Flamenco en el Extremo Oriente o viceversa

La bailaora Eva Yerbabuena en un momento de su espectáculo anoche en el Generalife./ALFREDO AGUILAR
La bailaora Eva Yerbabuena en un momento de su espectáculo anoche en el Generalife. / ALFREDO AGUILAR

La bailaora granadina Eva Yerbabuena arrolla con su personalidad en su premiada propuesta 'Cuentos de azúcar'

JORGE FERNÁNDEZ BUSTOSGranada

La primera incursión del flamenco en el Festival Internacional de Música y Danza de este año 2019 ha sido con la personalidad arrolladora de la bailaora granadina Eva Yerbabuena y su última propuesta, 'Cuentos de azúcar', una obra de delicadeza y búsqueda, como viene haciendo desde hace tiempo esta artista inquieta y a lo que nos tiene acostumbrados. Eva explora el arte en general y pretende, más que hallar referencias comunes y confluencias, encontrar puntos de encuentro y espejos en donde mirarse un arte y otro. En este caso, la delicadeza nipona, su profundidad, su ambiente sensible, e incluso si filosofía, es lo que ha llegado a ella. El espíritu, la música y la estética del Japón, a través de las particularidades y tradiciones de la isla Amami, se encuentran con el ritual del flamenco junto a la bailaora. No es fusión sin embargo (y puede que ni se pretenda), es la superposición de dos sentimientos culturales, la alternancia de dos almas que trascienden su raíz: la artista japonesa Anna Sato, cantante de 'shima uta', música tradicional de dicha isla y el baile de Eva Yerbabuena, recientemente galardonada con el Premio Max a la Mejor Intérprete de Danza femenino, precisamente por esta misma obra y por nacional de danza 2011. Es una obra tan femenina como intencionadamente pueril.

Todo es simbólico. La obra da comienzo con unas espirales de metal que componen un círculo en el escenario, que parecen olas, y otro redondel, que puede simbolizar tanto la luna como el sol orientales (el sol naciente), se proyecta en el telón de fondo haciendo un interesante paralelismo que redunda en la simbología. Eva Yerbabuena, principia sobre tarantas la pieza 'Kenmun me dijo...'. Vestida de negro y sin moverse de un punto, de una 'loseta', baila con cuatro brazos como si fuera la diosa Shiva o cualquier otro dios oriental. Los dos brazos que aparecen por detrás son del invisible bailarín Fernando Jiménez, patenaire de la artista. Una toma remata la pieza. Más adelante este bailaor abordará en solitario un baile étnico y telúrico atrapado por la percusión hipnótica de Antonio Coronel, Kaoru Watanabe y Rafael Heredia que tañen batería, tambores japoneses y cajón flamenco, respectivamente.

Artistas
Eva Yerbabuena y Fernando Jiménez (baile); Paco Jarana (guitarra);Anna Sato (voz); Alfredo Tejada y Miguel Ortega (cante); Antonio Coronel, Kaoru Watanabe y Rafael Heredia (percusión).
Ambiente
Teatro del Generalife. Lleno.

Una nana sentida

Una nana sentida, con tambor de fondo, proveniente de la isla de Amami, cantada por la invitada Anna Sato, emociona hasta estremecer. Su poder de trasmisión es tan grande que parece que entendiéramos la letra. Todo lo delicado hasta el momento se ve mancillado ex profeso con la caña (es hora de pisar el suelo). Eva con bata de cola nuestra su vena flamenca e hilvana la pieza con grandes momentos, rompiendo lo etéreo que propuso en un comienzo, taconeando un remedio del bolero de Rabel. La rúbrica, el remate de lento movimiento es marca de la casa, conocido como efecto Matrix, que ya viene de antiguo. Remate que recupera y prolonga Anna Sato, con su portentosa su voz, cuajada de altibajos y controlados jipíos cantando 'Okuribuchi' o sea, 'La despedida al hombre'. Seguidamente las voces del cantaor granadino nacido en Málaga Alfredo Tejada y Miguel Ortega proponen una desgarrada cartagenera al alimón de puro lujo, que baila Eva jugando con mantón granate.

Un nexo común, imprescindible en toda la obra, es la música. Música, de brillante autenticidad, firmada por el incondicional guitarrista y compositor Paco Jarana, compañero y cómplice de Eva Yerbabuena.

Siguen los símbolos y siguen los cuentos; el roce y los guiños. Cambia la luz y la escena brevemente con un extraño y creativo paso a dos y un pez globo que recorre el escenario a ritmo de tambor, antes dar paso a la bailaora por tangos, en los que no puede ocultar su procedencia granadina y donde se alterna el canto japonés con el cante flamenco como si fueran de la misma familia. Una malagueña y una granaína dan paso a un final que suena por Cádiz y donde el intento de fusión de ambas culturas es más evidente. Después de ese momento todos se acercan al proscenio con sus instrumentos rodeando a Eva Yerbabuena como alma inconfundible. Anna Sato, además de cantar, tañe ese instrumento tradicional japonés de tres cuerdas llamado 'shamisen'. No se le escucha demasiado, ahogada por el resto del equipo, pero la intención está servida. Eva demuestra su primacía con su baile completísimo de brazos, pies y eficaces escobillas. Los músicos van abandonando las tablas hasta dejar a Eva sola, que recibe a los postres, como si fuera un sensible fin de fiestas, bajo tambores japoneses, a Anna Sato para tomar té, antes de dedicarse una sentida reverencia.