Lorca a La Rambla: «La única calle de la tierra que yo desearía no se acabara nunca»

Federico García Lorca y Margarita Xirgú. :: ARCHIVO/
Federico García Lorca y Margarita Xirgú. :: ARCHIVO

El poeta tuvo una gran vinculación con Cataluña, una tierra en la que encontró amigos como Salvador Dalí o Margarita Xirgú y donde triunfó con sus montajes escénicos

PABLO RODRÍGUEZGRANADA

Las flores y las aves. El paseo, las luces del Liceo y las tertulias en mitad de la calle. La magia de la Rambla de Barcelona, hoy herida por la brutal sinrazón de unos asesinos, hechizó a Federico García Lorca. Allí encontró el poeta la esencia de una ciudad que lo acogió siempre como a uno de los suyos. Era, como ahora, un símbolo. Punto de encuentro, lugar de diálogo, tenía en sus míticas floristas las mejores seguidoras de su obra. A ellas y al paseo dedicó una de sus más conocidas alocuciones, palabras que hoy resuenan con fuerza contra el odio.

«La calle donde viven juntas a la vez las cuatro estaciones del año, la única calle de la tierra que yo desearía no se acabara nunca, rica en sonidos, abundante en brisas, hermosa de encuentros, antigua de sangre: la Rambla de Barcelona», dijo de ella Federico. Era 22 de diciembre de 1935 y el escritor, junto a la compañía de Margarita Xirgú, acababa de representar uno de sus trabajos más queridos, 'Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores'. Sería el último estreno de su vida.

El poeta estaba ya entonces en los más alto de su trayectoria. Estrella internacional, Barcelona llevaba meses hablando de él gracias a las representaciones que la catalana hizo de trabajos como 'Yerma' o la adaptación lorquiana de 'La dama boba' de Lope de Vega. Así, cuando llegó diciembre, el público llenó las butacas para disfrutar de la última novedad del dramaturgo granadino.

El éxito fue total. El autor y los actores de la compañía vivían el triunfo de manera muy especial. De ello se habían encargado las floristas de la Rambla, enviando un ramo de flores de manera anónima tras cada una de las representaciones de 'Doña Rosita'.

Emocionados por el detalle, Lorca y Xirgú protagonizaron una sesión especial para las admiradoras y el granadino les dedicó una de sus alocuciones. La escribió, como contaría después Miguel Ortín a la investigadora Antonina Rodrigo -lo recoge en el gran libro 'García Lorca, el amigo de Cataluña'-, horas antes de aquella excepcional representación.

En unas cuartillas con el membrete de la compañía teatral y en el propio camerino de la actriz catalana, Federico García Lorca evocó la belleza de la labor de las floristas y exaltó la singular identidad del paseo barcelonés.

«Como una balanza, la Rambla tiene su fiel y su equilibrio en el mercado de flores, donde la ciudad acude para cantar bautizos y bodas sobre ramos frescos de esperanza y donde acude agitando lágrimas y cintas en las coronas para sus muertos. Estos puestos de alegría entre los árboles ciudadanos son como el regalo del ramblista y su recreo, y aunque de noche aparezcan solos, casi como catafalcos de hierro, tienen un aire señor y delicado, que parece decir al noctámbulo: 'Levántate mañana para vernos; nosotros somos del día'», escribió.

Posteriormente, el discurso fue leído por el propio Lorca durante una cena-homenaje en el hotel Majestic a la que fue invitado aquella misma noche. Periódicos de la época como La Publicitat o L'Instant dieron cuenta de ello y revelan a los lectores de hoy el impacto de sus palabras.

Ciudad amiga

Barcelona fue ciudad amiga para Federico no solo al final de su vida. Ya en los años 20, la Ciudad Condal había sido testigo de las escapadas del poeta y Salvador Dalí. Allí ambos visitaron lugares como las grutas del Paralelo, el cabaret Mónaco, el Ateneo o el ya entonces mítico 'Canari de la Garriga' por el que había parado décadas antes Pablo Picasso. Y la huella catalana no fue testimonial en sus carreras. Los dos encontraron en la pequeña París que era Barcelona un público receptivo a sus proyectos.

Los primeros trabajos del granadino concitaron también un gran entusiasmo. Lo comprobó el 24 de junio de 1927, cuando estrenó su 'Mariana de Pineda' en Barcelona de la mano de Xirgú. Fue el primer gran triunfo de Lorca, éxito que, como revelaría años después el investigador Ian Gibson, el propio Fernández Almagro, amigo del poeta y testigo de la reacción del público barcelonés, se encargó de transmitir a Granada mediante telegrama.

También volvió a saborear las mieles del éxito con la recepción de su conferencia neoyorquina. Fue en diciembre de 1932, con el hotel Ritz como escenario. Los versos de 'Poeta en Nueva York' y su visión personalísima del modo de vida estadounidense impactaron a un público entre el que se encontraban figuras relevantes de la cultura como Guillermo Díaz-Plaja o José Vicente Foix.

Pero nada como aquellas históricas representaciones de 'Doña Rosita la soltera' a las que las reinas de La Rambla respondieron con flores y que el poeta agradeció con su voz, unas palabras que hoy resuenan con fuerza contra el odio.