«Los políticos inventan expresiones oblicuas para esconder sus estrategias»

Francisco José Sánchez, profesor de la UGR y escritor./IDEAL
Francisco José Sánchez, profesor de la UGR y escritor. / IDEAL

Entrevista con Francisco José Sánchez, profesor de la UGR y escritor, que acaba de publicar 'Eufemismos del discurso político' (Visor)

JOSÉ ANTONIO MUÑOZGRANADA

Francisco José Sánchez es profesor titular del Departamento de Lengua Española de la UGR. Ha publicado en Visor 'Eufemismos del discurso político. Las claves lingüísticas del arte del disimulo'. En una semana tan movida en el mundo político-lingüístico como esta, y con una manifestación donde el lenguaje juega un factor clave recorriendo las calles de Madrid, hablar con él es casi una obligación.

Relator es la palabra de moda. ¿Qué es un relator, y qué entiende un político por relator?

–Vendría a ser algo así como un fedatario público que convoca reuniones y toma nota de las deliberaciones o acuerdos alcanzados. Pero lo relevante no es lo que entiendan quienes han acuñado esta palabra, en este caso el gobierno de Pedro Sánchez, sino lo que quieran que entendamos los ciudadanos. Obviamente, el término es un eufemismo que diluye el verdadero sentido de los tabúes «intermediario» u «observador», que en el actual contexto de confrontación entre los líderes del Procés y el Estado no suenan demasiado bien, porque podría interpretarse como una concesión a los independentistas a cambio de su apoyo a los Presupuestos Generales.

¿En qué materias se utiliza más el eufemismo político?

–La política es persuasiva por definición, y por eso el eufemismo se convierte en una herramienta importantísima para dulcificar la realidad, que suele ser mucho más cruda de lo que tratan de mostrar. El eufemismo se usa en muchos campos, pero sobre todo para hablar de economía, fundamentalmente cuando los gobernantes anuncian recortes, malos datos de empleo o cualquier medida impopular.

¿A quién se dirige un político cuando usa un eufemismo, a quien no conoce el lenguaje?

–Los políticos acuden al eufemismo cuando tienen que dirigirse al conjunto de la ciudadanía, no a sectores o 'targets' específicos; precisamente por ello tienen que inventar formas 'oblicuas' para designar realidades cuyo recto entendimiento resulta poco o nada conveniente para la estrategia marcada. Afortunadamente, los ciudadanos somos cada vez menos permeables a la manipulación, y estrategias de este tipo tienen una eficacia mucho menor, y además, más efímera. En los últimos años, los eufemismos políticos se desgastan a tal velocidad que es necesario sustituirlos por otros que 'suenen mejor'. Ello explica, por ejemplo, que el Gobierno de Rajoy (Montoro, Luis de Guindos o el propio Rajoy) hablase de «gravamen complementario», «recargo temporal de solidaridad», etcétera, por ejemplo.

¿Algunos casos de palabras sustitutivas mal empleadas?

–Entiendo como mal empleadas aquellas expresiones eufemísticas que no cumplen el propósito para el que se crearon, al volverse en contra de la imagen de sus emisores, es decir, las que generan un rechazo inmediato. Es bien conocido el «finiquito diferido en forma de simulación» con el que Dolores de Cospedal trató de justificar el mantenimiento de un salario a Bárcenas tras su despido como tesorero del Partido Popular. El límite de tolerancia de este lenguaje empieza a verse comprometido cuando se desdibujan las fronteras entre lo ingenioso y lo ridículo.

¿Qué palabras, en lugar de ser empleadas como bálsamo, lo han sido como eyector de ánimos?

–Casi siempre, cuando se busca caldear el ambiente o enardecer a los fieles, se recurre directamente al insulto o disfemismo, que es lo contrario al eufemismo. Esta misma semana, Pablo Casado ha llamado al presidente Sánchez «felón», «incompetente», «incapaz», «mediocre» y «traidor a la patria», y ha convocado una manifestación en Madrid para hoy contra su política negociadora con los independentistas. Para agitar el avispero, nada mejor que el insulto.

¿Qué palabras son, hoy por hoy, tabú para los políticos?

–Más que palabras, hay marcos conceptuales que siempre se evitan: todo lo que tiene que ver con la asunción de responsabilidades, una dimisión, una rectificación, suelen ser tabúes. En momentos concretos, hay tabúes muy marcados que suponen grandes quebraderos de cabeza para los equipos de comunicación de los partidos, que tienen que soslayarlos a toda costa: sin duda, durante el segundo mandato de Zapatero, la palabra prohibida fue «crisis»; para Rajoy, tenía nombre de extesorero del PP (Bárcenas pasó a ser «esa persona de la que usted me habla») aunque, por extensión, también destacaría «imputado», que incluso fue desterrado como término legal para ser sustituido vía BOE por «investigado» o «encausado». A Pedro Sánchez habrá que darle un poco más de tiempo para encontrar el suyo, aunque esta semana, «mediador» no figuraba precisamente en el vocabulario del PSOE.

¿Disimulo es siempre igual a engaño?

–Disimulo puede ser sinónimo de persuasión, no necesariamente de mentira. A mi modo de ver, el engaño se manifiesta como un conjunto sistemático de mentiras deliberadas que se articulan en el discurso público con un propósito concreto, cuyo alcance va mucho más allá de un simple 'salir del paso'. Muchas veces, los políticos no aspiran a tanto cuando recurren a los eufemismos, les basta con desviar momentáneamente la atención para ganar tiempo mientras los medios y los ciudadanos miramos para otro lado.

¿La posverdad, como concepto, es la mayor mentira de nuestra época reciente?

–En efecto, no deja de ser otro eufemismo. De entrada, como concepto de nuevo cuño, me parece bastante hueco. ¿Para qué hablar de posverdades, si siempre han existido la mentira o las medias verdades? Es lo que el equipo de Donald Trump llama «hechos alternativos» o «información incompleta»: si no nos gusta la realidad, escojamos otra versión que se ajuste mejor a nuestros intereses.

Absurdos

¿Cuál es el eufemismo más absurdo que recuerda?

–La lista es larga, pero más de un ejemplo me ha hecho soltar una carcajada mientras preparaba el libro, como «la desaceleración económica» que estaba «acelerándose» durante el mandato de Zapatero, el «protocolo de borrado seguro» de los ordenadores de la sede del PP destruidos a martillazos, el «recargo temporal de solidaridad» con el que el gobierno del PP comunicó una subida de impuestos, o los «contribuyentes ocultos» de Montoro, que son los evasores fiscales de toda la vida.

¿Y el 'palabro' que no venga en el diccionario y se haya convertido en moneda de uso común?

–Como vivimos en una campaña electoral permanente, yo destacaría 'sorpasso': su uso era muy limitado, pero dadas las expectativas que había en torno a Podemos en las últimas elecciones generales (se pronosticaba el adelanto al PSOE), el termino ha acabado calando y se ha normalizado.

La irrupción de nuevas fuerzas políticas sin pelos en la lengua, ¿cambiará el 'statu quo'?

–Puede parecerlo. Pero en realidad, esta comunicación política más directa o incisiva no es, por definición, la seña de identidad de los nuevos partidos frente a los tradicionales; sencillamente, quien gobierna tiene que dar más explicaciones y quien aspira a gobernar tiene la obligación de pedirlas.