Antonio Lizana: Volando va

Antonio Lizana: Volando va

JUAN JESÚS GARCÍA

Cuando se han cumplido el medio siglo de los tres discos 'Jazz flamenco' de Pedro Iturralde (¡que todavía sigue en activo a los 91 años recién cumplidos!), han sido mil las posibilidades combinatorias de los dos mundos. Y de entre todas las opciones posibles, la de Lizana es la más novedosa y original, desatendiendo al común estereotipo y oteando nuevos horizontes, que las hay. El salero y le gracejo gaditano hace el resto para que sus conciertos terminen siempre felizmente.

Ya el hecho de que cante, con ese sentimiento y el rajo de cualquier cueva flamenca pone distancia con lo habitual; su articulación con el alto y el soprano es de boper bien entrenado, pero lo menos evidente son las armonizaciones tan particulares que hace de las músicas (mejor dicho: las culturas musicales) a las que se acerca, convirtiéndolas en algo completamente distintas.

Si antes citábamos al abuelo de ramo, el comienzo del concierto, ambiental y etéreo rememoraba también al Coltrane más espiritual tanto como a nuestros Triana o Cai (¡o la Lole y el Manuel!), con la alegría sonora de un Corea hispano y la electricidad de W.Report; nutrientes muy 'setentas', como el cierto desaliño estético, hippie y el calado mística sugerida. Profundidad también explícita cuando llegó a 'Fronteras', su alegato contra «los que sufren su drama».

Él vuela por encima de ellas, viene y va encajando melodías y ritmos traídos de los vientos de levante y poniente, y sonando con los saxos como un muecín llamando a la atención. A su lado el pianista es su principal complemento en primer plano, sobre todo cuando canta, hermanándose con él en una suerte de 'Chamarón', mitad por mitad. El bajo gomoso de Jesús Caparrós inyectaba voltaje oriental al fondo del conjunto, mientras que el esqueleto del ritmo, fue doble, con el iraní Shayan Fathin uniendo tiempos y contratiempos multiculturales sin necesidad de usar cueros autóctonos; y a su lado, todo un espectáculo: Mawi de Cádiz (José María Castaño) con la 'percusión de tacón', palmas y unas acalambradas coreografías que animaban visual y racialmente la perspectiva.

Tangos, bulerías por soleá, alegrías… arabizadas o no tanto, 'jazzificadas' o también, asomaron en un concierto con tanta fuerza como recogimiento, mucho salero y sentido del humor, que convenció al público de que podía colaborar en los coros y palmas, y de que podían beneficiarse, en sus palabras de unas 'bulerías terapéuticas'. Que vaya si sanaron: ¡todo el mundo salió sonriendo de su concierto! Alegría y de la buena, la de 'Cai'.