España dentro de una guitarra

España dentro de una guitarra
ALFREDO AGUILAR

Excelente recital comentado, de música española, por Pablo Sáinz, en el Corral de Carbón

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

El Corral del Carbón es un lugar granadino con suerte. Como es sabido ocupaba el centro económico de la ciudad nazarí, a un paso de la Alcaicería, con el Darro por medio, y era frecuentado por todo tipo de mercaderes y forasteros. Aún conserva en la planta alta pinturas de estirpe musulmana que denotan la valía de aquellos alojamientos, frente al muladar de la parte baja. Ya en el siglo XVI fue casa de vecinos y ocasionalmente Corral de Comedias, hasta que se edificaron los teatros al uso. En el siglo XX estuvo a punto de ser demolido, como tantos otros edificios en Granada lo eran por entonces, ya que un empresario quería edificar allí un cine, espectáculo que comenzaba a hacer furor en Granada. La suerte fue que los funcionarios llegaron a tiempo, no como en el Cervantes, y el edificio se salvó. Hoy sigue ahí, casi como en la Edad Media y es sede de las oficinas de la OCG y del Festival, así es que destila cultura por sus cuatro esquinas.

Anoche tuvo la suerte de acoger en su patio a uno de los grandes de la guitarra: Pablo Sáinz Villegas, que definió su recital como un viaje por España, con final en Hispanoamérica, gracias a obras de Albéniz, Granados, Barrios, Tárrega... los imprescindibles de la melodía bien acompasada y del ritmo atemperado, encerrados entre las seis cuerdas del instrumento más español de todos para describir sus paisajes y sus gentes.

El aplaudido intérprete fue desgranando un programa netamente español, conocido pero no por ello fácil ni asequible a cualquier guitarrista con un mínimo de calidad. Desde Sevilla hasta Asturias y desde El Valle de Lecrín hasta la zona riojana o aragonesa con su jota tan característica. Un vistazo que sabe a poco pero que exalta a nuestro Ángel Barrios a la altura de los grandes. A pesar de que su música está descontextualizada de lo que por aquellos años se componía en Europa, uno se extraña de que piezas tan bonitas del granadino, con sones de habanera o evocaciones flamencas, no se escuchen más veces y no sean tan populares como las de sus tres compañeros de cartel. Un acierto el de Pablo, este de incrustar la música de Ángel Barrios en el centro de su programa, con un recuerdo entrañable a Angelita, la donante a Granada del legado de su padre. A destacar los sones gratos, jacarandosos y casi danzantes del que fue concejal de cultura de nuestro Ayuntamiento, antes de la Guerra, y cuya obra escénica yace a la espera de ser montada con dignidad.

Pablo pertenece a la generación de intérpretes fin de siglo, la que consiguió con esfuerzo y tesón colocar la música española en los atriles de las más prestigiosas orquestas internacionales, y el que sigue de lejos la estela de Andrés Segovia. Con su madurez acrisolada, lo mismo se esmera en recitales a solo, como el de anoche, que brilla en el repertorio concertístico, junto a los más encumbrados directores. Parte de su fama le ha venido de sus conciertos espectaculares, en estadios de fútbol o flotando sobre un río. Pero anoche se decantó por su faceta más íntima. Y todos salimos ganando.

Estampa apolínea

Con su estampa apolínea seduce a la vez que encandila. Usa con agilidad extrema sus dedos muy finos y sigue con el gesto la anfractuosidad de cada pieza, sin descomponer la gallardía agarena de su estampa. Su destreza se basa en un uso comedido del vibrato, un calibre exacto de a qué altura ha de rasguear desde el bordón hasta la prima, una elasticidad portentosa de la derecha que lleva cada dedo al traste adecuado en el momento justo. Propende a lo teatral, lo cual es un arma de doble filo, porque ese jugar al malabar con la izquierda, ese alargar el arpegio para crear dramatismo o ese subrayar mucho el contraste entre el rasgueo fuerte y la sordina tenue, a veces le hace perder algunas notas por el camino, como le ocurrió con Sevilla de Albéniz y la Andaluza de Granados.

Sin embargo con Barrios, y sobre todo con Tárrega, el guitarrista se vino arriba. Ese ya sí era el Pablo genial, sin los nervios traicioneros del principio. Una segunda parte portentosa, plena de aciertos en los timbres y de recursos sonoros perfectamente aprovechados, como la imitación de un tamboril golpeando la caja de la guitarra. Y todo eso sin perder su átomo de histrionismo y su afán didáctico, que le empujaba a ir comentando, con voz demasiado débil, cada obra. Ese susurro y su forma de vestir, sin remilgos ni uniformes, mostró a un músico cercano y cálido lo que acrece como valor humano, su incontestable valía de artista.

Entre Pablos anda el juego: Pablo, el director del Festival, ha confiado en Pablo el guitarrista internacional. Y esta vez no se ha equivocado. Con su revisión, didáctica y esmerada, de los clásicos españoles para guitarra se escribió anoche una de las más bellas páginas del Festival, iniciando el uso por este verano del Corral del Carbón, tal vez la sala de conciertos más antigua todavía en pie, que haya pisado este magnífico guitarrista.

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