Simple minds, vivos y coleando en Granada

El cantante Jim Kerr, voz de Simple Minds, ayer en el Palacio de Congresos./RAMÓN L. PÉREZ
El cantante Jim Kerr, voz de Simple Minds, ayer en el Palacio de Congresos. / RAMÓN L. PÉREZ

Los escoceses recuperaron anoche sus éxitos de los ochenta en el Palacio de Congresos ante más de 2.000 espectadores

EDUARDO TÉBAR

El cambio de ubicación del concierto de Simple Minds en Granada –el único en Andalucía de cuatro recitales en nuestro país– puede leerse como metáfora del papel que juega el rock en estos tiempos: música cada vez más relegada a las estanterías de padres y hermanos mayores, momificada en camisetas, apenas trascendente en el negocio de la nostalgia. No está ya el panorama como para llenar la plaza de toros, como lograron Depeche Mode en 2005, Bruce Springsteen en 2006 o –milagro digno de estudio– 091 dos noches en 2016. Sin embargo, el Palacio de Congresos favoreció la cercanía con la veterana banda escocesa y el disfrute de la carnalidad del espectáculo. El hipervitaminado Jim Kerr, embutido en tejanos, se merendó al público desde el minuto uno. Y más cuando confesó: «Es nuestra primera vez en Granada. Nos decían que esta ciudad es asombrosa. Hoy lo hemos comprobado: ¡es fantástica!». «Es la polla», añadía el bajista.

Antes, los alicantinos Gimnástica sirvieron de aperitivo con energía en su retorno a la capital de la Alhambra tras aquel sudado estreno en Planta Baja hace varias temporadas. El cantante Jim Kerr y el guitarrista Charlie Burchill, casi sexagenarios ya, ejercen de supervivientes únicos de una marca clásica en lo que concierne a la épica sonora que los grupos británicos modelaron en los primeros ochenta. Anoche, en un lleno sin apreturas, rescataron piezas que rondan los treinta y cinco años de antigüedad. Como ese himno tórrido y electrizante que es 'Love song', en España recordado para siempre como sintonía nocturna de la radio deportiva de José María García. Lo mismo sucede en la tromba sónica de 'Waterfront', joya que lanzaron aún en la fase de arranque y que durante un par de décadas se asoció a las retransmisiones internacionales de fútbol de 'Carrusel Deportivo'. Por cierto, traducido, Simple Minds significa algo así como 'subnormales'.

Aunque ayer el público andaluz iba a lo que iba –o sea, a escuchar 'Alive and kicking' y 'Don't you (forget about me)', y a la camita–, se agradeció la coartada de presentar un nuevo disco, 'Walk between worlds'. Un trabajo que al menos demuestra que son capaces de actualizar su sonido con capas electrónicas y elaborar una síntesis de su amplia gama de recursos sin renunciar a su impronta. Porque Simple Minds han mantenido durante estos cuarenta años el difícil equilibrio entre calidad y comercialidad. En Granada, aparcaron el prurito apocalíptico para incitar al baile. Sin desprenderse de las atmósferas vidriadas de Burchill, esos fulgores que coquetean con el AOR (rock adulto con un puntito pretencioso) y el 'techno' pop de visión 'artie'. Un buen ejemplo es la brillante 'The signal and the noise', canción de la reciente cosecha, con la que abrieron el 'show'.

Lustre en la voz

Jim Kerr mantiene el lustre en la voz. Sin duda, la garganta del exmarido de Chrissie Hynde es uno de los capitales que explican que un día Simple Minds se convirtiera en animal de estadio y compitiera en la liga de U2. Es más, este mes se cumplen treinta años del macroevento en Wembley por Nelson Mandela, en el que participaron. Sensualmente modulado, espasmódico, entrecortado, el susurro de Kerr sedujo al Palacio de Congresos granadino. También, la gran expresividad taquigráfica de Burchill a la guitarra, que se lució en 'Barrowland star' y en la antiquísima 'The american', introducida a través de su inolvidable espiral ascendente. Con envoltorio 'dance' y estribillos alfombrados por el tamiz soul de la corista Sarah Brown, que desempeñó un rol destacado durante la velada, la formación se desplegó en septeto. Cherisse Osei trató de evitar que el respetable se acordase más de la cuenta del histórico batería Mel Gaynor. Empresa a la que se sumó Catherine A.D. al mando de unos teclados celestiales. Abundancia, pues, de mujeres sobre el escenario. Unas tablas que adornó la colorida pantalla de 'leds'.

La garganta de Kerr explica que Simple Minds se convirtiera en animal de estadio.

El repertorio, definitivamente amarrado a la primera mitad de los ochenta, reivindicó un pasado en el que Simple Minds ofrecía artefactos bellos y arriesgados; gotas de color y sensibilidad sobre la realidad industrial. Luego ascendieron. Y después se encerraron en los límites de sus propias ambiciones. Por su puesto, en su parada andaluza jugaron con los 'tempos' y las intensidades. Dosificaron los estacionamientos en el flamante cancionero ('Sense of discovery', 'Summer') y desplazaron el foco de un miembro del plantel a otro. Catherine A.D. interpretó 'Dolphins', mientras que Sarah Brown tomó el micro en la versión de 'Let the day begin', de The Call.

La vida de los Simple Minds es como el guion de una película de Hollywood: unos jóvenes salidos de los barrios proletarios de una ciudad ignota de Escocia alcanzan el olimpo de los elegidos dentro del universo de la música pop. Supieron crecer tras la fiebre de los 'sintes' de 1980, cuando Ultravox editaban 'Vienna', los Skids 'Days in Europa' y Bowie alababa Berlín. Anoche evidenciaron la influencia del productor Steve Lillywhite –el alquimista entonces de Ultravox, U2 y The Psychedelic Furs– en su fase iniciática. Del mismo modo, reforzaron la 'americanizacion' en la que entraron a rebufo de los mismos Bono y compañía, o Graham Parker, vía el ingeniero Jimmy Iovine, hoy magnate de Interscope Geffen A&M Records. En las butacas, pobladas de gente por encima de la cuarentena, y mucho guiri, sollozaban evocando el verano del 85. A la vez, Simple Minds encapsulaban el momento tocando de seguido 'Once upon a time' y 'All the things she said'. Como el triunfalista y machacado estribillo de la noche, todos salieron del palacio vivos y coleando.

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