Manuel Ángeles Ortiz, desde la posteridad

Boceto final del monumento a Lorca, cortesía de la Academia de las Angustias. /F.J.O
Boceto final del monumento a Lorca, cortesía de la Academia de las Angustias. / F.J.O

Por deseo expreso quiso descansar en Granada, por lo cual un 11 de abril de 1989 sus restos viajaron desde Montparnasse hasta el cementerio de San José, en el entorno del Generalife

F. JAVIER OCHANDOJAÉN

El pasado 4 de abril se cumplían 35 años del fallecimiento de Manuel Ángeles Ortiz en París, donde un cáncer acabó tan rápidamente con su vida que apenas se pudo concretar ningún detalle para la posible creación de una casa-museo en Jaén, ciudad que lo había visto nacer un 13 de enero de 1895 en las proximidades de la Catedral y no en el barrio de la Magdalena, como se ha afirmado en alguna que otra ocasión. Tal vez fuera su crianza cerca del monumento jaenés lo que le llevara a recordar que esta es la única catedral de mundo que alberga grajas en lugar de palomas. Por deseo expreso quiso descansar en Granada, por lo cual un 11 de abril de 1989 sus restos viajaron desde Montparnasse hasta el cementerio de San José, en el entorno del Generalife.

Vivencias en Granada

Era aún un niño cuando se trasladó junto con su madre a la ciudad de La Alhambra, entablando inmediata amistad con los hermanos García Lorca, lo cual haría inevitable que, conforme éstos y él fueran alcanzando cierta madurez, el círculo se ensanchase hasta abarcar a la intelectualidad propia de los vericuetos granadinos de principios del siglo XX: Falla, Ismael de la Serna y todo el ramillete de nombres que a cualquiera se nos viene a la cabeza. No en vano será el trío Lorca-Ángeles-Falla el impulsor del Concurso de Cante Jondo celebrado en Granada en 1922, cuyo cartel y programa se debe a la mano del plástico jienense, con un dibujo central de tal rotundidad de concepto que lo acerca a ciertos sones cubistas, sin obviar las perfilaciones de forma tan propias del art-decó imperante en aquella época en los cuatro puntos cardinales. Sorprende una concepción tan vanguardista para la época en una ciudad de provincias como Granada, lo cual nos hace ver lo informado que debía estar un joven Ángeles Ortiz de apenas 27 años respecto de los movimientos de vanguardia que proliferaban en Europa. Piénsese que estamos en 1922 y el cubismo apenas es conocido en España; así lo señala el mismo Dalí en sus memorias, donde recuerda cómo en aquellas fechas se sorprendieron sus profesores de la Academia de San Fernando y sus compañeros de la Residencia de Estudiantes al verlo esbozar piezas cubistas en su habitación, y dado el hecho de que no será hasta finales de mayo y primeros de junio de 1925 que se celebre la Exposición de la Asociación de Artistas Ibéricos que va a dar oficialidad y acomodo a estas nuevas formas de expresión.

Las vivencias de sus años de juventud en Granada constituirán la amalgama con la que levantar su entramado artístico posterior, una vez que llega a París con carta de presentación para Picasso escrita por Manuel de Falla. Poco tiempo después será él mismo quien ejerza de 'cicerone' para Dalí, al presentárselo a Picasso en su estudio, hecho que el catalán remarcará en sus diarios como de vital importancia en su primer viaje a la capital francesa. Ese mundo iconográfico que Ángeles Ortiz construye a partir de sus recuerdos granadinos tiene como ejes principales el barrio del Albaycín, el Paseo de los Cipreses y el universo femenino y maternal. Temas que a la sazón constituyen un leitmotiv que no dejará de aflorar una y otra vez en sus lienzos y dibujos, con múltiples variaciones que se expanden en repiqueteo incesante, levantando una suerte de reflejo memorístico perfectamente amoldable a las notas monocordes repetidas hasta la saciedad en el cante jondo y que, como Lorca sugirió, entroncan directamente con los mantras propios del hechizo y el encantamiento populares e, incluso, con posibles cantos de génesis prehistórica.

Síntesis orientalizante

Al igual que Picasso, con quien mantuvo estrecha amistad y a quien debió el ser liberado del campo de concentración de Saint Cyprien, Ángeles Ortiz es un excepcional dibujante que tanto en el papel, como en la plancha de grabado o en la superficie cerámica, va dispensar a su obra gráfica unos acentos sémicos próximos a la caligráfico, ya sea en su síntesis de forma o en su carga de contenido. Con posterioridad ciertos intereses espúreos, que hoy no vienen al caso, servirán para acuñar el término Escuela de París a fin de englobar a un corpúsculo de artistas españoles residentes en la ciudad del Sena, entre los que se cuenta el propio Ángeles Ortiz. Sin embargo, como señaló Chueca Goitia, el jienense transcendió el cubismo -podría decirse que cualquier otro ismo- en la búsqueda de un lenguaje personalísimo que hace que su gráfica se orille en el atomismo oriental. Tal vez porque, a fin de cuentas, no supo, no pudo o no quiso dejar de ser nunca un artista netamente andaluz de sones orientalizantes. «París cuenta en mi vivir pero no en mi pintura», le confesará a Miguel Viribay en un claro guiño a sus raíces sureñas. Lorca también afirmó en más de una ocasión que su poesía y la pintura de Ángeles Ortiz nacían de un mismo manantial, si bien su escritura se dejará seducir luego por los vertederos neoyorquinos de la sangre, en tanto la pintura de Ángeles permanecerá fiel a sus orígenes hasta el final.

Frente al hecho de que la lectura de su obra no resulte a menudo fácil para el gran público, cabe decir que en la concepción de los formatos, las más de las veces cuadrados, funciona a la perfección la idea de poder ser contemplados con independencia del lado por el que se decida girarlos y posicionarlos, a la par que, si quedan situados formando conjunto sobre una pared, pueden aproximarse o alejarse abarcando toda la superficie del muro al margen de las dimensiones de este. A tal efecto, entiendo que no se ha puesto lo suficientemente en valor su obra de mediadios de siglo con respecto a ciertos presupuestos establecidos por la escuela de la Bauhaus -de cuya fundación se cumple precisamente ahora un siglo-, o aún no ha adquirido eco lo adelantado de sus ideas en virtud de algunas ortodoxias establecidas por el 'Minimal Art', y que se hacen patentes en ciertas piezas de Sol LeWit o de Ralph Humprhey.

Retomar el proyecto

Olvidado ha quedado ya su proyecto para un monumento a Federico García Lorca, como también son agua pasada las promesas que desde Granada se le hicieron en vida al 'pintor del cante jondo', quien además poseyó una voz que más de un flamenco le envidiaría hoy día. Quizá sea llegado el momento de retomar aquel proyecto de una Casa-Museo para Manuel Ángeles Ortiz en la capital de Santo Reino, ahora que se atisba tan cercano el horizonte del 125 aniversario de su nacimiento, a conmemorar el año que viene. Al efecto, locales vacíos no parecen faltar para tal fin.

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