Dos mujeres en la Noche de San Juan

Bailando entre las sombras bajo un estilo minimalista. /ALFREDO AGUILAR
Bailando entre las sombras bajo un estilo minimalista. / ALFREDO AGUILAR

Mágico recital de danza de Blanca Li y Maria Alexandrova en el Generalife sobre temas mitológicos, revestidos de modernidad

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Suerte que el Festival de Granada no se duerme en sus laureles, o mejor dicho, entre sus cipreses. Dichosos los ojos que ven esta danza contemporánea, rica de presentación y enjundiosa de médula, empequeñeciendo tanta memez como se suele presentar bajo el paraguas de la modernidad y amparada en la libertad de los falsos creadores. Ocasión única la Noche de San Juan de este año para ver estas dos artistas: diosas y diablesas, que cuentan su fábula con el cuerpo hecho garganta, el ritmo transformado en lengua y el Generalife fantaseado en Parnaso.

Ya sé que la danza no necesita argumento, que es mujer que se vale sola y seduce sin atalajes. Pero hilvanar la noche con la magia es jeribeque apetecible y más sin son dos mujeres las que bailan, crean y convencen.

Diosas y diablesas es un espectáculo concreto y con la justa dosis de minimalismo, sobre todo en la música. El dúo de mujeres juega a decir y desdecir todo lo que ya los griegos peroraron sobre el número dos. Desde ese inicio navegando sobre persiana, queda clara la propuesta: Una es luz, la otra sombra; una es cuerpo, la otra alma; una haz, la otra envés; una cara, la otra cruz; una viste de blanco, la otra es puro negro. Ambas se intercambian los papeles divinos y demoníacos para ensamblar todo aquel mundo imaginario que habitaba la cumbre del Olimpo, con las experiencias vitales de cada una: de la granadina por Nueva York, París o Berlín, y de la moscovita tras sus brillantísimas encarnaciones de Guiselle, Carmen o Coppélia.

Abundoso vuelo de brazos, uso mesurado del suelo. Vídeo el justo para que Cleopatra ame las serpientes salidas de la cabeza de Medusa y el bosque arrope a la náyade de colores. La escenografía de Pierre Attrait gusta sin distraer. Subraya que estamos ante dos mujeres que caminan por el suelo pero que, en cualquier momento, pueden emprender su vuelo. Solo motas dispersas que afean sin demeritar: sonido deformado por excesivo volumen y algún hiato de ritmo a escenario vacío.

Dos juncos en la noche

Delgadas, esbeltas, cimbreantes, dóciles a la música pero enhiestas al instante. Juncos sin arena que enraíce su ademán, gramíneas balaceadas por un viento interior que nace de sus talentos o agitadas con furia para que crepiten sus bellos cuerpos. Una coordinación perfectamente estudiada, diosas que bailan independientes sin amagos de eros ni de lesbos. Todo fugaz, llameante, como es la noche de las hogueras y del amor. Venus desdoblada. Peinados relamidos o desordenados para que las sumidades completen el elegante mundo de la orilla. Porque en esta noche de San Juan el Generalife se convirtió en laguna. Esta vez sin cisnes de tutú ni almidón, aunque la Alexandrova procede de ese mundo en el famoso Bolshoi. Pero, por una noche, la ribera de esa laguna mágica se alargó desde Moscú hasta la España de Albéniz, para que la granadina insinuase pasos de danza de impecable sabor mediterráneo, innecesarios de faralaes.

Como la ninfa Eco amaba a Narciso, así se escuchan ecos de Chopin que se reflejan en este lago encantado de niebla vertical delantera y persistente persiana trasera. En medio, un vestuario que propende a la sencillez de tirante fino y falda vaporosa. Sin embargo el granate color de llama, de nuevo, nos recordó que estábamos en la Noche de San Juan en la que toda magia es posible. Inolvidable ese solo de Blanca en rojo, con imágenes evanescentes pero prietas de fuego y de volcán.

Un aquelarre en negro fumoso y una larga y trepidante bacanal de pelo al aire, casi derviche, pusieron fin a este magnífico espectáculo, dando paso a la noche más corta del año. En contraste los aplausos más largos y sinceros dejándonos a todos con ganas de más. Porque una noche es escaso tiempo para el misterio pero un poco de Blanca con Maria, ya es mucho.

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