María Pagés y el árbol de la memoria

María Pagés y el árbol de la memoria

La bailaora sevillana ofreció un montaje comprometido que satisfizo al público del Generalife pese a su propuesta menos 'clásica'

JORGE FERNÁNDEZGRANADA

Después de haberse suspendido la visión tan particular e interesante de 'Yo, Carmen', una revisión del clásico de Georges Bizet, propuesta por María Pagés y su Compañía el pasado año en este mismo teatro del Generalife a causa de la lluvia, los organizadores del Festival Internacional de Música y Danza de Granada se han visto en la justa obligación de invitarla en esta nueva entrega del verano de 2018. La bailaora y coreógrafa sevillana -con una veintena de obras en su haber- podía dablemente haber traído la misma función sin menoscabo alguno, con agradecimiento incluso, pero su inquietud artística y su compromiso continuo con el mundo en que vivimos, unido al renuevo constante a que se ven abocadas las compañías de baile flamenco, cuando lo que se estrena ya es pasado, propone su nueva obra, 'Una oda al tiempo', que firma al alimón con el escritor marroquí El Arbi El Harti (autor de las letras), donde pretende hacer una reflexión ética y artística sobre el mundo en que vivimos, con sus luces y con sus sombras, la posible felicidad y la utopía, el terrorismo y la desigualdad, los nuevos dioses y el retrocesos de la democracia, sobre la implacable irreversibilidad del tiempo sobre el cuerpo, el deseo, el arte y la vida. Todo entreverado con textos de Platón, Margarite Yourcenar, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, John Cage, Octavio Paz, Heidegger o Marcel Duchamps que van hilvanando el hilo dramático.

María Pagés es una bailaora comprometida que cree firmemente que el flamenco es mestizo, está en continua evolución. No sólo merodea por otros derroteros musicales y propuestas artísticas, sino que tiene el deber de impregnarse de ellos para seguir creciendo. Como Charles Chaplin en su tiempo, como Woody Allen o Alejandro Amenábar aquí en España, desea controlar de principio a fin sus propuestas escénicas, donde es directora, además de coreógrafa y actuante, diseña el vestuario y controla la música, que va desde el estilo Barroco al corte contemporáneo, es popular y es de autor, de Rubén Levaniegos, Chaikovski, Vivaldi, Haendel, Sergio Menem, David Moñiz e Isaac Muñoz.

Simbolismo

El telón alzado muestra la parquedad de un escenario que redondea en el simbolismo que se desea mostrar. Un péndulo domina la escena. Un péndulo que marca el transcurrir de los momentos. Un péndulo que es luz, que se trueca a la largo de la obra para ser reloj, luna, sol, columpio, tambor o espejo. Este minimalismo escénico se enriquece con mucho con la iluminación envolvente de Dominique You y sus juegos. Banquetas y bastones complementan el atrezo.

María, madura y serena, se aleja del individualismo de otros espectáculos diseñados por ella y se acerca a una obra coral donde, a través del día y de la noche, de las estaciones del año (primavera, verano, otoño e invierno) y de un taconeo percutivo que recuerda el paso de las horas, vertebra una lectura que sólo puede acabar en puntos suspensivos, como el tiempo, como la memoria. Siete músicos en escena, Ana Ramón y Bernardo Miranda al cante, Rubén Levaniegos e Isaac Muñoz a la guitarra, David Moñiz al violín, Sergio Menem al violonchelo y Chema Uriarte a la percusión, arropan a María Pagés al cuerpo de baile, cuatro mujeres y cuatro hombres: Eva Varela, Virginia Muñoz, Marta Gálvez, Julia Gimeno, José Barrios, Rafael Ramírez, Juan Carlos Avecilla y José Ángel Capel que en principio tan sólo enmarcan la danza de la protagonista con figuras escalonadas, concéntricas o espirales, para poco a poco ir cobrando notable individualidad en la medida del tiempo de cada uno. La sevillana, lejos de encubrir su envergadura (deslavada a veces), explota un braceo que la desborda, como alas, como abanico, como molino, y viste las tablas cuando en soledad se queda. También hace uso de las castañuelas, de la barra y del mantón que comparte en un bello baile de mantones cuadrados, de doble peso y doble dificultad con las cuatro bailaoras.

La intensidad narrativa va in crescendo desde el primer quejío, que es el 'Origen', hasta los últimos cantes de trilla y toná, que cierran como abrieron el espectáculo demostrando el círculo del tiempo: después del frío invierno nos aguarda la exultante primavera redentora. 'Somos el árbol de la memoria', terminan diciendo.

Pagés, entre la tradición y la contemporaneidad, nos muestra secuencias rápidas y cortantes, que se hacen y se deshacen a la manera rítmica de un proyector de instantáneas. No busca la simetría sino un equilibrio encomiable y el definitivo dominio del espacio. A los primeros cantes de trilla, temporera y toná, le suceden la seguiriya de los Puertos, la soleá de Triana y de la Serneta, la bulería al golpe nerudiana (con recitado de la misma capitana y el coro de toda la compañía), la alboreá ('Tu viento me agita') y las alegrías de Córdoba ('Horizontes de agua'). Con vidalita y milonga, con María en solitario y su rojo eterno, nos asomamos al otoño. Un silencio incomprensible, un fundido en negro, parece que acaba la obra. Pero continua con Saturno devorando a sus hijos por peteneras, dando comienzo así a la interpretación de oleos emblemáticos. De la puerilidad de las garrotas al hombro de los 'Fusilamientos del 3 de mayo' de Goya pasamos a la levantica a palo seco del 'Guernica' de Picasso. Dos piezas instrumentales se entremezclan con los cantes: 'Tengo miedo' y 'Piedad', vertiginosas, de sutil hermosura. María Pagés tendrá objeciones entre un tipo de público, quizá más clásico, pero por nosotros y por los cientos de personas que aplaudieron durante bastantes minutos que no deje de acercar sus montajes a la ciudad de la Alhambra.

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