Joan Manuel Serrat: como entonces, hoy

El cantante catalán, anoche sobre el escenario del Palacio de Congresos. /RAMÓN L. PÉREZ
El cantante catalán, anoche sobre el escenario del Palacio de Congresos. / RAMÓN L. PÉREZ

El catalán firma un viaje de regreso a los orígenes en un Palacio de Congresos entregado y lleno hasta la bandera

Pablo Rodríguez
PABLO RODRÍGUEZGRANADA

Da Capo es un término de origen italiano que significa 'desde la cabeza', una expresión musical que, como el Uróboros del mito, viene a suponer un regreso al principio, una vuelta al origen. Esas dos palabras acompañan a Joan Manuel Serrat en los últimos tiempos. El maestro de Poble Sec las rumia, las mueve dentro de sí sabedor de la inevitabilidad del pasar del tiempo. Aunque 'encara tinc força', como dice la canción, ha decidido volver al Mediterráneo, su obra cumbre, antes de tiempo: 47 años después de su publicación, «a tres de cumplir los 50 porque a estas alturas no estoy para esperar ni en esto ni en absolutamente nada». Es por eso que el cantante, al que la consciencia de la fragilidad de la vida le hace pecar «de excesivamente precavido», anda estos días de 'tourné' por España como entonces, con la guitarra, los versos, la voz y, por qué no, el famoso taburete de Bocaccio que robó en una noche gamberra de allá por los 60...

Su paso por Granada, donde estuvo hace tres años, ha vuelto a tener el Palacio de Congresos como parada. Lleno ayer como entonces, en otro de esos pequeños retornos que acompañan este 'Da capo', y entregado como siempre al catalán, que tiene parroquia en la capital nazarí con abundante feligresía, fueron dos horas de viaje a un Mediterráneo más dolido pero no menos sentido, un ejemplo de honestidad de un caballero de los escenarios que no oculta lo que el tiempo se ha llevado y sabe explotar lo que aún le resta.

Y lo que permanece es la presencia, la personalidad delicada y deliciosa sobre el escenario. También la sabiduría por rodearse de lo mejor. Por eso no faltaba a la cita Ricard Miralles, una figura sin la que no se entiende al barcelonés, su sombra desde que en el 68 unieran sus caminos. Y con ellos, David Palau en la guitarra, Vicente Climent en la batería, Tomas Merlo en el bajo y contrabajo, Xuxa Ábalos en la viola y Josep Mas en el teclado. Un equipo de altura.

Pero si se habla de permanencia, lo que no falta es la voz, ese 'vibrato' que pone el vello de punta cuando apura la primera estrofa de Mediterráneo. Precisamente esa fue la elegida para abrir la noche. Eran las nueve. De traje oscuro, la camisa gris abierta, Serrat vertió desde el escenario ese licor vital que destilara en 1971 en un hotelillo ya desaparecido de la Costa Brava. Primero tímidamente, con la garganta algo tomada, y luego más enérgicamente fue lanzándolo. El elixir emborrachó al público, lo catapultó en una ovación -la primera de muchas- de las que visten los realmente grandes.

El viaje siguió repleto de paradas clásicas. Como entonces, ayer volvió a cuestionarse por el futuro de aquella chiquilla lejos de casa en 'Qué va a ser de ti' y se propuso perderse sin más, pura contemplación, entre el mar y el cielo en 'Vagabundear'. Luego continuó con 'Barquito de papel' y se adentró en un 'Pueblo blanco' que, como entonces, ayer sonaba desgraciadamente real en algunos de sus versos.

Con 'Tío Alberto' se detuvo. «A estas alturas puedo decir que no es familia mía», dijo entre risas del público. «No fue una ocurrencia llamarlo tío. Se lo pusieron sus protegidos gitanos en un arranque de amor. Alberto Puig Palau fue un rico burgués y un precedente divertido de lo que se dio en llamar la Gauche Divine», explicó. Aquella figura la inmortalizó el barcelonés, que siempre ha tenido un ojo en lo universal y el otro en lo local, y la trajo de vuelta, en el filo entre el bien y el mal, como entonces, ayer.

Pasada la hora, después de abrirse el corazón palpitante con 'Lucía' y transportar a parte del auditorio a sus propias vidas con 'Aquellas pequeñas cosas', terminó de plasmar el uróboros, el 'Da capo' de su propuesta en 'Mediterráneo'. Como es final, es principio y al revés: de nuevo la totalidad del público se levantó para otorgarle una ovación digna de un César.

Referentes

El resto de la noche lo aprovechó Serrat para cantar a su gusto, hablar con el público y recomendar libros. Fue una historia distinta, pero aún así también un retorno a los viejos recitales del cantautor sembrados de citas literarias y guiños a sus referentes. Ayer estuvieron Antonio Machado, Miguel Hernández -»Nadie amó y protegió más a la mujer que él», dijo del poeta- y Miguel de Cervantes. También mencionó a Homero, a James Joyce, a Manuel Vázquez Montalbán y León Felipe.

Pero no sólo de versos se cubrió Serrat, también hubo guiños a otros artistas. Estuvieron Charles Aznavour, otra leyenda como él, y Charles Trenet. A este último lo recordó con su inmortal 'La mer' en una interpretación bellísima y elegante, mucho más intima que la original o que aquella famosa que firmara Julio Iglesias en el templo parisino de l'Olympia.

También homenajeó Serrat a gigantes como Concha Piquer y Rafael de León, al que reprochó su exageración. «¿Quién muere hoy de amor por nadie?», dijo después de cantar esa maravilla de 'Tatuaje'. Para entonces había mostrado sus dotes de comediante. En un sensacional discurso citó a un Ulises en el que se puede reconocer al propio maestro para contraponerlo luego con figuras de actualidad y acabar aconsejando el hábito de la lectura. «Ahora que hay lío la Isa y el Omar, que no se sabe si la Pantoja sale o entra, aprovechen las siete horas de la tarde para conocer su viaje, leer esa odisea».

Y para que el viaje fuera completa, también apareció el Serrat comprometido. Glosó a la mujer antes de cantar 'Menos tu vientre' y llamó a acabar con la violencia machista para después alzar el puño con un 'Para la libertad' tan de ayer pero tan de hoy. Fue una fiesta como la que lleva décadas recordando al final de sus recitales, un viaje de vuelta que el espectador sólo puede culminar con las palabras de aquella tía aragonesa del cantante que, antes de morir, quiso ver por primera vez el mar: «¡Jesús, qué ocurrencia!».

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