Barón Rojo: Tormenta de riff's

Barón Rojo: Tormenta de riff's

J. J. G.GRANADA

Un millar largo de personas se trasladaron al anfiteatro de Maracena para (prácticamente) homenajear a la banda de los hermanos De Castro cuando han anunciado ya su despedida. Por si acaso no vuelven a pasar por aquí (como ocurrió con el reencuentro V.O.) su concierto en la fiesta de los Nazaríes Custom (con Inkombustibles y Ghost Riders de escolta) fue eso, una segunda fiesta, la del adiós.

Cuarenta años contemplan unas canciones que han ido pasando de padres a hijos, incluso nietos, algunos había en plena 'epifanía barona' ¡en la primera fila y si auriculares...ufff! Aquí sonaron muchas veces: la primera junto a Leño y los pre-091 Aldar en un Corpus, y un año después en las mismas fiestas mayores ¡ante 10.000 personas! El tiempo ha mellado el mensaje de muchas de ellas, en su ingenuidad y su sonrojante simplismo, pero otras son auténticos himnos imperecederos, los que han cimentado la leyenda de una banda, acaso la más internacional que ha dado este país. Quizá por ello deja mal sabor de boca el final que está teniendo, fracturada por la mitad y con dos marcas similares simultáneas y enfrentadas a muerte competiendo por el mismo espacio con las mismas cartas. Todo muy de aquí, muy goyesco, tirándose canciones y declaraciones en vez de piedras. Muy triste.

Carlos y Armando estabilizaron una marca que tras su rotura pasó por momentos bajos fuera del escenario, ya que arriba los barones son incontestables, gusten o no, poco o nada. Armando de Castro es una referencia ineludible para los guitarristas duros de este país (como Ritchie Blackmore para él) y un concierto de BR debiera ser asignatura en cualquier escuela de guitarristas. En faena son una auténtica celebración de la guitarra eléctrica, casi como ídolo pagano de la liturgia del rock. Instrumentalmente los dos hermanos funcionan con una sincronía univitelina, mientras que la sección rítmica (descomunal Rafa Díaz pistoneando con su batería de dos cilindros, como una Harley de las 50 que había en la puerta) soportó en su hipertrofiada musculatura las peripecias de Armando por el mástil.

Se mantienen fieles a una estética y un sonido, han limando reflejos metálicos con los años y aflora su querencia más clásica (veamos: abren por los Who, por medio citan a Stepenwolf...). También sus vistosas coreografías en plan Status Quo (y otras que, en fin, a ciertas edades...), y aquí el bajista José Luis Moran, amén de su gordura sonora, se une efusivo cuerpo de baile.

Justitos de voz, que tras la baja de Sherpa la portavocía ha sido siempre su punto débil, Armando coge el timón del grupo erigiéndose en titán de las seis cuerdas, con feroces y vertiginosas cabalgadas arriba y abajo y espectaculares intervenciones solistas, replicadas con los euforizantes dobles punteos por su hermano. ¡En 10 minutos de Barón hay más notas que en 25 años de Planetas!

Tras la tormenta de riffs llegará la calma. Será el año que viene cuando Barón Rojo aterrice definitivamente. El que quiera oír estas canciones ('Volumen Brutal' lo tocan casi entero) tendrá que acudir a los autocovers de 'Los Barones'. A Barón muerto, Barón puesto.