Música para Dios, placer para los hombres

Vox Luminis en el Monasterio de San Jerónimo./ALFREDO AGUILAR
Vox Luminis en el Monasterio de San Jerónimo. / ALFREDO AGUILAR

El grupo Vox Luminis interpretó música sacra de Claudio Monteverdi en el Monasterio de San Jerónimo

ANDRÉS MOLINARIGranada

Dieciséis músicos para dar nueva vida a un compositor del siglo XVI. Aunque los obras que escuchamos fueron ya de su primera madurez, en la primera mitad del siglo XVII. Porque con Monteverdi se va cerrando la cortina clasicista del renacimiento para otear una nueva forma de ver la música, una extraordinaria y pertinaz forma de hacer arte, llamada barroco. Desde los primeros acordes del concierto aparecieron los diálogos entre las voces, las diatribas celestiales, la alternancia de hombres y mujeres en los versículos del Gloria. Es como si asistiésemos a una ópera a lo divino, y de ópera Claudio Monteverdi entendía lo suyo.

Un acierto el que las jerónimas ahorrasen gasto eléctrico y no iluminasen el espectacular retablo de su monasterio, porque así los diez cantantes que hacían música con sus voces y el sexteto que la interpretaba con sus manos, resaltaron más destacados a la vista, más cercanos, sin distracción, más protagonistas de su precioso quehacer matinal.

Voces limpias, amigadas con gestos veraces, rostros sinceros, miradas cómplices, hombres y mujeres que yacen, a la espera, o se placen en el dispendio sonoro, que esbozan una pavesa de melancolía, muy de Monteverdi, o musitan una deprecación a María o a Jesús en el lugar más adecuado para ello. Un templo que ayer por la mañana mostró su mejor acústica, reverberando con justeza y sin parecerse a una nave industrial, elongando un par de segundos la última nota, el último suspiro arpegiado en cada renglón del pentagrama, tras esos silencios concisos y frágiles, tenuemente emotivos. También un acierto el traer a primer plano los dos instrumentos de cuerda pulsada: tiorba y arpa, para que la suavidad de los dedos de sus músicos no quedase ocultada por la rudeza del arco. Y los tres que usaron la frotación en un discreto segundo plano, conscientes de que su posición no amilanaba su valía.

Y todos arropando al órgano, que mejor que de espaldas al público pudo girarse por completo y así poder escuchar mejor el prodigio que asomaba a sus celosías.

De Venecia al cielo

Todo el concierto glosó las ediciones de Monteverdi en Venecia, hacia 1641, reuniendo sus composiciones para la basílica de San Marcos, en la que comenzó a trabajar desde 1613. Además se le añadieron unos cuantos motetes, también de tema religioso. Y en la cumbre de la mañana el Beatus vir, con esas dos voces de soprano alternando, que cortan el aire celestial del crucero, sajan el alma del templo hasta sus hastiales, hienden el mediodía para sembrarlo de inusitada hermosura.

Poco importa que el concierto fuese un poco largo, y al final se notase un átomo de cansancio en alguna de las voces, no tan fúlgidas como al principio. Porque el grupo supo añadir su pequeño estrambote escénico. Como un auto sacramental sin sacramento, con toda la teatralidad del barroco, los músicos entraron y salieron de la escena con la suavidad con la que eclosiona una flor, con los mutis sin ser notados, estando ya la música bien hilvanada. Ocultaciones sin desaparición y esa mínima procesión para el Magnificat final, que no se puede encontrar epíteto mejor para este concierto: nueva joya matinal del Festival.

Gratitud para los genios del pasado, como Claudio Monteverdi, que crearon maravillas pensando en el Creador.

Y gratitud también para este presente, en que artistas como Vox Luminis, tras las muchas vueltas que han dado los siglos, reviven sus maravillosas obras para deleite de las nuevas generaciones. Y, sobre todo, satisfacción por formar parte de esta galaxia inextinguible llamada belleza.