El piano también tuvo prehistoria

Momento del recital de Kristian Bezuidenhout./Alfredo Aguilar
Momento del recital de Kristian Bezuidenhout. / Alfredo Aguilar

Kristian Bezuidenhout ofreció un recital de fortepiano en el Manuel de Falla

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

En nuestro Festival caben todas las músicas y, por supuesto, todos los instrumentos: los frecuentes cada noche en el escenario y los que fueron sus 'neandertales'. A falta, por ejemplo, de un Stradivarius, que nunca se ha escuchado en Granada, que yo sepa, buenas son las imitaciones. Aunque para instrumentos antiguos ya tenemos en Granada los órganos, algo desdeñados por el Festival, tal vez pensando en la Academia otoñal que organiza otro afán cultural granadino.

El caso es que el piano, rey del concierto, también tuvo su prehistoria y uno de los eslabones perdidos de la misma se llama pianoforte. Incluso los muy entendidos distinguen dos ramas simiescas de ambigua herencia entre ambas: la de los pianofortes y la de los fortepianos. Pero mejor bajarse de esas ramas y seguir, como aconsejaba Alonso Quijano, el Bueno, nuestro canto llano y no meternos en contrapuntos, que se suelen quebrar de 'sotiles' .

Anoche escuchamos el sonido nada frecuente de un pianoforte. Y sobre los atriles obras de autores tan frecuentes como Clara Schumann, Felix Mendelssohn y Johannes Brahms. Un tributo a la mujer compositora y una evocación de aquel dubitativo gozne del siglo XIX en el que se iba olvidando el clasicismo, con sus evanescentes instrumentos, mientras la música romántica se abría paso hacia el siglo XX, navegando en esa góndola acharolada que terminó llamándose piano de cola. Sonido a salón novecentista, ni incisivo en los agudos ni tenebroso en los graves, plenos del aurea mediocritas que preconizaba Horacio.

El joven pianista sudafricano extrajo del añorante instrumento un son natural y ligeramente rudo, como si se encontrase a medio madurar, pero ya con toda la sazón de un fruto de recóndito aroma y delicado sabor. Un aterciopelado color como el del propio instrumento, ya con sus dos pedales pero aún barnizado en leño veteado, sin dejarse avasallar por el azabache del piano clasicón.

Este concierto, junto a los matinales en el monasterio de San Jerónimo, es de los pocos que ofrece el Festival bajo techado. Y es lógico. Este instrumento, de evidente debilidad sonora, como el clave del año pasado, necesitan el cierre espacial, y si el techo es de madera tanto mejor. Preferible la intimidad de la sala de conciertos que el patio abierto en el que hay que colocar los nefandos micrófonos esclavos de sus altavoces.

Así se percibe mejor la digitación de este artista, su lectura atenta de la partitura con sus ojos pequeños y vivarachos, más expresivo en el ceño que aspaventoso en el gesto, arremangado en la faena pero sin levantar las manos casi del teclado.

También el martes es un día idóneo para esta música 'diferente' que aún no ha seducido al gran público. Por eso pocos, pero satisfechos. Ciertamente son piezas que parecen ejercicios para señoritas diletantes o entremeses de una velada con candelabros, fracs y moaré, pero detrás de cada pentagrama están los grandes del romanticismo y eso se nota.

Kristian los acaricia, los agasaja con su ardite de melancolía y le añade una guinda de teatralidad, tal vez algo impostada, dejando que las notas finales se desvanezcan largamente, como un vilano en el resol del estío.

De nuevo el Festival ha entreverado artistas veteranos, de contrastada valía y fama internacional, como María Joao Pires, con estos jóvenes, avalados por algún que otro premio. Como críticos, apreciamos que Granada figure entre los empujones que le dimos a los que serán. Pero siempre nos queda la duda de si, con las limitaciones de tiempo del propio festival y los evidentes gustos del público de nuestra ciudad, no sería mejor centrarse en lo sublime y dejar para otros instantes lo prometedor.