Jaramillo, el poeta del amor en la casa de Federico

Jaramillo recibió el galardón de manos del alcalde, Francisco Cuenca./RAMÓN L. PÉREZ
Jaramillo recibió el galardón de manos del alcalde, Francisco Cuenca. / RAMÓN L. PÉREZ

El colombiano es el primer autor que recibe el Premio Internacional de Poesía Lorca tras la llegada del legado a la plaza de la Romanilla

JOSÉ ANTONIO MUÑOZGRANADA

El Teatro del Centro Lorca se llenó de publico para acudir a la entrega del XV Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Fue el culmen de una semana donde quienes han querido han podido conocer de cerca a Darío Jaramillo, el escritor colombiano que ha sido galardonado en esta edición, y que sucede a Pere Gimferrer, la reciente Premio Cervantes Ida Vitale y Rafael Cadenas en dicho honor. Representantes de las instituciones y de la 'familia cultural' granadina no se perdieron una cita en la que el protocolo funcionó a la perfección.

En el 'ordo procedendi' la primera en intervenir fue la concejala de Cultura del Ayuntamiento, María de Leyva, en su calidad de secretaria del Jurado que otorgó el premio el pasado 14 de noviembre. De Leyva leyó el fallo de los expertos que eligieron a Jaramillo «por ser un relevante poeta del amor, el sentimiento y la sensibilidad, últimamente con un fuerte componente religioso». Una pluralidad de influencias e inspiraciones que, obviamente, han enriquecido su discurso expresivo a largo de casi medio siglo.

Un fuerte aplauso acogió, 'noblesse oblige', el momento de la entrega del Premio, con buena parte del auditorio puesto en pie. Siguieron exactamente ocho minutos y medio –aunque Jaramillo el martes prometió no más de cinco– en los que reveló a los asistentes las razones de su opción por la poesía. Fue un discurso vibrante, convencido, y a la vez, denso, como esos posos del café que tanto le gusta apurar.

Comenzó el poeta citando a poetas de la otra orilla del Atlántico, de esa Nueva Granada que dio nombre a su país durante varios siglos. Citó a poetas colombianos como Jairo Jaramillo Escobar o Juan Manuel Roca; argentinos como María Teresa Andruetto, y tantos otros, que, aseguró, tienen méritos más que suficientes para «estar aquí antes que yo».

Consciente de la circunstancia que le ha hecho merecedor de un premio que, como ha dicho en los últimos días con una sonrisa, ha recibido «saltándose la fila», Jaramillo pasó a los agradecimientos, donde citó a las instituciones granadinas y al jurado, y también a Federico García Lorca, «como su lector devoto, como su admirador incondicional», y a su editorial española, Pretextos, que le ha abierto las puertas a su poesía y le ha dado a conocer.

Luego, pasó a hacer un repaso de su poética, de sus razones para sentarse frente al papel –con un lápiz de punta blanda y un bolígrafo, y siempre papel en blanco; ya llegara el momento de pasarlo al ordenador–, para destilar sus versos. «Descubrí que la poesía sería lo que más me importaría en la vida. La poesía en su sentido más amplio y desaforado, el aroma de un eucaliptus, el laberinto interno de tu reloj de cuarzo, de tu procesador de datos, un atardecer, un gol –es muy futbolero–, un sorbete, una crema de ostras –es también un gran gastrónomo–...». Todas estas sensaciones, y muchas más, las englobó dentro de su personal concepto de poesía.

Fue más tarde, «en 1962 o 63, para coincidir con Los Bitles (sic), cuando descubrí la capacidad de alucinar con la palabra escrita». Se confesó a renglón seguido un aprendiz de poeta, convencido de que muy difícilmente podrá alguna vez abarcar este género literario, siquiera mínimamente. «Desde el primer verso que escribí hasta este instante, nunca he dejado de sentirme un aprendiz de la poesía, o un aprendiz de la escritura de la poesía», remachó.

Insomnios

En esa misma línea de autocrítica, justificó que ninguno de sus insomnios ni sus intentos le han hecho ser un mejor poeta, a pesar del paso del tiempo. «Ni las experiencias ni los experimentos», destacó. Y a partir de ese momento, desgranó sus razones para 'intentar' la poesía: para tratar de acercar las palabras a lo que nombran; para corroborar cómo la cercanía entre ellas altera el contenido y la forma de todas las palabras del texto; porque sabe de los poderes mágicos de los mantras, de las oraciones, de las invocaciones; para que las palabras tengan el valor del mutuo valor del silencio;para deslastrar las palabras de la mancha de los sentimientos y de los énfasis... Un largo etcétera de razones que justifican un credo que, como ocurre con todos los poetas que dejaron atrás la emulación y la inspiración ajenas, se impone.

Otro largo aplauso marcó el final de la alocución del poeta, y llegó el turno de los representantes institucionales. El delegado del gobierno de la Junta, Pablo García, destacó el creciente prestigio del Premio, «porque se entrega en Granada y lleva el nombre de Federico, en esta ciudad que escribe el amor en el suelo». Citó a Luis Cardoza, vía García Márquez, quien recordó que «la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre». En un par de ocasiones recordó que la cultura no tiene ideología, y que es patrimonio de todos, y como luego haría Francisco Cuenca, alcalde de Granada, recordó algunas palabras de la alocución de Federico al pueblo de Fuente Vaqueros: «Ataco desde aquí violentamente a los que solo hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales, que es lo que los pueblos piden a gritos». En esta Granada, «que es un poco tuya», como le dijo el alcalde al poeta, «que respira versos, la ciudad por la que entró el endecasílabo en España, y que ahora tiene más presente que nunca a Federico», el rito del Premio Lorca se saldó, un año más, con un sobresaliente, al que puso música el cantautor Juan Trova con palabras de Federico y el propio Jaramillo.