Preciosista colofón en el Generalife

Bailarines del grupo de Estrellas y Solistas del Ballet de la Ópera de París, durante uno de los actos de su actuación anoche en el Teatro Generalife./A. AGUILAR
Bailarines del grupo de Estrellas y Solistas del Ballet de la Ópera de París, durante uno de los actos de su actuación anoche en el Teatro Generalife. / A. AGUILAR

Interesante actuación de las Estrellas y Solistas del Ballet de la Ópera de París en el cierre del ciclo de danza del Festival

JOSÉ A. LACÁRCELGRANADA

Lo hemos dicho y escrito en infinidad de ocasiones y ahora me parece que también es el momento de recordarlo: el capítulo de la danza tiene que ser especialmente cuidado en las sesiones de nuestro Festival. Es consustancial al certamen, tal y como viene recordado en el título de la muestra granadina: Festival Internacional de Música y Danza. No se trata, por tanto, de la hermana menor, sino de uno de los apartados más importantes y también más atractivos de la historia del Festival.

Resulta curioso cómo el público responde al reclamo del ballet en los jardines del Generalife. Desde aquellos inicios, si ustedes quieren un tanto balbuceantes, cuando el gran protagonismo lo tenía el ballet de Antonio, tan importante, tan decisivo en la historia de la danza en España y también en la historia particular del Festival. Y la primera presencia de la gran Margot Fonteyn en una actuación que, siguiendo crónicas, parece que fue extraordinaria. Yo fuí de los afortunados de verla muchos años después, formando pareja excepcional con ese auténtico mito de la danza que fue Rudolf Nureyev. Y en el Generalife, y con los cipreses de fondo, y contándonos la hermosa, tierna y tristísima historia de la desdichada Giselle. De verdad les digo y les repito hasta la saciedad que eso marca. Nada se ha podido comparar a lo que tuvimos el privilegio de presenciar en las sesiones del Royal Ballet de Londres en aquel lejano año de 1968. Por cierto, que también ese año estuvo el genial Antonio con su compañía de danza en otra noche memorable.

El público siempre ha respondido con entusiasmo ante la llamada del ballet. Incluso el no muy iniciado en lo musical. Pero es que, aunque sea repetir el tópico, hay que reconocer que el marco es más que incomparable. El marco es único, precioso, invita a disfrutar intensamente de algo tan hermoso, algo tan etéreo y tan pleno de belleza como es la danza. Y el festival granadino tiene una amplia y bastante brillante historia de grandes acontecimientos que han tenido al ballet como gran protagonista, y al simpar Generalife como marco único y excepcional.

Percepción estética

Pues bien, en el Generalife hemos despedido, por este año, las sesiones de ballet con los llamados Estrellas y Solistas del Ballet de la Ópera de Paris. Casi resulta ocioso que repita que no soy un experto en danza y que cuando escribo de ella, me dejo llevar por mis impresiones, por mi percepción de la estética de un espectáculo. En esta ocasión los miembros del ballet de la Ópera de París dejaron mucho mejor sabor que los bailarines belgas. Aunque no creo que sea ésto una auténtica gala de ballet. A mi memoria vienen las sesiones que en otras ocasiones hemos podido saborear de auténticas galas con figuras más o menos rutilantes, con los obligados paso a dos... en fin.

Pero desde luego el espectáculo fue bonito, interesante y bien trazado, mejor en algunos momentos concretos. Por ejemplo en 'El espectro de la rosa', con la coreografía de Fokine y la música de Weber. Se siguió el criterio eminentemente tradicional y clásico, con la preciosa coreografía que nos presenta ese sueño, hecho realidad, esa danza de la joven con el espectro de la rosa, siendo la música la famosa 'Invitación al vals', del ya aludido Weber.

Tanto Germain Louvet como Laetitia Pujol ofrecieron una versión muy correcta de un clásico de las galas. Después se vio 'El hijo pródigo', con música de Prokofiev y coreografía -en esta ocasión- de Simone Valastro. Gracias a las espléndidas notas al programa de Cristina Marinero, supimos que la concepción que tiene el milanés Valastro se inspira precisamente en los jardines del Generalife, en los cipreses que configura y delimitan el escenario. Un relativamente nutrido grupo de bailarines, entre los que estuvieron presentes Guillermo González Maroto y Arturo Lizana García, alumnos del Conservatorio Profesional de Danza Reina Sofía de Granada, dio forma a las ideas coreográficas de Valastro que sustituyen -como estreno- la tradicional coreografía de Balanchine.

Uno de los mejores momentos, a mi juicio, fue el 'Preludio a la siesta de un fauno', bellísima coreografía de Nijinsky y música de Debussy. Los bailarines parisinos hicieron una versión muy digna, llena de plasticidad, siguiendo las directrices del mítico Nijinsky con una concepción plástica que entra de lleno en el universo poético de Mallarmée.

Y el final de fiesta el tercer acto de Raymonda, con una bellísima coreogerafía de Rudolf Nureyev, basada en la de Petipa, con la música de Glazunov y con una buena participación de todo el cuerpo de baile destacando sobre todo Amandine Albisson y Germain Louvet, pero pienso que los restantes bailarines estuvieron a un buen nivel.

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