A la hora del Ángelus

Un momento del recital, ayer, en la parroquia de San Pedro y San Pablo. /JOSÉ ALBORNOZ
Un momento del recital, ayer, en la parroquia de San Pedro y San Pablo. / JOSÉ ALBORNOZ

El conjunto La Reverdie repasó la música medieval dedicada a los Santos en la iglesia de San Pedro y San Pablo

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

A las doce en punto, a la hora del ángelus, como cada uno de los tres sábados del Festival, comenzaron a sonar los siglos pretéritos. Esta vez no sólo se cantó a María sino a muchos otros miembros de la corte celestial.

Un concierto singular, como todos los gratuitos del festival, en ese contubernio precioso que tienen entablado el mediodía de los sábados con la música antigua. Y, tras el escenario frecuente de San Jerónimo, este otro de la parroquial de San Pedro y San Pablo, también de buena sonoridad, sobre todo gracias a su techo de madera, sin que se note casi el tráfico por la carrera de Darro cuyo ruido se oye muy muy lejano por el cancel lateral del templo.

En el crucero, sin estrado ni alfombrado, un cuarteto llano y pleno. Llano de voces y limpio de pose, sencillo de atalajes y familiar de vestuario, con voces amplias, muy bellas las de Claudia y Elisabetta, que lo mismo evocan la perífrasis sobre el ángelus en un monasterio femenino que el canto de chicas núbiles durante la tarea o camino de la fuente. Junto a ellas dos, la mezzo Livia, con su condición de continuo y el hombre del grupo Matteo, mucho más ajeno a la afinación y al esmero académico, con una rusticidad vocal que no le sienta nada mal a este repertorio profano que solicita lo divino cantando a viva voz.

Dos viajes paralelos. Uno repasando ese pequeño museo de instrumentos antiguos tocados por este cuarteto, desde la flauta negra hasta las violas ebúrneas y desde la pandereta jovial hasta el arpa medieval que por momentos convirtió a Matteo en un rey David redivivo. Y el otro viaje por las bibliotecas del mundo, desde Florencia hasta Oxford y desde Venecia hasta Londres, en busca de la partitura más antigua que reflejase la devoción popular a los santos. Tan popular que a veces daba la impresión de que cada uno de los cuatro llevaba su salmodia por su lado.

Larga cola, mucho público, la organización impecable que abrió pronto las puertas para que la gente se acomodase, silencio respetuoso y placer por escuchar, para muchos por primera vez, obras que sin embrago parecen de nuestra aldea o nuestra ermita, que la belleza es capaz de transformar lo ignoto en familiar.

Con este viaje por los santos benefactores del cielo, a los que se canta, y por las bibliotecas de la tierra, a donde se acude en busca de música, terminan las mañanas sabatinas de este Festival. Hasta el ángelus del año que viene.

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