'Los años rápidos' de Secun de la Rosa levantan el telón del FITCazorla

'Los años rápidos' de Secun de la Rosa levantan el telón del FITCazorla

Una historia de amor y desamor familiar mil veces contada emociona al público, también gratamente sorprendido por el nuevo aspecto del Teatro de la Merced

JOSÉ LUIS GONZÁLEZCAZORLA

Llegó la hora de abrir una nueva edición del Festival Internacional de Teatro de Cazorla. Y van veintidós. En esta ocasión fue el actor y joven dramaturgo Secun de la Rosa el encargado de tal honor con su 'Los años rápidos'. Pero justo unos minutos antes la primera sorpresa para el público fue conocer de primera mano el nuevo aspecto del patio de butacas del Teatro de la Merced, estrenado esa misma noche.

Extrañamente espacioso, bastante cómodo y, lo que es más importante, sin butacas inútiles, recompuso parcialmente la nefasta reforma integral perpetrada hace un cuarto de siglo.

Y una vez acomodado todo el mundo –como es habitual La Merced registró una gran entrada–, se subió el telón. Lo que vino después resultó ser una mezcla de emociones muy del gusto de Secun de la Rosa, de gran parecido en suma a la obra del mismo autor que pasara por el FIT el pasado año, 'El Disco de Cristal'. Con la diferencia de que en esta ocasión la trama y su ejecución carecieron de la perfecta conexión con el público de aquella que protagonizó el propio De la Rosa. La música en directo y la montaña rusa de emociones que ponía en el escenario 'El Disco' se diluyó aquí y solo pudo vislumbrarse en determinados momentos de la historia.

Aciertos

Aun así, se conjugaron con bastante dignidad detalles como el acierto de no alargar en exceso la duración del montaje –una hora–, el retrato social de dos épocas en un barrio obrero barcelonés y la enfatización de lacras como la homofobia. Todo ello a través de un juego escénico, siempre difícil de ejecutar, en el que se solapaban dos escenas y dos épocas, con personajes y diálogos entrecruzados en el mismo espacio físico y temporal. Sin duda, para su correcta ejecución, los actores necesitan de una concentración suplementaria que alcanzan aquí sin aparente dificultad. De entre ellos, hay que destacar a Cecilia Solaguren, muy solvente en su papel de Angelita, la hermana abnegada que cuidó de sus padres hasta la muerte de estos. La hipocresía social que domina la existencia de su personaje quedaba perfectamente reflejada en el gesto facial y en los sutiles movimientos de sus manos, siempre preparadas para alisar su vestido o estirarlo para adecentar gestos como el de sentarse frente el público. Modo sutil de subrayar la decencia que la sociedad le inculcó como virtud, y que a la postre se reveló como la quintaesencia de su infelicidad. Una pregunta y su respuesta resumen todo ello: −«¿Eres feliz?»; −«Tengo tres hijos».

Por otro lado, tenemos a la hermana, interpretada por Sandra Collantes. Menos consistente, este personaje representa a la parte familiar que nunca encajó en las convenciones sociales por su condición sexual. Una «inconveniencia» que trunca la estabilidad de toda la familia. Ella engloba todo lo que hace treinta años era considerado abiertamente como amoral, sucio, rechazable, indigno y vergonzante para una 'familia de bien', incluso si, como en este caso, había un asomo de intelectualidad en su máximo exponente: el padre. Pero el texto va más allá poniendo de relieve que el rechazo abierto de aquella época se ha transformado en la actualidad –y en demasiadas ocasiones– en una soterrada e hipócrita tolerancia que no alcanza ni de lejos la categoría de respeto. El padre y la madre –José Luis Martínez y Pepa Pedroche- abren y cierran esta historia corrosiva y de silenciosa desdicha en unión al otro protagonista de la obra, el inerte y viejo sillón que domina el centro de la escena.

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