Ecos de una Rusia inestable

El solista armenio Sergei Khachatryan, durante la intepretación del 'Concierto para violín y orquesta nº 1' de Shostakovich.
/RAMÓN L. PÉREZ
El solista armenio Sergei Khachatryan, durante la intepretación del 'Concierto para violín y orquesta nº 1' de Shostakovich. / RAMÓN L. PÉREZ

Segunda noche triunfal de la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, de San Petersburgo, con obras de Prokofiev y Shostakovich

ANDRÉS MOLINARI GRANADA

Memorable el paso de la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, de San Petersburgo por el festival de Granada. Si el sábado nos sorprendió gratamente con su airosa forma de interpretar la música rusa de inspiración hispana, anoche ya se enfangó en su propio repertorio. Frente a una música rusa decimonónica, evocadora de países lejanos, ciudades idealizadas y cuentos de las 'Mil y Una Noches', el siglo XX será el siglo de los muchos, muchísimos, cambios en la Rusia zarista y eternal. La propia y bellísima ciudad de la que proviene esta magnífica orquesta, la Venecia del Norte, pasó a llamarse Petrogrado durante la revolución, Leningrado durante la etapa soviética y volvió a ser San Petersburgo desde 1991.

Dos autores en tres obras diferentes dieron cuenta anoche, mediante sus intencionadas músicas, de aquella inestable Rusia, de los muchos conflictos armados y no armados que la han asolado y vuelto a resucitar durante el convulso siglo XX.Y la orquesta de la ciudad de nombre cambiante, sin variar un átomo ni su calidad ni su intención de dejar una huella de calidad imborrable en la historia del festival granadino.

El año 1917 se erigió en alfa y omega del programa. En aquel año Serguei Prokofiev daba por terminada su primera sinfonía, en re, llamada 'clásica', por su mirada melancólica y añorante a las viejas formas. Esta fue la primera obra de la noche. Y aquel mismo año revolucionario sirvió de título a la sinfonía núm. 12 en re menor de Dmitri Shostakovich, recordado que la revuelta iniciada, precisamente en esta ciudad de Petrogrado, entonces capital del imperio ruso, encendería la llama de la revolución y tenía que abdicar el zar Nicolás II. Qué gran final para una noche didáctica sobre la historia de Rusia. Los sentidos a flor de piel, el espectáculo rozando lo cinematográfico, una provocación para que el intelecto lea la historia, un hurón para nuestra adrenalina.

Y en medio, como mandan los cánones, una obra concertante, también del genial Shostakovich: su concierto para violín y orquesta nº 1, en la menor, obra concluida casi con la segunda guerra mundial, cuando Rusia pasaba de ganarle la partida a Hitler a seguir perdiendo muchas vidas y mucho arte con Stalin.

En la Clásica de Prokofiev hay encerrada mucha añoranza de los salones barrocos. Una ojeada musical al antiguo régimen, incluso puenteando al romanticismo, para emular a Haydn y a los empelucados. Para decir todo esto con elegancia, distinción y gracia, la orquesta casi se vistió, imaginariamente, con esas pelucas de antaño, y desgranó la breve, concisa y pimpante obra del ucraniano con tanto esmero como acierto.

Batuta pequeña, ideas grandes

Valery Gergiev es un director atípico, pero en ello yace su ardite de genialidad. Con su aparente desaliño indumentario, su barba incipiente y su sariana negra. Dirige con una de las batutas más pequeñas que he visto. Casi un mondadientes. Pero le saca un partido extraordinario. Su izquierda, más trémula, manda, atipla, detiene, modula, anima, entusiasma. Con esos dedos sueltos, como flecos parleros de una bandera de guerra, dice a los violines primeros cuándo deben acallar su trino o enardecer su furia, marca la entrada de los metales, ¡Qué metales en la sinfonía 1917!, siempre atentos a estas indicaciones; casi bailando, señala la percusión para que empaste los sonidos sin agresiones pero con presencia.

Claro que tiene ante sí a una orquesta de una vez. Con los violonchelos y los contrabajos a derecha, como en la forma clásica, una cuerda compacta y bien nutrida, unas maderas que dejan oír sus melismas y escalas nítidamente, sin pretender emulaciones pueriles ni quedar enmudecidas por la monumental masa sonora que las rodea.

Pero, sin duda, el detalle que mejor refleja la bondad de esta orquesta en vivo es su humanidad. Los músicos se sonríen unos otros, cuchichean en los intermedios, hacen gestos de aprobación, se ayudan en el paso de las hojas... Un dechado de camaradería y de complicidades, muy lejos de la sobriedad, casi rayando la sosería, por no decir otro epíteto más granadino, que se refleja en las caras de otros músicos frecuentes por estos lares.

El violín, rey de la noche

La noche del sábado ya nos encandiló la concertino de la orquesta, en sus intervenciones a solo. Todo azabache en su pelo, todas las musas en su violín. Pero lo mejor estaba por llegar. Una orquesta de este calibre necesitaba un interlocutor de la valía que demostró el joven armenio Sergey Khachatryan, cuyo nombre ya suena a compositor. Este premiadísimo intérprete vive el violín. Le extrae todo lo que para este instrumento escribió el compositor de Leningrado, y más. Frunce el ceño, cierra los ojos, arquea el cuerpo. Todo el sufrimiento de un pueblo en un hilván de sonido. Emoción que deja el corazón en un puño. No se puede más.

A veces las comparaciones no sólo no son odiosas, sino que se yerguen como único contraste para aquilatar progresos y criticar retrocesos. Y, comparativamente con ediciones anteriores, este año la página orquestal es palmariamente débil, en cantidad. Tras la inauguración en tono menor, se esperaba que fuesen los dos domingos los que elevasen, en calidad, la gran página sinfónica de nuestra cita internacional. Sin embrago la escasez, a veces, se marida bien con la excelencia y el mejor ejemplo es esta Rusia lejana en geografía, pero que en tan solo dos noches se ha hecho acreedora de todo nuestro afecto, aplauso y admiración.

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