Pentagramas mirando hacia París

El Palacio Carlos V de Granada se llenó para escuchar la delicatessen musical que ofrecieron la OCG, dirigida por Pablo Heras-Casado, y el pianista suizo Francesco Piemontesi. /ALFREDO AGUILAR
El Palacio Carlos V de Granada se llenó para escuchar la delicatessen musical que ofrecieron la OCG, dirigida por Pablo Heras-Casado, y el pianista suizo Francesco Piemontesi. / ALFREDO AGUILAR

El pianista Francisco Piemontesi sustituye al tenor Piotr Beczala, en el concierto de la OCG dirigido por el director del festival

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

El día de los Inocentes de 1937, el General Rojo luchaba a las puertas de Teruel, hacía un mes que se había clausurado la Expo de París, donde Picasso había 'estrenado' su Guernica y en Granada eran frecuentes los funerales por los falangistas muertos en el frente. Fue el día en el que murió en París, Maurice Ravel.

Anoche las coincidencias hicieron que un color rojo protagonizase un estreno absoluto, que la música de Ravel sonase a ambos lados del descanso, que París fuese protagonista nominal de la sinfonía y que un 'tombeau' recordase a un músico, en vez de a un soldado, hombre ambos, a fin de cuentas.

No es la primera vez que Pablo dirige y dirige. Ya la noche inaugural de esta edición del Festival, Heras-Casado cambió su platea por la tarima y el atril, allí arriba, frente a la orquesta, y también, como anoche, con una mirada de complicidad hacia Francia. Tampoco es la primera vez que este afamado director granadino conduce a la orquesta titular de su ciudad. Por lo cual no eran de esperar ni sorpresa ni novedad ni acontecimiento. Y porque la novedad estaba en la obra encargo del Festival, otra vez a José María Sánchez-Verdú, del que ya escuchamos, por los altavoces, su tímido cuarteto de cuerda, y anoche estrenó en el Carlos V su obra, también breve, titulada 'Memoria del rojo'.

Una rareza amparada en el siglo XXI, una pavesa de obsesión con ese estacato envolvente, esa percusión alternante y ese pizzicato de los chelos, casi es un dolor. Sonidos enigmáticos, fríos, a veces inaudibles, final como un turbión eólico trufado de sirena fabril. Cuota de modernidad de todo festival.

Las otras dos coincidencias de la noche fueron Ravel y París. Del compositor vasco francés escuchamos dos de sus obras más famosas: el concierto para piano y su recuerdo fúnebre, llamado 'tombeau' imitando al compositor rococó François Couperin. Para el viaje hacia París, Pablo dispuso la orquesta a lo moderno, con los violines segundos enfrentados a los primeros y los contrabajos a la izquierda, muy lejos de los chelos. Y sonó bien.

Ravel imprescindible

La noche raveliana comenzó con su concierto para piano en sol, una obra de plena madurez, terminada en 1931, escrita tras los fructíferos contactos de Ravel con el jazz. Y eso se notó anoche. Desde ese golpe de látigo, un tanto pobre de furia, con el que comienza el primer tiempo hasta el impactante y virtuosístico final, pasando por las citas explícitas de la Petrushka de Stravinski, todo destiló impresionismo sonoro y grandeza orquestal. Sobre todo en el segundo tiempo, cargado de lirismo y ahíto de nostalgias. Ahí se lució el pianista suizo, correctísimo, con un sonido más que grato pero nada engreído, por ejemplo dialogando con el arpa en amor y compañía. Porque este concierto es una música imprescindible para el lucimiento de un pianista, la exhibición de una orquesta y la presunción de un director. A lo que se añaden puntuales protagonismos del corno inglés con su largo solo bien parlado. Impresionismo trufado con cierto guiño a lo español, gracias el coda en modo frigio que adorna el primer tiempo. Un par de sonidos feos en la parte izquierda del piano, la trompa dubitativa y algún descuido en el empaste, no merman en absoluto la calidad de la ejecución.

Pablo esta vez dirigió con menos teatralidad que su primera noche al frente del festival y de la orquesta. Con esfuerzo y empeño logró extraer de la OCG, buenos sonidos e incluso momentos de musicalidad contrastada. Acertadamente supo dar un ligero paso atrás para que ni la orquesta ni él mismo fuesen la estrella, sino que brillase con rutilo propio el arte orquestal de Ravel, su dominio de los timbres, y el pianista que nos regaló un emotivo Claro de Luna de Debussy.

Recuerdos de París

Ravel era un abanico de intereses. No sólo conoció, y se interesó vivamente por el jazz y la música afroamericana, sino que orquestó a los rusos y compuso mucha música 'a la española'. Pero París es París. Allí nació y vivió el grandísimo François Couperin, que sólo sirve de pretexto y de modelo estilístico para que Ravel recuerde a seis de sus amigos muertos en la Primera Guerra Mundial. Él había vuelto enfermo del frente y primero escribió este tombeau para piano y después en 1920 orquestó sus seis partes.

Anoche percibimos añoranzas por partida doble. En la forma, una añoranza del París rococó, del Versalles de Couperin, de las pelucas empolvadas y los claves bien temperados. En el fondo, oíamos el París de la guerra, el Verdún de los cañones, los cascos horadados de los soldados, las bayonetas caladas.

Pablo extrajo terciopelo de las maderas, oleaje de las cuerdas y fontanales del arpa. Hasta que llegó Mozart, una de sus especialidades.

Mozart no fue feliz en París. Aquella ciudad de 1778 no apreció al genio de Salzburgo. Además allí murió su madre y pocos acompañaron a Wolfgang en su dolor. Sin embargo es conocida la sorprendente duplicidad de este músico. Igual que Ravel es todo simpatía trenzada con placidez a la hora de evocar a las muertes de sus amigos en las trincheras, Mozart se refugia en la Escuela de Mannheim y las formas del clasicismo para describir París. Con su esquema rápido, lento-rápido y la ausencia de minueto, la sinfonía es una de las joyas que nos ha dejado el músico austríaco, bordada anoche por Pablo Heras-Casado.

La corrección es un grado y la OCG lució anoche corrección y voz clara a la hora de leer sus partituras, perdiendo todo complejo provinciano y, gracias a un director paisano e internacional, ser capaz de mirar más allá de Puerta Elvira, por ejemplo hacia París.

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