Palomitas, cocacola y Falla

La voz de Marina Heredia fraguó con el sonido de la OCG para obrar el sortilegio final. /ALFREDO AGUILAR
La voz de Marina Heredia fraguó con el sonido de la OCG para obrar el sortilegio final. / ALFREDO AGUILAR

Más de 8.000 personas llenaron anoche el Palacio de Deportes de Granada para presenciar la puesta de largo de la OCG

Pablo Rodríguez
PABLO RODRÍGUEZGRANADA

En Granada, la música clásica sabe a palomitas. Puede ser oscura como una cocacola y apurarse fácil como una obra de Falla o brillar dorada y burbujeante como un pasaje de Piazzola. Es así en esta ciudad donde todo es posible: disfrutar de la tormenta que se desata cuando Marina Heredia calienta su garganta, llorar al ritmo del bandoneón de Fabián Carbone, resurgir atado al sonido de los músicos de la Orquesta Ciudad de Granada (OCG) y, sobretodo, hacerlo junto a otros 8.000 vecinos en el Palacio de Deportes.

Así fue anoche, en una cita que sirvió para demostrar que la capital nazarí está con su orquesta, digan lo que lleven diciendo los presupuestos en estos últimos diez años de vaivén desacompasado. El público abarrotó el pabellón para escuchar a la formación en su apertura de temporada y ovacionar un programa que puso los pies a ambos lados del Atlántico, en un viaje musical de casi dos horas que siguió los pasos del maestro Falla.

El gaditano, vecino de la Antequeruela cuando esta ciudad fue capital europea de la cultura sin necesidad de títulos, fue el motivo principal del programa, aunque no el único. Además de piezas de la enjundia de 'El sombrero de tres picos' y 'El amor brujo', entre las principales de su producción, también fueron interpretadas obras maestras de figuras como Granados, Piazzolla, Ginastera y Villa-Lobos. Algunos contemporáneos del compositor, otros no tanto, que sonaron desde los instrumentos de una OCG anoche dirigida por Ricardo Casero.

«Es demasiado bello», se oyó entre el público de un sector del pabellón, y era cierto

El director, colaborador de gigantes como Zubin Mehta o Lorin Maazel y que lidera habitualmente la Orquesta del Reino de Aragón, afrontó la difícil pero bella tarea de hacer confluir el delicado torrente de la formación granadina con los deliciosos giros de los dos artistas invitados para la ocasión, el bandeoneonista Fabián Carbone y la cantaora Marina Heredia. Una suma de gusto diferente al habitual, pero que dejó un poso dulce a tenor de las múltiples ovaciones que el público tejió anoche al final de cada uno de los pasajes.

Todo comenzó unos minutos después de las nueve y media. Entre un silencio apenas roto por el susurro del plástico de las bolsas de patata frita, la formación arrancó con las Goyescas de Granados. La orquesta buscó la emotividad con su interpretación, una tarea fácil en un pasaje -el intermezzo- que se encuentra entre los más sentimentales y mejor construidos por el compositor. Fue una corta introducción que puso en aviso a los asistentes de lo que quedaba por venir.

El aplauso del público dio paso a la siguiente sección, el concierto para bandoneón 'Aconcagua' de Piazzolla. La obra, una joya que el argentino esmaltó con la mayor de las delicadezas, brotó sinuosa y con elegancia de las manos de Carbone. El músico invitado levantó altas cimas, dibujó praderas a los pies de cumbres apenas holladas acompañado por la orquesta. Fue, en definitiva, un ejercicio de construcción de la montaña andina soñada por el compositor, un paisaje de notas que atrapó al público, que no tuvo problema en dejar las cocacolas a un lado y desatar una tormenta de aplausos en el pabellón.

Carbone se fue y entró una sección de la orquesta para acometer las 'Danzas del ballet Estancia' de Ginastera, una pieza múltiple mucho más salvaje, más duro -con secciones dominadas por los timbales- que todo lo anterior. El ritmo rabioso enardeció a la músicos dirigidos por Casero y también a los granadinos, que se llegaron a levantar en un pequeño sector de la grada llevados por el momento.

Así, en constante ascenso, se alcanzó la segunda de las 'Bachianas brasileiras' de Villa-Lobos. La obra fue ejecutada por la orquesta en solitario, en retazos, con momentos de gran armoniosidad que algunos en sus asientos seguían con el pie, con la mano, con el culo de plástico de los vasos, en un respetuoso silencio digno de más célebres escenarios que demostraba la capacidad para tocar el corazón que tiene esta música.

Falla llegó al final y fue el súmmum. Pasan los años, cambian los países, pero su música permanece. Puede ser contenida, como describían al maestro los amigos que muchas veces lo acompañaron en su casa de Granada, y obsesivamente eléctrica, como dejan entrever los manuscritos y partituras que de él se conservan.

Pero, en cualquier caso, es majestuosa, elegante, dotada de una capacidad para conmover que anoche hizo estragos en la grada, donde lo mismo se sonreía alucinado, se abría la boca sorprendido o se entrecruzaban miradas de reconocimiento. «Es demasiado bello», se escuchó en un sector del pabellón y era cierto.

Marina Heredia, roja como un clavel de la Cruz, blanca como un jazmín de amanecida, llegó para encender aún más la hoguera mágica de 'El amor brujo'. Su voz fraguó con el sonido de la orquesta obrando el sortilegio final. Algunos estiraron las piernas, cerraron los ojos y se entregaron por completo a la belleza. Otros lanzaron al aire sus 'oles'. Así culminó una noche de palomitas, cocacola y Falla, la primera de la nueva temporada de la OCG.

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