«Los gurús también se equivocan»

Yuval Noah Harari, durante una conferencia en Mánchester. /R.C.
Yuval Noah Harari, durante una conferencia en Mánchester. / R.C.

El influyente pensador publica '21 lecciones para el siglo XXI'

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

A las estanterías de las bibliotecas universitarias y a las tiendas de los aeropuertos: los libros de Yuval Noah Harari (Kiryat Atta, 1976) han llegado a todos los rincones. El éxito de 'Sapiens', tres años en las listas de los más vendidos en España y traducido a 45 idiomas, y de 'Homo Deus' se explica en la capacidad de este historiador de la Edad Media y profesor de la Universidad de Jerusalén para hacer comprensible al gran público el acelerado mundo contemporáneo sin renunciar al rigor histórico. Sin embargo, pese a que sus obras las recomiendan Bill Gates, Barack Obama y Mark Zuckerberg, Harari no se siente un gurú de nada. «Es peligroso idolatrar a nadie. Los seguidores, una vez que creen que una persona tiene todas las respuestas, renuncian a hacer esfuerzos por ellos mismos. Y por supuesto, los gurús también se equivocan», explica el intelectual más influyente de la actualidad. La editorial Debate publica ahora su nueva obra, '21 lecciones para el siglo XXI'.

«La democracia liberal está en crisis, lo que resulta sorprendente si tenemos en cuenta que países como España se encuentran mejor que en ningún otro momento de la historia. Si los españoles le dijeran a sus antepasados que el mayor peligro para su salud es el azúcar, quienes vivieron con Cervantes o con los Reyes Católicos pensarían que esto es el paraíso. ¿Acaso estábamos mejor en 1918? ¿En 1618? ¿En 1218?», dispara Harari. Pero entonces, ¿qué está ocurriendo para que países prósperos caigan en las garras del populismo? Opina el profesor que «los rápidos cambios tecnológicos están creando un conjunto de retos sin precedentes, como el cambio climático y la explosión de la inteligencia artificial, que el sistema democrático está teniendo problemas en conducir».

«Políticos como Trump son peligrosos porque en vez de prepararnos para el futuro, nos están vendiendo fantasías nostálgicas. La mayoría de la gente teme los cambios y quiere estabilidad, y por eso políticos de muchos países regresan al nacionalismo y a la religión, prometiendo un retorno a tiempos dorados», subraya Harari; «el nacionalismo y la religión confortan a a la gente porque explican lo que está ocurriendo en el mundo con palabras sencillas, y además, han sido así durante siglos, no los pueden cambiar ni la tecnología ni las revoluciones económicas del siglo XXI. Y eso proporciona certezas».

Pero son certezas falsas, vacías, continúa el profesor. «¿Sirven para luchar contra el cambio climático? ¿Le darán trabajo a la gente cuando la inteligencia artificial los mande al paro?», se cuestiona. «Los grandes problemas de nuestra era ya no se pueden solucionar en el nivel nacional. El Gobierno español no puede arreglar el cambio climático o regular la ingeniería genética por su cuenta», asegura Harari. Y aquí introduce el concepto que, a su juicio, debe marcar las relaciones de la humanidad: la lealtad. «Las personas desarrollamos fácilmente la lealtad hacia pequeños grupos, como familias, tribus o pueblos, donde todo el mundo se conoce. Es más difícil ser leales con millones de desconocidos a los que nunca hemos visto, pero necesitamos una lealtad global. ¿Que no es posible? La vida no es fácil y hay que saber arreglárselas con eso».

Inmigración sin buenismos

A Harari le sorprende la psicosis mundial por el terrorismo. «Es muy desafortunado que la población tenga secuestrada su imaginación por el terrorismo, que es espectáculo en un 90%. Por lo menos en Europa, muere más gente por picaduras de abejas o por rayos que por el terrorismo», afirma. No obstante, el miedo a los atentados levanta fronteras, aunque Harari se esfuerza en no aparecer como un buenista que está a favor de la inmigración sin control.

«Partidarios y contrarios a la inmigración tienen visiones legítimas. Su enfrentamiento no es una batalla entre el bien y el mal. Como seres humanos, deberíamos preocuparnos por la miseria de los extranjeros, pero eso no quiere decir que los países tengan que estar obligados a acoger un número ilimitado de inmigrantes. Es una discusión que debe ser encauzada a través de un proceso democrático, porque precisamente para eso es para lo que sirve la democracia», señala.

«En Europa, hay más muertos por picaduras de abeja o por rayos que por el terrorismo»

En cualquier caso, el autor israelí pone el foco en la necesidad de que la sociedad afronte los retos a través de una información veraz. «Nos encontramos con que el modelo periodístico dominante se traduce en la idea de 'noticias emocionantes que no te cuestan nada, sólo tu atención'. Los consumidores no pagan y a cambio reciben productos de baja calidad, e incluso peor, ellos mismos se convierten en el producto. Su atención y su tiempo se vende a anunciantes y políticos. Deberíamos ir hacia un modelo que fuera 'noticias de alta calidad que cuestan dinero, pero no abusan de la atención del usuario'. En un mundo en el que la información y la atención son los bienes más preciados, regalar la atención a cambio de información de baja calidad es de locos. Si la gente está dispuesta a pagar por comida de calidad, coches y ropa, ¿por qué no estarían dispuestos a pagar por información de calidad?».

«Pero eso no quiere decir», aclara Harari, «que las redes sociales y la revolución de internet sean algo malo. Es verdad que internet hace que sea más fácil que nunca la difusión de mentiras, pero también facilita la difusión de la verdad. En los años 30, la gente sabía muy poco de las purgas estalinistas y de los gulags, y los intelectuales occidentales describían a Stalin como el liberador de las masas oprimidas. Hoy, en la era de Youtube y de los teléfonos inteligentes, es prácticamente imposible esconder unas atrocidades a esa escala».

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