'Misa Criolla': ecos de un pueblo indígena a las puertas de nuestra Semana Santa

Un momento de la actuación./ALFREDO AGUILAR
Un momento de la actuación. / ALFREDO AGUILAR

El grupo Vocemmus interpretó en el Palacio de Congresos ante medio aforo la famosa obra del argentino Ariel Ramírez

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Veinte siglos de cristianismo dan para mucho arte. La misa, como rito central de esa religión, es un compendio de oraciones, lecturas bíblicas e instantes sacramentales que siempre ha mirado a la música con anhelo de maridaje. Pero los católicos se deleitan en muchos más ritos, y entre ellos luce con primavera propia la Semana Santa. Por eso programar una 'misa' la víspera del Domingo de Ramos es y no es un acierto. Lo es por cercanía y obviedad, pero no lo es porque el pueblo anda atareado en organizar andas y misterios que explican por qué la asistencia a 'oír misa' fue menor de la esperada.

Sin amedrentarse por ello, el conjunto interpretó la famosa obra de Ariel Ramírez con denuedo y cierta pasión. El grito en su altura, el murmullo morigerado, cada solista con su instante de gloria. Un esmerado equilibrio entre voces masculinas y femeninas, sin rasgos de genialidad pero siempre complacidas en la corrección y la manutención del ritmo, que en esta obra lo es todo. Perfectos los micrófonos para captar el sonido de la quena o del charango, no crepitar con los arrebatos de la percusión y dando cuenta del texto, siempre precioso.

Como la Misa no dura más allá de media hora, tras un descanso de otra tanta, el grupo ofreció un recital muy perfectible de tangos, canciones y temas hispanos, tan conocidos que en seguida saltaron los defectos por comparación. Un coro casi todo de mujeres y un par de guitarras que nunca lograron la afinación óptima ni el nivel esperado. Se diría que primaba lo popular, casi lo pedestre, en fin la ingenuidad del aficionado. Buscando algo bueno en esta segunda parte, me olvidé de entradas a destiempo, micrófonos mal colocados y general encanto esquivo para comparar lo que oía con aquellos cánticos populares, toscos y voluntariosos con los que los jerosolimitanos, con palmas y ramos de olivo en las manos, ensalzaron a Jesús, el primer Domingo de Ramos de la historia, tal día como hoy hace ya casi dos mil años.