«Quiero dejar un legado»

Durante estos días, el seleccionador de Vietnam, Miguel Rodrigo, aprovecha para pasear por las calles de Granada/C- GUISADO
Durante estos días, el seleccionador de Vietnam, Miguel Rodrigo, aprovecha para pasear por las calles de Granada / C- GUISADO

El seleccionador de Vietnam de fútbol sala se encuentra durante estos días en Granada. No hay nada «como abrir mi ventana y ver la Alhambra», apunta el técnico

César Guisado
CÉSAR GUISADO

Incluso a catorce mil kilómetros de distancia y más de una década después, Granada continúa claveteada como una espina en el corazón. Tanto, que cada día que pasa el entrenador reconoce que es un día menos para su vuelta a la tierra. Aunque le queda tiempo para ello, porque no será antes de cuadrar el círculo. En Vietnam, el seleccionador nacional quiere dejar algo más que una efímera huella en un inerte pabellón. En su cabeza imagina un legado eterno para que lo cante la afición, un paso imborrable como el que dejó en Japón primero y más tarde en Tailandia. Ser histórico. Vaya empresa.

Hacía cinco años que Miguel Rodrigo no se había dado un descanso a modo de vacaciones para visitar Granada y aunque este no sea el caso, callejea por su ciudad por motivos personales durante estos días. El entrenador granadino más internacional dice que no hay nada «como abrir mi ventana y ver la Alhambra», mientras aprovecha para posar pies a orillas del Genil y templar las ideas antes de montarse en el avión que lo devolverá a Saigón a finales del verano. Sabe de los problemas de su ciudad, está al día y dice que al único candidato a la alcaldía que escuchó hablar sobre un equipo de fútbol sala para representar a Granada fue, mire por donde, a Luis Salvador.

Pantalón vaquero y camiseta de tela marina para sortear el calor y visitar a su amigo Manolo García, otrora presidente del Taberna Andaluza y quien regenta todavía su tradicional mesón en Pintor Rodríguez Acosta, donde ofrece al seleccionador de Vietnam un cariñoso abrazo y plato de jamón serrano que este degusta con presteza. «Tengo que aprovechar estos momentos, que allí no los hay», dice. Ambos recitan las alineaciones del Taberna y del Banco de Granada, aquel mítico equipo donde Rodrigo comenzó a destacar como jugador. «Tenemos que reunir a los jugadores y volver a disputar aquel partido», se emplazan.

Han pasado ya veintiún años desde que Rodrigo emprendió su viaje, «como un aventurero» del fútbol sala. Como entrenador debutó en el Banco de Granada y de aquí al Nazareno de Sevilla, que hoy es el Real Betis. Pasó por el Jaén Paraíso Interior y antes de aterrizar en un Caja Segovia al que hizo gigante devolviéndole el orgullo de años atrás, se permitió dar sus primeros pasos internacionales para aprender durante cinco años de Padua y de Moscú.

En 2009 llegó a Tokio y Japón comenzó a modelar su nueva vida. «Creo que de allí me llevo una vida cargada de valores. Una forma de ver el mundo tanto en situaciones deportivas como no deportivas, la visión del mundo japonés». Fue para un año, confiesa. «En aquella época te hablaban de Japón y se te venían a la cabeza los 'tamagochis', lo que veías en televisión...» Pero Japón necesitaba a Rodrigo, y quizá Rodrigo también necesitaba una experiencia como aquella porque a los pies del Fuji comenzó la erupción de un modelo, de una forma de entender el fútbol sala, que hoy es admirada en todo el mundo. Dos campeonatos de Asia y un subcampeonato en las Olimpiadas Asiáticas en siete años que le cambiaron.

Lo de Fukushima

«De aquello guardo recuerdos vitales, de mucha carga interior». Miguel Rodrigo repasa uno de los capítulos más emotivos de su vida, ya que durante su estancia en Japón llegó el Tsunami que golpeó Fukushima. «Me pilló en el pabellón. Y la sensación era como si te meten dentro de una lata de Coca-Cola y alguien la estruja con fuerza... ese rumor, ese miedo». Entonces, el gobierno aconsejó a quien tuviera posibilidad, que abandonara el país, por miedo a la radiación.

«Pero nosotros teníamos la gira por España para preparar el primer Campeonato de Asia (Dubái, 2012). Aquello nos hizo luchar por algo. Recuerdo la conversación con los jugadores y dijimos que quien no sintiera la fuerza interior para luchar por su país, que lo dejara. Pero los japoneses tienen un mundo interior muy fuerte y yo me quedé por ellos, aunque mi familia regresó a España y creo que fue una buena decisión porque a mí me hizo unirme mucho con ellos», rememora.

Japón ganó aquel Campeonato y visitó Fukushima, «fuimos a la zona de los niños que lo habían perdido todo. Yo les prometí que volveríamos después de ganar en 2014. Ganamos y volvimos a ver a aquellos niños, dos años después ya más mayores, y que seguían viviendo en los mismos barracones porque el gobierno no había cumplido dándoles las casas. Y ellos se acordaban perfectamente de nosotros. Fue una carga interior muy fuerte, porque allí hubo muchos muertos, aquellos niños habían perdido a sus padres y a mí me supuso separarme de mi familia durante muchos meses así que no fue nada fácil, por eso son recuerdos tan vitales», subraya el seleccionador.

Tailandia y Los Beattles

La aventura de Japón se alargó durante siete años. Allí nacieron y comenzaron a crecer sus hijos, quienes todavía hoy conservan el idioma mientras se inician en el chino. Fue en 2016 cuando el presidente de la Federación de Tailandia casi 'raptó' a Rodrigo. «Nos tienes que rescatar», llegó a decirle. En Bangkok dirigió al combinado nacional y al sub-20, con el que consiguió el bronce en el Mundial. Pero lo que más marcó su destino allí, fue su relación con el presidente de la Federación, un amante de los Beattles que más tarde bautizó su proyecto como el 'Come together' por aquella canción de los de Liverpool y de decisiones tan abruptas como impredecibles, excéntricas, si las vemos con ojos occidentales .

Nada más conocerse sintonizaron. «Me dijo que le contara sobre mi experiencia en Japón y le conté que teníamos un plan de trabajo a veinte años, el 'Japan Way', en el que trabajábamos con los niños para terminar siendo campeones de Asia y llegar a jugar semifinales de un Mundial», encauza. Al presidente se le encendió la bombilla. «Llamó al director deportivo para despedirlo en ese mismo momento, tiró todas las cosas de su mesa y me dijo 'eres el nuevo director deportivo de la Federación. Todas las ideas que tengas, escríbelas en esta pizarra'». Una situación al más puro estilo Netflix que acabó generando enemigos; el primero quien acababa de abandonar su puesto de trabajo, claro. «A partir de aquí tuve que poner en práctica todo lo aprendido en Japón, respeté la jerarquía de este hombre, pero también impuse la mía», dibuja.

La anarquía vietnamita

Vietnam es otro mundo. No existe la infraestructura apropiada ni el presupuesto lo suficientemente sólido como para aguantar un campeonato de liga, por lo que esta se resuelve con un par de concentraciones anuales. Y como norma, el campeón además se jugar la Champions asiática, termina siendo a su vez la selección del país. Así, Miguel Rodrigo se convierte en el técnico 'prestado' de este equipo, que poco después pasará a ser su combinado nacional. Toma las riendas y gana la plata continental «un hito histórico», para con más calma, comenzar a construir su propia Selección. «¿Mi objetivo? Dejar a una generación exitosa, una huella profunda uniendo esta plata a una clasificación del mundial. Si lo dejó, poder decir que tenéis un legado, igual que me pude ir de Japón o de Tailandia, con su mejor clasificación mundial, con un noveno puesto, y con dos Asiáticos. Diciéndoles, os he dejado en la primera final de la historia.

Al final, una sensación de logo que va más allá del reconocimiento personal, que «trasciende a contribuir a que estos tres países estén girando por el mundo de la élite del fútbol sala», abrocha, mientras da otro tiento al plato de rico jamón serrano y un vistazo a las fotos que cuelgan de la pared de la Taberna Andaluza.

Recuerdos de cómo empezó todo y que ponen los pies en la tierra. Miguel Rodrigo los tiene. Cercanía, honestidad y trabajo como fórmula para seguir creciendo. Regresará a su tierra, a Granada, para volver a abrir la ventana que cada día le enseña la Torre de la Vela, sólo cuando le haya ofrecido hasta el último gramo de su conocimiento al continente que le marcó el camino.

«Para mi deporte, los políticos han sido unos auténticos patanes»

Granada tendrá fútbol sala, si el alcalde es capaz de cumplir su palabra. «La única persona que ha pronunciado dos veces la palabra 'hecho' en una entrevista, cuando le han preguntado por fútbol sala y si Sima Peligros podría venir a Granada a jugar, ha sido Luis Salvador», apunta y recuerda Miguel Rodrigo.

De discurso diáfano y apolítico, el tiempo le enseñó a confiar en los hechos por encima de las promesas. «Lo que yo he notado respecto a todos los políticos, uno detrás de otro, es que mi deporte ha sido maltratado respecto a otros que merecen un buen trato. Pero para mí deporte, los políticos han sido todos unos auténticos patanes. Y eso lo llevo muy mal. Estamos hablando de un empujoncito, de una instalación y un presupuesto que es casi insignificante para ponernos en la órbita de la Segunda división y poder presumir del fútbol sala granadino», explica.

Es de dominio público que el Sima Peligros ha pedido en más de una ocasión el uso del Palacio de los Deportes de Granada para instalarse en la capital y ser el referente del fútbol sala en la provincia. Un uso negado constantemente. «Le dicen que no», explica Rodrigo, «y ven cómo al rato renuevan la grada para un solo partido de la Eurocopa, gastando el dinero que no le dan al resto de equipos granadinos. Yo lo único que sé es que el fútbol sala tiene una gran masa de practicantes, mayor incluso a la del fútbol o el baloncesto y que nos han pateado continuamente.

Ese es el lamento que tengo con ellos porque lo que pasa con el fútbol sala no es más que un reflejo de la sociedad. ¿Cuánto ha tardado en llegar un AVE, que es lento pero nos conformamos con que funciona? Por eso digo que el único político al que he oído nombrar 'fútbol sala' ha sido a Luis Salvador. Así que puede contar con mi voto, porque se ha preocupado de mí», apuntilla.