Concierto de Raphael. Dos horas y media de 'cine 4D'

Estrella Fernández reflexiona sobre el lenguaje no verbal del cantante sobre el escenario. /EFE
Estrella Fernández reflexiona sobre el lenguaje no verbal del cantante sobre el escenario. / EFE

Pese a la calidad de las imágenes de apoyo, los asistentes al concierto han venido a verlo a él

ESTRELLA FERNÁNDEZ JIMÉNEZ

Esto es una reflexión que me lleva desde los inicios del cine a los conciertos de Raphael. Al encontrarme leyendo el libro de Groucho Marx, 'Groucho y yo', en el que el comediante cuenta que uno de sus hermanos, durante un tiempo, se ganaba la vida de muy joven tocando el piano en las salas de proyección cinematográficas, y acordándome de los conciertos de Raphael, reflexioné sobre los actuales conciertos del de Linares, los 'Resinphónicos'. Me hizo ver una versión del cinematógrafo, no del cine actual, sino de los inicios. Hay que señalar que el cine, pese a nacer y ser reconocido como 'cine mudo', antes de que llegara «el sonoro», en las salas de proyección solía haber un músico que interpretaba partituras acorde a la acción de la película, es decir, que se veía la proyección acompañada de música, luego no era mudo (del todo). ¿Y qué tiene que ver esto con Raphael? Pues que en los últimos conciertos, además de llevar arreglos electrónicos, tiene gran importancia la orquesta sinfónica (o sinphónica) que le acompaña y transporta a los espectadores a las grandes bandas sonoras del cine -la introducción u opening a modo de obertura del concierto recuerda a Star Wars, del genio John Williams- , y además, lleva consigo una gran pantalla en la que vemos unas sincronizadísimas imágenes que arropan las interpretaciones del artista. Estas imágenes se intercalan con 'la película' u obra de teatro que estamos viendo protagonizada por el histrión Raphael, porque todos sabemos que la palabra interpretación cobra todo su sentido en este artista. Pese a la calidad de las imágenes de apoyo, los asistentes al concierto han venido a verlo a él y la realización multicámara ofrece a los espectadores más alejados un punto de vista privilegiado, primeros planos de Raphael, que se van alternando con las imágenes del vídeo. Con todo esto, estamos ante un espectáculo 4D: 2D de la pantalla con las imágenes, evidente 3D al ver en tres dimensiones a Raphael y a los músicos, y el 4D que es la dimensión de las sensaciones, lo que notamos a través de los sentidos (aparte de la vista y el oído), del tacto, por ejemplo ¿Tras un concierto de Raphael quién no ha terminado con las manos rojas de aplaudir, o, cansado de tanto sentarse y ponerse de pie tras cada canción? También hay quien baila... Aunque, por mucho que disfrute el público, lo hace menos que el propio Raphael, de ahí su éxito y energía. Energía que va percibiendo desde las bambalinas y que absorbe con los brazos y las manos extendidas nada más salir al escenario (siempre por el lado derecho al público). Mediante esos aplausos se alimenta, como si fuera una bebida energética para luego dejar boquiabiertos a quienes van a verlo por primera vez y hacer las delicias de los que ya han perdido la cuenta de las veces que lo han visto. Es cierto que otros cantantes también llevan grandes pantallas con imágenes muy elaboradas y realización multicámara, pero esta reflexión se basa en la suma de la música sinfónica, la interpretación de Raphael y la pantalla, que hacen que en dos horas y media presenciemos a la vez: música, teatro y cine.

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