Juan Pérez Floristán: de lo fúnebre a lo pictórico

Un momento del concierto de ayer en el Palacio de Bibataubín. :: /Fernando Daniel Fernández
Un momento del concierto de ayer en el Palacio de Bibataubín. :: / Fernando Daniel Fernández

Emotivo y colorista recital de piano en el Palacio de Bibataubín, con obras de Chopin y Mussorgski

ANDRÉS MOLINARIGRANADA.

El piano solo tiene doble protagonismo en el Festival de este año. Y en ambos casos presentado por dos intérpretes jóvenes y también andaluces. Si todos esperamos, mañana miércoles, al onubense Javier Perianes en el Patio de los Arrayanes, ayer abrimos boca con el sevillano Juan Pérez Floristán, ganador en 2015 del Primer Premio y Premio del Público en el prestigioso Concurso Internacional de Piano Paloma O'Shea, de Santander.

Pero nada de ñoñerías infantiles o de facilidades para el joven pianista sevillano. Dos obras ciclópeas del repertorio para que demostrase su valía y el acierto de aquel jurado septentrional al concederle tan prestigioso premio a este talento del teclado blanquinegro.

La 'Sonata para Piano número 2, en si bemol menor', de Chopin es una obra de 1839-40 que incluye la famosa 'Marcha Fúnebre', escrita como pieza independiente en 1837. Desde el Grave inicial, Floristán demostró conocer todos sus entresijos, el juego especular de sus repeticiones, el agitado contraste entre lirismo y pasión. Sus manos iban y venían como desencuentros con su enfado, como cabalgadas sin salida, como libertos ansiosos de horizonte, pero conscientes de que toda huida era imposible, que había que continuar hacia el Scherzo, en que el ritmo se recrece aún más para explotar en una rapidez inaudita. Pocas veces he oído este pasaje con tanta furia, como si las notas fuesen obligadas a salir del piano por la fuerza y no por la convicción.

Suerte que Floristán también es maestro en modular al lirismo más 'terne', gracias a sus dedos muy delgados, a sus manos exentas de esa teatralidad que despilfarran otros pianistas, que las hacen volatineras por el aire antes de dejarlas caer sobre el teclado. Él no. Él reserva la tensión para el rostro aunque sin aspaviento ni rudas muecas. Y nos hace llegar como en volandas a la 'Marcha Fúnebre' para mostrar en ella océanos de serenidad, universos de emoción, sin necrofilia, sino con respeto y solemnidad para el sepelio hacia la nada, que la música lo es todo

Casi una orquesta

'Cuadros de una exposición' es de esas obras con dos caras, a cuál de ellas más bella. Por una parte contamos con esta versión primigenia, para piano solo, que escribió Mussorgski en 1874. Y por otra solemos escuchar la famosísima orquestación de Maurice Ravel de 1922, varias veces presente en el Palacio de Carlos V.

Floristán es maestro en modular al lirismo más terne, gracias a sus dedos, muy delgados

Floristán demostró que no existe tanta diferencia entre ambas. Claro que jugó con el recuerdo que todos tenemos de la segunda para engrandecer su briosa y visceral interpretación de la primera. Notas limpias, claras, primaverales, con el uso justo de la sordina que presta el pedal y con el muy escueto eco que favorece la tapa del piano casi de par en par.

El patio del palacete provincial posee una acústica seca, arisca pero cercana. Poca madera, mucha cal, techo de vidrio. Un salón decimonónico para Chopin pero una caja rusa para este Mussorgski, con el espasmo sonoro a flor de teclado y el seísmo jugando con las gallinitas, perfectamente descritas por las agilísimas manos de Floristán que acallaron el runrún del aire acondicionado. Entre tal turbión, un par de descuidos que en nada ensombrecen y mucho menos emborronan el magistral concierto. Un pianista que sabe talabartear las melodías más sutiles con ritmos muy contrastados, pasear entre los cuadros de la exposición como si cada 'promenade' fuese la primera vez que lo oímos, elaborar finales de grandeza catedralicia, regalarnos miniaturas de los siglos XIX y XX, dejando palmario y prístino que el piano en realidad, como él lo toca, es una orquesta disfrazada de góndola acharolada.

 

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