«La poesía ayuda a educar el corazón»

El poeta Darío Jaramillo, Premio Lorca 2018./PEPE MARÍN
El poeta Darío Jaramillo, Premio Lorca 2018. / PEPE MARÍN

Entrevista con Darío Jaramillo, Premio Lorca de Poesía 2018

JOSÉ ANTONIO MUÑOZGRANADA

Darío Jaramillo (Santa Rosa de Osos, Colombia, 1947), es el Premio Lorca de 2018, que recibirá mañana en el Centro Lorca. Dice que el mejor café lo hace una buena máquina, no un buen café;le gusta el fútbol y tiene una conversación fluida y amable, además de muchas cosas que contar. Le entrevistamos en el mismo sofá donde tiempo atrás se sentó John Banville. Se lo hacemos notar, y propone, en broma, que nos cambiemos inmediatamente. Tienen un punto en común: ambos usaron la literatura para huir del hogar. En lo demás, son completamente diferentes.

¿Conocía Granada?

–Sí, vine al Festival Internacional de Poesía hace años, y me quedé prendado de la Alhambra. Verla supuso para mí una epifanía de belleza, un deleite para los sentidos.

Habiendo nacido en un pueblo que se llama Santa Rosa de Osos, lo raro es que no hubiera salido poeta.

–Fíjese que hay dos poetas importantes en el pueblo. Uno se llama Porfirio Barba Jacob, y murió en 1942, y Rogelio Chavarría, que además era periodista, a quien conocí y con quien tuve una amistad profunda. Con esto quiero decir que no alcanzo siquiera a ser el tercer mejor poeta de mi pueblo... (Risas).

Abogado y economista.

–Estudié Derecho y Economía porque se podían hacer a la vez en Bogotá, y ello me permitió salir de mi casa. Ningún manejo de la palabra es tan distante como el que tienen los abogados y los poetas. En el primer caso, capturan normativamente y en términos de sanción, a través del lenguaje, las conductas humanas. Ello aspira a conducir a la justicia y conduce justamente a lo contrario. Lo que me pasó con el Derecho es que nunca estuve enamorado de él, a pesar de que lo ejercí y lo enseñé. Vino a salvarme el Banco de la República de Colombia, donde trabajé más de 20 años hasta jubilarme en tareas de administración cultural. Lo de ser abogado me sirvió para que la gente se muriera de miedo cuando se lo contaba. Yo lo usaba.

Además, allí a los abogados se les llama 'doctores'.

–Sí, tal vez esa fue una de las razones para dejar de ser abogado, que no me llamaran doctor... (Carcajada). En cuanto a lo de economista, sirve para entender determinados mecanismos o modelos. Los estudios de Economía no llegan al concepto de la captura de lo escaso en los seres humanos.

Entonces, ¿cuál es la economía de la poesía?

–Poesía y economía están en las antípodas, tanto como las matemáticas están muy cercanas, porque ambas buscan la precisión.

¿Y la ley de la poesía?

–La ley de la poesía es que en poesía no hay ley.

¿El poema de la historia de Colombia es necesariamente trágico?

–No, en Colombia ha habido poemas trágicos, sobre todo de tinte político, pero la poesía colombiana tiende más a la lírica, a cantar el paisaje. Pocos poetas se han enfrentado a la violencia, pero los hay, con buen resultado.

¿Cómo se ordena la poesía desde el gobierno, cuando lo normal es que el poeta sea contestatario?

–Cada uno tiene su propia esquizofrenia. Yo trabajaba como gestor cultural para el Banco Central, y las más grandes bibliotecas dependían del Banco. Es cierto que los poetas son contestatarios, y en cierto modo, yo pagué mi peaje.

¿Se puede escribir sin amor, o se nota demasiado cuando el corazón está seco?

–Se puede escribir sin amor, y cuando el corazón está seco, se puede escribir sobre el corazón seco. Si uno quiere escribir un poema de amor, necesita estar enamorado, pero no todos son poemas de amor. Hay momentos de desolación que son muy útiles para la poesía.

¿Escribir poesía le ha ayudado a educar el corazón?

–Sin duda. El corazón busca, con la poesía, conocerse más, responderse preguntas. Y las respuestas son siempre cambiantes, siempre hay dudas.

El aforismo está de moda, y usted ha escrito aforismos. ¿Qué le gusta del género?

–Antes de que se pusiera de moda, hice un estudio literario sobre el aforismo. Escribí un buen número de cuartillas. Pero cuando me di cuenta de que estaba de moda, renuncié a hacerlo hasta que dejara de estarlo. Ahora estoy escribiendo un trabajo sobre fantasmas.

El aforismo juega con las palabras. ¿Cuál es su palabra favorita?

–Caravana.

¿Por qué?

–Suena como una caravana, sílabas encadenadas.

Una cara vana es una cara sin sustancia.

–Exactamente. Una cara que no te dice nada.

Inesperado

¿Esperaba el premio?

–Para nada, fue una sorpresa, pensaba que era un error. Pienso que me colé en la fila. No sabía ni que estaba en las quinielas. Cuando me llamó el alcalde no me lo creía. Y todavía sigo sin creérmelo.

¿Qué es lo que más le gusta de Lorca, y lo que menos?

–Me gusta toda su poesía, por diferentes motivos. Escribí un ensayo sobre 'Romancero gitano', donde reivindiqué al poeta más criticado. El otro, el de 'Poeta en Nueva York', culto, surrealista, también me gusta, por el barroquismo de las imágenes. Lo que menos me gusta de Lorca no es culpa suya, sino de la imagen posterior que tenemos de él. Hace poco vi el libro que recopila las entrevistas que le hicieron a Lorca en vida, y solo dos le trataban como poeta. Y eso no me gusta.

Su novela autobiográfica, 'Historia de una pasión', navega entre lo onírico y lo real, lo vivido y lo sentido. ¿La pasión por la poesía le ha descubierto su auténtico yo?

–En parte sí. Sobre todo, mi yo reflexivo. Pero hay una parte de mí que es un gran aficionado al fútbol, otra que es la de un amante de la buena comida. No me desprendo de ese yo, ni de los otros, porque uno está con uno todo el tiempo.

¿Le motivan los homenajes, o le sonrojan?

–Me descolocan. Uno escribe poesía porque quiere estar solo, y no es muy apto para la vida social, y de repente se encuentra rodeado de gente, y siendo el centro de atención.

Mejor, entonces, no hablamos del mundo editorial.

–A mí me salvó Pretextos, porque había publicado con grupos grandes. Ellos me dan una zona de confort tremenda, y me tratan con cariño.

¿En qué autores s e mira cuando se mira a sí mismo como autor?

–He ido cambiando. Desde hace diez años, leer a John Barth me empuja a escribir narrativa, y eso que no es el personaje central de su generación. Tengo amigos a los que envidio como escritores, como César Aira, aunque no esté de acuerdo en nada de lo que predica.

¿Qué pasará ahora, qué proyectos tiene?

–Dejar de viajar, porque llevo seis meses fuera de casa...