La golondrina hace su nido con barro

«Obra de símbolos y de calculado texto, en el que el barro es el lodazal de condiciones humanas censurables»

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Unas nubes blanquinegras abrazan y casi consuelan a los dos personajes durante toda la función. Con su blanco los colman de ingenuidad y de posible salvación, con su negro aparan su rabia espesa y su luto persistente. Una golondrina sale del piano y vuela por las gargantas de ambos, ansiando el cielo preñado de cumulonimbos, tras los cristales, pero tardará en alzar el vuelo, porque los prejuicios respecto a la homosexualidad, los turbios horizontes del terrorismo y la imprecisión de los epítetos al calificarlo, serán lastres en sus alas, también blanquinegras, cuando quiera volar libre y abandonar el barro que es su nido.

Obra de símbolos y de calculado texto, en la que el barro es lodazal de condiciones humanas censurables pero también material con el que, no sólo las golondrinas hacen sus nidos, sino también con la que los dioses hicieron al hombre. Por eso le sienta bien cierto matiz de tragedia griega que, a veces, amaga Carmen Maura y que por suerte si sobreactúa ni plañe con exagerado desconsuelo la muerte de su hijo gay a manos del terrorista. Al contrario, asistimos a una clase magistral de contención, una actriz 'Almodóvar', ahora comedida y con las riendas de la interpretación bien prietas, docente de respiraciones y aprendiz de tolerancia, que a veces incluso parece dar un paso atrás en su innegable protagonismo, de nombre y de presencia, para que se luzca Félix Gómez, que está portentoso, verosímil como pareja del fallecido, crecido como actor, presintiendo esa luna creciente que saldrá en el cielo cuando desaparezcan esa nubosidad que había hecho del barro humano un charquizal de amarguras.

Clasicismo por las nubes. Las tres unidades del teatro clásico bien trabadas: un tiempo, que es el mismo que transcurre en el reloj del espectador, un espacio, entre el piano que solo mueve sus teclas y el casco de la moto que simboliza la agilidad del cerebro al que protege, y una sola acción encaminada al láudano mediante el teatro. Ella vestida de casa, sencilla, sin moaré ni tacón alto, él con la normalidad del vaquero color carne y la carne del torso hoyada por la sinrazón. Canción tenuemente desafinada, luces que ni se notan, humor salpicándolo todo. Todo tan sencillo y bello como el vuelo de una golondrina, alejándose del amarillento barro de su casa para ascender a las blanquinegras nubes del cielo.

 

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