La lesión de Álvaro nos duele a todos

SALVA R. MOYA
SALVA R. MOYA

Mevan a permitir que esta semana no escriba sobre la U D Almería; no me saldría nada original para aliñar la buena marcha del equipo. Estas líneas están dedicadas a Álvaro, el niño de nueve años que se partió la tibia y el peroné jugando al fútbol, con el ferviente deseo de que pronto se recupere y que vuelva a sonreír haciendo deporte. Algo estamos haciendo mal cuando en un partido de benjamines se hacen entradas como la que lesionó al pequeño del Club Natación.

En primer lugar, los dirigentes deberían plantearse revisar los campeonatos que organizan a estas edades con tantas fases de grupos, fases finales, eliminatorias..., es decir, pura competitividad. No es sano. Me contaba el otro día un buen entrenador, Juan Carlos Cintas, que en Alemania ni pintan el campo en alevines, se hacen marcas y cada entrenador pita una parte; se intenta no humillar al rival y se les inculca que lo de menos es el resultado; los padres van allí a compartir un trozo de tarta y un café. Es otra mentalidad. Ese debería ser el espíritu del deporte en edades tan tempranas (jugar y divertirse), pero no, nos empeñamos en ganar la Champions de prebenjamín y así nos va. ¡Ya habrá tiempo a partir de los 13 o 14 de comenzar a tomarse en serio la vida, los estudios o el fútbol!

Luego está la figura del entrenador que debería llamarse monitor o formador porque su principal objetivo sería educar a los niños e inculcarles valores como respeto, juego limpio, integración,... y donde el resultado fuese secundario. No conozco al entrenador del Vera benjamín pero si alienta o aplaude a un niño de nueve años por hacer una entrada fuerte, no lo quiero en mi club. Y si no es cierto, tampoco le exculpo porque una vez se produce la acción lo primero que tiene que hacer es regañar y retirar a su jugador del terreno de juego, pedir perdón al otro equipo y no restarle importancia al incidente. Eso no es un lance del juego. A no ser que se le haya olvidado que son niños de 9 años y no profesionales.

Y dejo para el final a los padres. La lesión de Àlvaro es un ejemplo más de la violencia y agresividad que existe en el fútbol en general y el canterano en particular. Yo he visto a un padre decirle a su hijo «córtale las piernas» refiriéndose a su marcador y he escuchado a una madre decirle a un futbolista marroquí «moro de mierda, vete a tu país en patera o muérete» y lo menos que pude hacer fue llamarles la atención. No me lo ha contado nadie, lo he presenciado en primera persona. Así que no me extraña que después de una feísima entrada, con un niño de 9 años retorcido de dolor, hubiese algún impresentable diciendo que estaba fingiendo. Sucedió en Vera pero ocurre en todos lados. Les invito a darse una vuelta por cualquier campo, de cualquier categoría, de cualquier pueblo y ya verán que durante el partido, como mínimo se acuerdan de la madre del árbitro. Es la cruda realidad. Y ante eso la única solución es educar, educar y volver a educar. Parece que en el fútbol todo vale y no olvidemos que la violencia verbal es la antesala de la violencia física. Cuando un padre lleva a su hijo por vez primera a un estadio y el niño escucha a un aficionado despotricar, al principio se queda perplejo pero cuando va otra vez y se repite la historia, lo frecuente se convierte en normal y algún día terminará haciéndolo él porque pensará que el insulto es algo consustancial al fútbol.

La patada a Álvaro nos duele a todos y quiero pensar que ha servido para mirarnos por un momento el ombligo y cada uno, en su parcela, debería hacer autocrítica. Los niños no tienen la culpa, son niños. Ni siquiera el que le dio la patada a Álvaro es consciente del daño que puede causar. La culpa es nuestra, de los padres que no damos ejemplo en las gradas y de los ataques de entrenador. A un niño de 9 años se le educa en valores en el colegio pero también en casa y en el equipo.

 

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