdadera pasión. «Me fui de casa con doce años y una lesión no iba a acabar con mi sueño», insiste Ezequiel, que veía a sus antiguos compañeros de selección jugar y se preguntaba: «¿Y yo por qué no?».

De todos los días que pasó fuera del campo, que contaba como un prisionero lo hace entre rejas, casi la mitad de los mismos estuvo sin siquiera pertenecer a un equipo. Y cuando al fin comenzó a sentirse preparado para regresar, se puso el «reto de volver a Hungría en Primera División», aunque solo consiguió salir a correr nuevamente semanas antes de que lo llamaran. Estuvo a punto de «ir a un equipo de Segunda B de España», pero poco después lo llamó el antiguo entrenador del Békécsaba, el primero con el que jugó en Hungría, que ahora trabajaba para el Debrecen VSC y de cuya confianza gozaba. «Me dijo que viniera a probar, porque tenía miedo de que volviera la lesión o tuviera algún problema. El equipo no se fiaba, llevaba mucho tiempo parado», manifiesta Ezequiel, a quien le hicieron numerosas pruebas antes de darle el 'okay'.

«Estuve en lo más alto y no lo supe aprovechar, y cuando toqué fondo me volvió la ilusión de triunfar una vez más, aunque fuera en otro país. Estoy seguro de que este es mi año. He vuelto a nacer, vuelvo a ser el niño de 19 años que está empezando a jugar el fútbol», confiesa el deportista, que sabe que esta podría ser su «última oportunidad» y quiere aprovecharla. Suerte, Ezequiel.

La apuesta de diez euros con Muniain antes de la 'Ezequinha'

Cuando Ezequiel recibió la llamada para jugar con 'la Rojita' «cobraba unos 80 euros al mes y entrenaba con chicos que ya ganaban millones». Se dio cuenta de que si quería demostrar que tenía un sitio en esa selección sub'19 y no estaba ahí por pura fortuna, debía hacer algo memorable. «Me aposté diez euros con Muniain en un entrenamiento a que, si había un penalti, lo tiraría así», recuerda. Y cuando le llegó la oportunidad suplicó poder lanzar la pena máxima y cumplió su promesa. Chutó el penalti que pasaría a la historia con el nombre de la 'Ezequinha', que consiste en engañar al portero y cambiar la pierna de lanzamiento en el último momento antes de chutar. En cuanto a volver a repetirla, prefiere «dejar las cosas como están. Lo he pensado mucho, pero si ya ha salido bien una vez, mejor que se recuerde así».

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