Cuando nadie nos ve

Imagen de una película pornográfica de principios del siglo XX./R.C.
Imagen de una película pornográfica de principios del siglo XX. / R.C.

Jean-Louis Guereña indaga sobre la sexualidad en España desde finales del siglo XVIII | 'Detrás de la cortina', el nuevo libro del hispanista francés, analiza la relación de los españoles con la prostitución, el erotismo o la pornografía

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

El preservativo, un objeto descrito por primera vez en 1564 por Gabrielle Falopio (que dio nombre a varios elementos anatómicos, incluidas las trompas), se introdujo en España de modo clandestino en la segunda mitad del siglo XVIII, importado de contrabando desde Reino Unido y sobre todo, desde Francia, donde la Casa del Gros Millan los fabricaba en serie desde 1780. Y aunque la Inquisición estaba en su fase final, aún le dio tiempo a perseguir este nuevo invento. Está datado que el 12 de abril de 1803 «un tal Freginals», un conocido comerciante de ropa de Barcelona, fue detenido por haber introducido desde «la frontera española en Figueras una porción de instrumentos diabólicos nombrados tendones, que sirven para impedir (…) la propagación humana».

La llegada a España del condón (se cree que así llamado por una deformación fónica de la palabra latina 'condum', del verbo 'condere', uno de cuyos significados es 'esconder') es uno de los capítulos del libro 'Detrás de la cortina' (Cátedra), del profesor e hispanista de la Universidad François Rabelais de Tours Jean-Louis Guereña, un acercamiento social y cultural a la historia de la sexualidad en España desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XX.

El descubrimiento de los españoles del sexo, la prostitución, el erotismo y la pornografía son algunos de los asuntos que aborda Guereña, autor de obras como 'La prostitución en la España contemporánea' o 'El alfabeto de las buenas maneras: los manuales de urbanidad en la España contemporánea'. Aquí, «la norma sexual centrada en la sexualidad conyugal 'procreadora' define los parámetros de lo lícito e ilícito de la sexualidad considerada como 'normal', por un lado», pero por otro, están «las 'perversiones' o los 'vicios' que se alejarían de ella en mayor o menor medida», escribe.

Detrás de la cortina

Autor:
Jean-Louis Guereña.
Estilo:
Ensayo.
Editorial:
Cátedra. 640 páginas. España. 2018.
Precio:
25 euros.

Legal desde el siglo XIII hasta el XVII, la prostitución en España fue durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX una actividad «tolerada, pero estrechamente controlada en el marco del reglamentarismo, como todo servicio». De ahí la importancia en las ciudades españolas del servicio calificado de «higiene especial», antes de denominarse, en los inicios del siglo XX, «profilaxis de las enfermedades venéreas», hasta la llegada de la Segunda República y el decreto que abolió esta práctica.

Eso sí, el profesor destaca el oxímoron español, mantenido a lo largo del tiempo, «de la tolerancia hacia la prostitución, totalmente admitida e incluso defendida como necesidad social, y el rechazo social de las prostitutas, ilustrado en múltiples palabras y expresiones ofensivas de uso corriente». Para un español, «lo importante, a fin de cuentas», subraya Guereña, es «no confundir en ningún momento una mujer 'pública' (o una 'mala mujer') con una mujer 'honrada', la 'esposa y madre' potencial, confinada en los espacios domésticos y privados».

Curiosa es también la consideración histórica del burdel como un «espacio de socialización masculina», al mismo nivel que los casinos, los círculos de recreo, los ateneos, las sociedades de instrucción, los orfeones, las sociedades corales o las agrupaciones de trabajadores. «La visita a un prostíbulo concluía a menudo una tarde de juerga iniciada entre amigos en un espacio festivo de sociabilidad», destaca Guereña, que cita ciudades 'reconocidas' por sus burdeles y sus barrios de prostitución, como Sevilla, Cádiz, Barcelona o Cartagena, o municipios mineros como Aviles, en Asturias, donde, a mitad del siglo XX, según el escritor Juan Carlos de Madrid, «los buscadores de acero, sin quitarse las botas llenas de barro, esperaban su turno de lupanar tras salir de su turno de tajo».

Paradójicamente, mientras la prostitución era tolerada, la pornografía era perseguida. Así, cuenta Guereña, la producción de material explícito en España durante los siglos XVIII y XIX fue escasa, pero no lo fue tanto la importación de literatura de este tipo desde Francia y Reino Unido. En esos siglos, «España no es un total desierto, si bien no puede ni mucho menos compararse con otros países, como Francia en particular, que cuenta con una apreciable producción cuantitativa y cualitativamente hablando, además, presente nada menos que desde el siglo XVII», asevera el hispanista, antes de exponer el auge que la industria de la pornografía experimentó en España en los años 20 y 30 del siglo XX con las «colecciones eróticas», folletos «humildes y no siempre bien impresos de erótica popular». La Guerra Civil, como en tantas otras vertientes de la vida española, supuso «una ruptura». Un decreto del 23 de diciembre de 1936 prohibió en la zona franquista la edición y el comercio de obras «pornográficas», que se asociaban a «la literatura socialista, comunista, libertaria y, en general, depravada».

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