Hombres G demuestran en Granada que siguen en forma

Hombres G demuestran en Granada que siguen en forma
Fermín Rodríguez

Hombres G agitaron anoche la Plaza de Toros de Granada en un concierto marcado por la nostalgia

EDUARDO TÉBARGranada

Se puede catalogar el concierto de Hombres G –anoche en la Plaza de Toros de Granada– casi como una secuencia lógica y hacia atrás con respecto a lo vivido la velada anterior en el mismo recinto con Leiva. Dos generaciones madrileñas que resumen el pop rock melificado de este país en los últimos 35 años. Y todo hay que decirlo: el poder de convocatoria del ex Pereza resultó muy superior. El empaque de su puesta en escena, también. Por el contrario, Hombres G cuentan con un valor seguro y rotundo: ellos inventaron los estribillos de babaza, esos que permanecen instalados en la jerga popular española y que no se despegan ni frotando con amoniaco.

La media de edad también subió entre el público. Poca gente por debajo de la treintena. Pero efusivos, eso sí. A las nueve y veinte de la noche, un cuarto de hora antes de empezar, un grupo mujeres entonaba a pulmón el archiconocido texto de 'Venezia' por Doctor Oloriz. Estos Hombres G cincuentones volvían al ruedo granadino tras su experiencia compartida con Taburete hace un par de temporadas. Aquello ya tuvo algo de perversa genealogía del pop ligero. Sin embargo, David Summers y los suyos se mostraron anoche sorprendentemente endurecidos. Ese arranque mediante 'Voy a pasármelo bien' sonó a robusta declaración de intenciones, con el aplomo técnico de una banda de AOR.

El reparto de roles, como toda vida. Summers ejerce de bajista, tierno vocalista nasal y maestro de ceremonias. El guitarrista Rafa Gutiérrez no para quieto y rompe la sobriedad escénica de sus compañeros. Y Javier Molina aguarda hasta su cuota de protagonismo en 'Venezia'. El añadido de un teclista y del saxo del mítico Juanito Muro 'Piscinas' inciden en la factura de un rock de traje adulto, como buscando dignificar lo que la crítica despreció tildó antaño de baratija ñoña y trivial.

«Esta ciudad es acojonante. ¡Qué bien se está aquí, coño!», exclamó Summers ante una masa que ya no es la de aquellas niñas pubescentes que se le metían en las habitaciones de los hoteles en los ochenta; tanto en España como, ojo, en Latinoamérica. Superado ya el trance hormonal, lo que prevalece es la pura nostalgia. «Vamos a tocar canciones de todas las épocas. De lo reciente y de lo antiguo. Pero sobre todo lo vamos a pasar de puta madre», advirtió Summers antes de dar paso a 'El ataque de las chicas cocodrilo'.

Aunque a los artistas se les exige que entreguen material nuevo para demostrar que siguen estando vivos, a la hora de la verdad son los temas clásicos los que agitan a la muchedumbre. Hombres G traían bajo el brazo su primer cancionero flamante desde 2010, el de 'Resurrección'. Una de esas fue 'Con los brazos en cruz' (de una contundencia chocante en ellos), en la que invocaron el efecto karaoke introduciendo la letra en un luminoso con forma de placa de la norteamericana Ruta 66. Lo lograron, sí, a lo bestia, ya pasadas las once de la noche, y con un simple redoble de batería que invitó a cantar 'Marta tiene un marcapasos'. De la novicia viñeta, de la niñería hecha canción, a la balada posterior con piano y azúcar ('Temblando').

El concierto encara la recta final en el momento de ultimar estas líneas, con los acordes de 'Devuélveme a mi chica'. Un licuado sentimentalismo invade la plaza. Esa emoción visceral, arrinconada en la memoria, que acostumbra a ganar la partida. Para esto sirve las canciones, ¿no?