El poder que viene

Todo indica que la selección francesa va a iniciar en este Mundial de Rusia un ciclo hegemónico

Pogba celebra la clasificación de Francia para la final del Mundial./Afp
Pogba celebra la clasificación de Francia para la final del Mundial. / Afp
JON AGIRIANO

El portaaviones de Didier Deschamps continúa su triunfal singladura por las aguas de Rusia. Este martes se cargó a Bélgica, que cometió un error imperdonable y letal: defendió mal un córner en el minuto 51. Umtiti lo aprovechó para marcar de cabeza el 1-0 y se acabó. Con Francia las cosas suceden así, con un fatalismo muy pesado, un poco al estilo del Atlético de Simeone. Un despiste y ya puedes ir encargando el féretro y poniendo la esquela en el periódico. Sin que tes des cuenta, sin hacer más méritos que tú, apoyados en su coraza casi impermeable y en el motor con más revoluciones del Mundial, 'les bleus' te proponen un pulso largo e intenso en cada partido. Y al final te ganan. Es así de sencillo. Sospecho que su poderío podría estudiarse en las facultades de Ingeniería. Pongamos también que en la escuela de Náutica, por seguir con la analogía del portaaviones.

Ojalá me confunda, pero tiene toda la pinta de que la selección francesa se va a llevar el título. Es cierto que, salvo los propios franceses, en unos pocos meses nadie será capaz de recordar de este equipo más que su fotografía alzando la Copa y algunos detalles fantásticos de Mbappé. Pero esto es secundario. Habrá que ir acostumbrándose a un nuevo poder. Yo ya me estoy preparando mentalmente para un ciclo de dominio francés en el fútbol que no me extrañaría fuese tan largo como el que tuvo su famosa selección de balonmano, 'Los invencibles'. Y es que estamos hablando de la segunda selección más joven del Mundial y de un país con una masa crítica de futbolistas de máximo nivel que solo puede encontrarse, y buscando hasta en los confines amazónicos, en Brasil. En fin, que se avecina una nueva hegemonía. Qué se le va a hacer. El fútbol, como la vida, es una aprendizaje continuo de la frustración -lo fue para mí que Bélgica no pasara a la final-, y hay que aceptarlo.

Me dio pena la derrota del equipo de Roberto Martínez, al que no olvidaremos. Ya se sabe que la memoria del buen aficionado es muy selectiva y sabe bien con lo que tiene que quedarse de los Mundiales. Y me dio pena, sobre todo, por Hazard. Una de mis debilidades en el fútbol es observar a una gran estrella jugando el partido de su vida. O al menos uno de los que van a marcar su carrera. En las horas previas, te preguntas cómo reaccionará, si estará a la altura de las circunstancias, el modo en que le afectará la presión, si demostrará su liderazgo o preferirá refugiarse en el grupo. Me hice esa pregunta con varios de los jugadores que se enfrentaron en el estadio de San Petersburgo. Y es que había mucho mucho material galáctico, digno de análisis individualizado, en el duelo entre belgas y franceses. Por una cuestión de debilidad personal, me fije primero en Eden Hazard, un futbolista extraordinario; en forma, que es como decir concentrado y con ganas, uno de los tres o cuatro más desequilibrantes del mundo. Fue una satisfacción observarle. No tanto por las tres o cuatro grandes jugadas que hizo en los primeros 25 minutos -dos de ellas pudieron acabar en gol- sino por su actitud. Hazard destilaba ambición. Había algo de maradoniano en su manera de encarar rivales e irse como una flecha hacia la portería.

Poco a poco, sin embargo, el capitán belga fue perdiendo impacto en el partido. Francia lo aguantaba todo, unas veces a través de Varane y Umtiti, la mejor pareja de centrales del mundo; otras gracias a un Lloris excepcional; o al trabajo demoledor de Kanté, Pogba y Matuidi... Por delante, apoyados en un Giroud incansable, Griezmann y Mbappé. Ambos pueden pasar ratos desactivados, dejando correr el tiempo, analizando la situación. Ahora bien, en cuanto se enchufan sus rivales tienen la sensación de recibir una descarga de mil voltios que les devuelve a la Tierra, a la inmensidad dificultad que plantea la selección francesa. Y más en el mes de junio, cuando competir con ella en poderío físico es imposible

Los belgas lo intentaron hasta el final con una ambición digna de elogio. Mejoraron, sin duda, con la entrada de Mertens en lugar de Dembelé muy impreciso. Pero siempre quedó la sensación de que, como le ocurrió a Hazard, todos los diablos rojos acabaron cayendo ante una fuerza superior contra la que nada se podía hacer. Habían cometido un error imperdonable y letal: defender mal un córner en el minuto 51. Y se habían condenado. Las leyes de la naturaleza, ya se sabe.

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