El granadino que revolucionó el cine: un visionario insólito

El granadino que revolucionó el cine: un visionario insólito

El granadino José Val del Omar fue un visionario que experimentó toda su vida con formatos y soportes cinematográficos y defendió el papel educativo de las películas | Nunca se conformó con las técnicas de su época y se empeñó toda su vida en revolucionar el lenguaje cinematográfico

BEGOÑA RODRÍGUEZ

Hablar del cine experimental español suele llevarnos a una especie de abismo, de donde las únicas imágenes que pueden surgir son las Buñuel. Incluso hoy en día, contar con cineastas contemporáneos como José Luis Guerín o Albert Serra, sigue siendo poco en comparación con los nombres que aparecen en otros países europeos debido, principalmente, no a la falta de obras sino a su muy limitada distribución. Porque, efectivamente, en todo el mundo de habla hispana se ha realizado mucho cine experimental, y desde hace más de un siglo.

José Val del Omar (Granada 1904-Madrid 1982), una de las figuras más originales e importantes de las vanguardias españolas, ha dejado algunos de los mejores ejemplos. El más notable sea, quizá, el formidable 'Tríptico elemental de España', filmado entre 1953 y mediados de los 60. 'Tríptico' es, sin duda, el proyecto más ambicioso de la historia del cine español. Amos Vogel calificó como « una de las grandes obras desconocidas del cine mundial».

Val del Omar habría querido desde el principio revolucionar el cine. Durante su experiencia en las llamadas Misiones Pedagógicas de la República (1931-5), el artista granadino desarrolló un profundo conocimiento antropológico de la capacidad de convicción del cine sobre las masas y partiendo de esa experiencia empezó a concebir una obra en la que la percepción del espectador pasa a ser el elemento de referencia de la creación artística.

En su laboratorio PLAT (acrónimo de su concepción de arte total: Picto Lumínica Audio Táctil), Val del Omar se dedicó a la experimentación y a la exploración tecnológica, tanto en aspectos concernientes al cine y a los retos planteados en su tiempo (cine sonoro, en relieve, en color, en pantalla ancha, etc.), como en la electroacústica, la radio, la televisión y las aplicaciones educativas de los medios audiovisuales. Como explican en graffica.com, algunas de sus invenciones son soluciones prácticas de su época, pero otras se adentran en la noción de espectáculo total, con un instinto visionario insólito, «como el Desbordamiento Apanorámico de la pantalla y la persecución de un Cubismo acústico y visual mediante el sonido Diafónico, dialéctico, y la Tactilvisión, con técnicas basadas en una iluminación pulsatoria precursora de la realidad virtual».

En 'Tríptico elemental de España' -considerada su obra maestra- se puede decir que con la creación de esta serie de tres 'elementales', Val del Omar propuso un género cinemático distinto del documental. 'Aguaespejo granadino' (1955), 'Fuego en Castilla' (1960) y 'Acariño galaico' componen la trilogía que fue finalizada póstumamente en 1995 a partir de las imágenes, grabaciones y notas del propio realizador.

Amigo de Falla y Lorca

La formación cultural de Val del Omar tuvo lugar en el fermento intelectual de la vanguardia con base en Granada de los años 20. Fue vecino del compositor Manuel de Falla y amigo de Federico García Lorca, ambas figuras centrales del florecimiento cultural modernista de la época. Durante los años de la República trabajó, como ya se ha dicho, con las Misiones Pedagógicas, un programa estatal que llevó la cultura moderna y el aprendizaje a las poblaciones rurales todavía dominadas por los grandes terratenientes y la Iglesia, desafiando el monopolio de la verdad de esta última. El proyecto de las Misiones incluía el uso del cine como instrumento pedagógico, pero Val del Omar, «un modernista utópico con una pronunciada inclinación espiritual», vio el medio -relativamente joven en aquel entonces- como una forma de fomentar una identidad colectiva entre sus espectadores.

El cineasta granadino filmó más de 40 documentales mudos y tomó cientos de fotos fijas, muchas de las cuales muestran rostros de campesinos fascinados por la novedad del cine. Este poder del medio más tarde motivó muchas de las invenciones de Val del Omar y el sueño del gran proyecto que llamó meca-mística (misticismo mecánico), en el cual el cine serviría como un «instrumento mágico, amplificador de nuestra visión», haciendo palpable -gracias a su 'indexicalidad'- los rastros del material traído a la pantalla por la luz, lo que él llamó el 'misterio' o 'sustancia': «Esa omnipresencia inmutable e impalpable de la materia elemental que compone los ritmos cíclicos del universo, y eso ha sido desplazado por preocupaciones temporales, especialmente modernas.»

Val del Omar pasó gran parte de su vida desarrollando una tecnología cinematográfica que facilitaría el transporte extático más allá de las limitaciones del sensorium del cuerpo. Y aquí, como dice Losada, radica la paradoja: un humanista -llamado por el inquieto cineasta Luis García Berlanga «uno de los últimos supervivientes de esa orgullosa casta de los ilustrados que tanto ha hecho para dignificar el progreso científico y humanista en España»- que se esforzó por avanzar en el progreso no a través de la razón, sino a través de un idealismo místico. La noción de progreso de Val del Omar no es un avance de lo ideal a lo material, ni de la fe a la razón, «sino que es una combinación inspirada de la vieja queja de la caída en la temporalidad y la concepción modernista del individualismo burgués». Su misticismo se dirige a ambos, «al buscar unir al hombre con lo divino en la naturaleza y con el resto de la humanidad a través del cine».

Después de la Guerra Civil, el sueño del granadino encontró, sin embargo, poco espacio en el campo cultural autárquico español de los años 40 y 50. Como resume Losada, «sospechando congénitamente de la marginalidad cultural», el régimen de Franco fomentó un cine comercial mono-cultural como una consecuencia natural de su proyecto nacional-católico militarista, otorgando toda la autoridad a los principales estudios nacionales y dejando poco espacio para la experimentación de vanguardia. Incapaz de filmar de forma independiente, Val del Omar recurrió a la experimentación tecnológica con lentes, sonido e iluminación y tecnología de proyección como parte de su proyecto místico, diseñado para empujar al espectador del 'Tríptico' «hacia el transporte extático al eliminar la distancia entre el espectador y el espectáculo».

Inventos

Mientras trabajaba en efectos especiales en los Estudios Chamartín (uno de los cuatro estudios cinematográficos más importantes de la época) y en programas de radio a principios de los años 40, Val del Omar presentó varias patentes de inventos en tecnología de audio, uno de los cuales, el sonido Diáfono sistema, fue su primer paso tecnológico hacia el espectáculo total del 'Tríptico', colocando las fuentes tanto delante como detrás del espectador, cada una en una pista separada, para producir lo que él llamó un «diálogo dialéctico» de sonido. «La diafonía no pretendía realzar la verosimilitud sónica como la estereofonía que precedió, sino aumentar el poder del aparato cinemático más allá de la mera representación fiel de la realidad». En 1956, cuando 'Aguaespejo' apareció en la Berlinale, también perfeccionó lo que denominó Desbordamiento Apanorámico de la Imagen, en el que «una proyección simultánea de imágenes abstractas, sincronizadas con los ritmos del sonido de la película», se podía ver en las paredes frontales y laterales y en el techo del teatro, creando en efecto una pantalla cóncava que envolvió al espectador. Luego desarrolló Visión Táctil, un sistema de luz pulsante con la intención de «tactilizar» la percepción visual, que utilizó para la segunda parte del 'Tríptico', 'Fuego en Castilla'. Estos inventos fueron diseñados para liberar sus películas del confinamiento dentro de los bordes de la pantalla plana, «un movimiento desde la óptica hacia el háptico y una expansión de las posibilidades perceptivas más allá de las normalmente disponibles para el sensorium, tanto en el cine como en el exterior». En el 'Tríptico', el movimiento elemental del agua, de las nubes y de la luz en ritmos normalmente invisibles a simple vista se hace perceptible a través de los muchos inventos de Val del Omar, en combinación con cuadros congelados, movimiento rápido y lento, filtros y espejos anamórficos. Las experiencias resultantes van de lo solemne a lo extático, del tormento a la iluminación.

Los escenarios del Tríptico -Galicia, Castilla y Granada- trazan un arco en la Península Ibérica, mientras que los elementos correspondientes de tierra, fuego y agua apuntan a una «epistemología premoderna», restaurando los ingredientes islámicos y judíos largamente suprimidos por aquellos tradicionalistas que habían promulgado imaginaciones nostálgicas de un origen nacional católico homogéneo. Dibujando libremente los escritos del místico san Juan de la Cruz en el siglo XVI, Val del Omar buscó reconciliar este viejo misticismo con el proyecto vanguardista de sacar al espectador de una condición moderna anestesiada, en el proceso que desdeñaba implícitamente la mediocridad militarista del régimen franquista.

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