«El lenguaje de los jóvenes se está simplificando mucho»

El arabista granadino posa en la escalera de la sede de la RAE./EFE
El arabista granadino posa en la escalera de la sede de la RAE. / EFE

Federico Corriente es el primer arabista en entrar en la Real Academia Española en los últimos 20 años

Con 11 años, la casualidad puso en el camino de Federico Corriente (Granada, 1940) un libro que reunía la escritura de idiomas de todo el mundo. La elegante grafía del árabe atrapó al granadino, que desde entonces se ha dedicado con amor y paciencia al estudio de una lengua sin la que el español sería completamente diferente. Ahora, tras toda una vida dedicada a la lexicografía, el arabista acaba de entrar en la Real Academia Española con un discurso muy celebrado en el que recuerda la importante huella que el árabe andalusí ha dejado en la lengua de Cervantes.

–Hace unos días ingresaba en la Academia, ¿qué supone para usted tomar el testigo de Ana María Matute?

–En la Academia, hasta ahora, había otro tipo de personas. En este caso, ha habido un salto de una literata a un arabista. Para mí, Ana María Matute ha sido una gran literata, una figura muy importante. Y el salto lo entiendo porque hacen falta todos los perfiles en la academia y es tradición que se vaya eligiendo en función de las necesidades del momento. Hacía 20 años que no había un arabista y en nuestra lengua, un arabista es necesario porque ha una herencia que hay que estudiar y poner al día. En cualquier caso, nos llevamos muy bien y nos reconocemos una relativa utilidad quizá más grande en el caso de los literatos porque divierten a la gente. Los lingüistas somos más puntillosos, pero creo que son cosas complementarias, la belleza estética y la mecánica.

–Tras su elección, hubo cierto malestar por la falta de mujeres en la institución. ¿Deberían abrir las puertas a más mujeres?

–En instituciones de este tipo, a pesar de lo de moda que está el tema, es ir buscando una paridad. Si se produce una paridad, y en mi propia carrera hoy hay más mujeres trabajando como arabistas que hombres, es bueno, pero esto me recuerda a la anécdota de cierta universidad de California que buscaba para una cátedra de latín una profesora que fuera mujer y negra para cumplir con dos presiones sociales. Ese no debería ser el criterio para un puesto, en mi modesta opinión. Con todo el respeto a la mujer, que tradicionalmente ha sido maltratada, a la hora de tomar estas decisiones hay que buscar a la persona adecuada. No es una cuestión de machismo o feminismo, sino de lograr que las cosas funciones. Cierto es que las proporciones no son las deseables, pero ahora afortunadamente las cosas van cambiando.

–¿Su elección es un reconocimiento a un ramo tan poco valorado actualmente como el arabismo?

–Evidentemente, así lo siento, y más si viene de una institución que representa una especie de gobierno no ejecutivo de la Lengua Española. La Real Academia toma decisiones sobre la lengua y edita un diccionario, ahora principalmente electrónica, por lo que deben estar representadas todas las ramas de la filología que tienen algo que decir sobre la lengua española. Y ahí el arabismo está incluido.

–¿Cómo descubrió el árabe?

–Lo hice bastante pequeño, tenía alrededor de 11 años. Cayó en mi mano un libro sobre las escrituras de todo el mundo y me gustó la del árabe. Toda escritura tiene una lengua y así empecé a buscar libros, que no era fácil y no abundaban mucho. Recuerdo que entonces vivía en Valencia e iba a la biblioteca de la facultad de Filosofía de Valencia para encontrarlos. Cuando mis padres se mudaron a Tenerife, conocí a árabes y empecé a practicar la lengua. Así se me afianzó la idea de estudiar la lengua hasta hoy.

–El francés es la lengua más bella para hablar del amor, ¿para qué es la lengua más bella el árabe?

–Un árabe diría indudablemente que para la poesía y yo no le llevaría la contraria. (Risas) En algún momento de mi vida, he traducido poesía árabe, que no tiene un gran interés en la sociedad occidental, y neutralmente hablando, desde el punto de vista estético, ha sido una gran nación de poetas. Mucho más que de novelistas. El teatro árabe es muy reciente, casi de principios del siglo XX, así que me quedo con la poesía.

–En su discurso señaló la «grave falta de empatía y reconocimiento equitativo de méritos y deméritos entre nosotros y nuestros vecinos orientales». ¿Por qué no valoramos lo suficiente la cultura árabe?

–Creo que hay una razón muy antigua, venida de tiempos de los griegos. Ya en esa época había una tensión cultural, una enemistad entre Europa y lo que era entonces Asia y luego se extenderá a África. Nos hemos entendido mal. Nos hemos hecho grandes favores sin querer pasándonos cultura e ideas, pero siempre remoloneando en reconocer el mérito. Hay una especie de frontera histórica y esto no solo ocurre aquí, también lo hace en otras partes del mundo: entre Persia y la India, entre China y la India... Hay una frontera de antipatía y, aunque hay intercambio de ideas y comercios, eso perdura. Si luego se produce una diferencia religiosa, como ha sido el caso de Europa, aunque religión signifique unir y pocas cosas han desunido más que la diferencia ni tantas cosas han costado la vida tan estúpidamente, todavía se acentúa más.

El problema de la educación

–Muchos celebraron su discurso por la revelación de los orígenes árabes de muchas expresiones comunes. ¿Habría que recuperar ese legado?

–La lengua evoluciona y el pueblo acaba triunfando, aunque la Academia diga otra cosa. Algunas de esas expresiones se siguen usando y lo harán mientras a la gente le guste. El lenguaje de los jóvenes se está simplificando mucho desde hace tiempo, desde que se hizo feo decir refranes. El refranero, que es uno de los elementos más ricos de nuestra lengua, hoy está agonizando en buena parte, no es elegante. A la gente le parece rústico y es una problemática que sale en el Quijote. Quijote se lo censura a Sancho, que lo considera muy del pueblo. Aún así, creo que seguiremos diciendo «a trancas y barrancas» hasta que el pueblo quiera.

–¿Debería integrarse a los clásicos andalusíes en los planes de estudio?

–Cuando yo estudiaba Bachillerato había lecciones sobre literatura andalusí y no estaban mal. Lo que ocurre es que la educación en los últimos 40 o 50 años ha tenido unas presiones sociales hacia simplificar y quitar materia y darle más importancia a unas cosas que otras. En mi opinión, no ha sido una evolución positiva. Lo que llamamos cultura media ha sido un poco cercenado y ahí ha influido ese elemento de antipatía del que hablábamos antes. Para qué vamos a hablar de figuras tan sobresalientes como Ben Quzman o Ibn Jaldun, que prácticamente inventó la filosofía de la historia. Esta pregunta habría que hacérsela a los responsables de los planes de estudio que han decidido que hablar de Bob Dylan es mucho más importante que hacerlo de los escritores del siglo XIV. Los ciudadanos tenemos poco que decir porque nos lo dan hechos señores que ocupan ministerios y deciden con unos criterios que pueden ser políticos, estéticos pero que, en mi opinión, son un poquito apresurados a la hora de tomar decisiones sobre nuestra cultura, que es además tan compleja y tan rica.

«Soy poco solemne»

–¿Vuelve a menudo a Granada?

–Como me he hecho mayor, 77 años, viajo menos. Es verdad que ahora tendré que ir a Madrid con cierta frecuencia. Pero hubo una larga temporada de mi vida que veraneaba en Mojácar y eso me permitía pasar más tiempo en Andalucía. Aún tengo familia en Cádiz y Granada, pero viajo poco. Tengo a mis nietos en Zaragoza... Antes de jubilarme caía con cierta frecuencia y eso va escaseando, cuando los jubilados dejamos de interesar, perdemos poder y perdemos actualidad y lo entiendo.

–¿Se siente invisible en Granada?

–Honradamente, la culpa es mía que no me he puesto a tiro. Soy poco solemne. Me gusta trabajar en mi esquinita y a esta cosa de la academia llevaba muchos años diciendo que no. No me va la solemnidad. Para qué una misa de tres curas si una de media hora dicha por un capellán también se cumple. (Risas) A veces hay que ponerse un poco pesado y no lo voy a hacer. No me gusta hablar mucho en publico ni ser la novia de la boda, por decirlo de alguna manera. Soy demasiado andaluz para darle importancia. Es una lata y tienes que poner cara de persona importante.

–Y en el ámbito cultural, ¿cómo ve a Granada?

–Bueno, habría que reconocer que Granada siempre tuvo un segundo lugar con respecto a Sevilla y eso en el terreno del arabismo no es muy justo porque Granada tuvo un departamento mucho antes que Sevilla. Esto tiene que ver con la política y los granadinos somos un poquito tímidos, tradicionalmente no queremos armar ruido. Nos ha ocurrido en el terreno del turismo con respecto a Málaga. Antes no se podía ir a Granada en avión. Ahora no llega el tren. Dicen que le queda poco y eso tiene que ver con la idiosincracia del granadino, que es humilde y no alborota demasiado y eso siempre perjudica. Lo de llorar para mamar en cultura y política es cierto y nosotros no somos llorones. Me gusta así, la verdad. Prefiero que nos den las cosas porque lo merecemos, no porque lo pedimos.

–La ciudad se ha lanzado a la carrera para conseguir la capitalidad cultural. ¿Es un objetivo plausible?

–Me parece lógico y hasta un poco atrasado con lo que debiera haber sido. Cualquier cosa importante a nivel cultural sería bienvenida por el impacto que puede tener para la ciudad y la provincia. Además, la capitalidad sería beneficiosa para Andalucía y España. Granada es una de esas ciudades que tiene que conocer un extranjero para conocer España.