Granada, rendida y agradecida al maestro Rosendo

Rosendo, durante el concierto de anoche en el Palacio de los Deportes de Granada. /RAMÓN L. PÉREZ
Rosendo, durante el concierto de anoche en el Palacio de los Deportes de Granada. / RAMÓN L. PÉREZ

El histórico músico padre del rock urbano se despidió de los escenarios anoche ante más de 4.000 fieles en el Palacio de los Deportes de Granada

EDUARDO TÉBAR

granada. Rosendo, el padre de una criatura tan extendida y desdibujada como el rock urbano, tiene 64 años. Y ha decidido que ya está bien, que hasta aquí hemos llegado. Lleva casi medio siglo subido a los escenarios y se confiesa harto de carretera y hoteles. También reconoce que el más inapreciable error sobre las tablas le amarga la noche. Qué curioso: precisamente él, un tío de barrio, un castizo, necesita escudarse en la perfección técnica.

El cronista de Carabanchel anunció su despedida en marzo, la reiteró en Granada en mayo (en el Bull Music Festival) y la firmó anoche ante más de 4.000 prosélitos en el Palacio Municipal de los Deportes. Como buen nacido, el Rosen arrancó visibles lágrimas a los suyos cuando cayeron las canónicas 'Agradecido' y 'Maneras de vivir'.

Mucho ha llovido desde la primera toma de contacto del roquero madrileño con el público granadino. Entonces, al frente de Leño y con unos imberbes 091 (aún llamados Aldar) como teloneros en la Facultad de Ciencias. Desde principios de los ochenta, la ciudad de la Alhambra ha respondido a las citas habituales con el melenudo de la camiseta, los ocurrentes 'riffs' y el costumbrismo callejero. Una silueta perenne en el rock español durante décadas.

Granada se emocionó anoche ante el pliegue de un hombre retraído con un carisma a prueba de yunques

Visitas constantes

Rosendo Mercado dice adiós a todos menos a su Fender Stratocaster. Cuestión de prioridades. Para el recuerdo, sus visitas constantes. Entre ellas, cómo no, el Zaidín Rock. Y ayer en el pabellón, en un concierto tildado de histórico antes de empezar. Y tan austero y auténtico como conservador. Nadie ha sonado en España tan proteico en formato de 'power-trío', una quimera que solo parecía posible en Cream, la Jimi Hendrix Experience o Rory Gallagher. Alérgico a los teclados -claudicó en 1980 tras sufrir a Teddy Bautista-, el carabanchelero huye de planteamientos innovadores. Pero siempre ha pululado por ahí, con giras y discos nuevos bajo el brazo, coherente con la antigua lógica de la industria: si no hay lanzamiento, no hay bolos.

Y ahora qué, se preguntaban anoche los suyos haciendo cola para el cubo de cerveza. Pocos artistas pueden presumir de unos seguidores tan fieles en este país. El Atleti y Rosendo eran los faros del viejo Madrid de la orilla sur del río. Miguel Ríos le cantó: «Eres mi Mercado preferido, es un gusto estar aquí, prometo estarte agradecido», después de pedirle de rodillas en su programa de TVE la perpetuidad de Leño. «Retirados tanto el uno como el otro, nos quedamos sin referentes», murmuraba un fan en cuya camiseta lucía estampada el eslogan de estos últimos recitales: «Mi tiempo, señorías».

Granada se emocionó anoche ante el pliegue de un hombre retraído con un carisma a prueba de yunques. Un tipo que toca con tantas tripas como cerebro. El iluminado que guió la transición del rock sinfónico al rock callejero y vagabundo. Ninguna otra marca, con excepción de Los Enemigos, ha sabido capturar con tanta naturalidad el sentimiento de suburbio deprimido y agonizante. Con su guitarra torva y su garganta áspera.

El Palacio de los Deportes -el mismo espacio que escogió Miguel Ríos en 2010- presenciaba la prejubilación de un pedazo significativo de la historia de la música española. Rosendo y su poética cacofónica y abracadabrante, retorciendo el refranero. «Ya no soy aquel guitarrista marchoso», avisó. «Soy un currante que solo sabe hacer una cosa», reiteró.

La última gran noche

Pero era el momento de dejarse el lomo y brindar la última gran noche a Granada. Rock seco y duro en constante diálogo con el blues. Relatos sobre perdedores crónicos, alienación metropolitana y corrupción campante. Y personajes de asfalto y hormigón, como su gente, los que aplaudieron durante dos horas. Y sin sentimentalismos, oiga: «Se os quiere», declaraba Rosendo eliminando la primera persona en su sincero abrazo con esta urbe. Varios centenares de hinchas se frotaban las manos al frío mientras el tío Rosen, de negro y proyectado por unos audiovisuales gigantescos, soltaba 'Flojos de pantalón' en la tanda inicial. «Hoy se despide el jefe y no le podíamos fallar», comentaba Manuel, de 36 años. «Es el último concierto del maestro en Granada, algo sagrado», compartía José Antonio, de 53. Una figura transversal la de este greñudo mesetario, que ha educado a varias generaciones. Que ya piensa en su retiro en un recóndito pueblo castellano, donde por fin escribirá ese libro que le ronda la mente desde hace lustros. Los rocosos guitarrazos de don Rosendo Mercado combatieron los ocho grados que rascaban afuera. Inolvidable. Granada estuvo agradecida.

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