Una breve historia granadina de casi nada

Un accidente mortal en la autovía de Granada, un tipo ingenuo y dos libros que hablan de casi todo lo que acaba de pasar allí

Una breve historia granadina de casi nada
José E. Cabrero
JOSÉ E. CABREROGranada

Al bajar del coche en mitad de la autovía de Granada me acordé de las cosas muy pequeñas. Acababa de fallecer un hombre en Deifontes, un choque brutal. Era tan de noche que el reflejo de los faros de la ambulancia sobre el chaleco amarillo deslumbraba. En el suelo había una piedra. Una curiosa piedra que parecía pintada a mano, con acuarelas rojas. Si cogiera la piedra, podría guardarla en el puño de la mano sin que se notara, pensé. «Buenas», me dijo el único hombre que había en el arcén; había otros, pero estaban dentro de sus vehículos, arreglando papeles. «Cuidado», señaló al suelo, «son pequeños», avisó. Lo bueno de ser un ignorante es que vas por la vida viendo piedras de colores. Lo malo es que cuando descubres que el rojo huele a hierro también descubres que eres un imbécil. Entonces fue cuando pensé en las cosas pequeñas. En las muy pequeñas.

Miré el reloj. Marcaba las 01.01. No sé por qué pero tengo una habilidad especial para mirar el reloj justo cuando hay una hora curiosa. Las 12 y 12; las 13 y 31; las 4 y 44 -hora de biberón-. Esa mañana, a las 10 y 10, estaba tomando un café y leyendo 'Una breve historia de casi todo' (RBA), de Bill Bryson. Bill dice que somos incapaces de imaginar esas cosas tan pequeñas que componen la vida. Nosotros mismos, nuestro cuerpo, estamos formados por millones de átomos y cada átomo por millones de neutrones. «Los protones son tan pequeños que una pizquita de tinta, como el punto de esta 'i', puedes contener unos 500.000 millones de ellos», escribe. Y luego sigue hablando de cómo en realidad todos esos protones no tienen vida, son polvo, pero mágicamente, todos unidos, terminan construyendo una cosa alucinante: a ti.

Cuando miro al espacio en una noche cerrada y me deleito con el brillo de las estrellas, me embarga una sensación tan bella como angustiosa: ¿Hay final? ¿Qué hay más allá? ¿Qué había antes si no había nada? ¿Qué es nada? Pues ahora resulta, según me dice Bryson, que si cierro los ojos y miro hacia dentro, tengo un infinito tan grande como el cosmos. Todos lo tenemos. Un universo que camina, que habla, que escribe, que conduce, que tropieza y que, de vez en cuando, muere. Como lo que queda del hombre que tenía bajo mis pies, en mitad de la autovía de Granada. El estómago me cruje al pensar que estaba a un palmo de lo que, hasta hacía unas horas, era una persona. Y ahora es, entre otras cosas, una piedra roja. Perdió el pegamento. Perdió la gravedad.

Marcus Chown empieza su libro 'Gravedad' (editorial Blackie Books) así: «Seis cosas que quizá no sabíais sobre la gravedad.

1.- La gravedad genera una atracción mutua entre vosotros y las monedas que lleváis en el bolsillo, y entre vosotros y una persona que esté pasando ahora por la calle.

2.- Es tan débil que, si extendéis la mano, la gravedad de todo el planeta no es capaz de imponerse a la fuerza de vuestros músculos.

3.- Pese a ser así de débil, es tan irresistible a gran escala que controla la evolución y el destino de todo el universo.

4.- Todo el mundo piensa que atrae, pero en la mayor parte del universo empuja.

5.- De no haberse 'activado' tras el big bang, el tiempo no tendría dirección.

6.- Solo cuando la comprendamos estaremos en condiciones de responder a la pregunta más importante: ¿de dónde salió el universo?

La gravedad, una energía tan poderosa que mantiene unido el universo que llevamos dentro y el universo que nos arropa fuera. Incluso después de chocar a una velocidad indecible en mitad de la autovía de Granada.

Cuando volví al coche no me quité el chaleco. Arranqué y me fui directo a casa. Me tumbé agotado, confuso entre las breves historias, la gravedad y las piedras rojas. Al final me dormí. Me desperté a las 4.44. Las cosas pequeñas, pensé.

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