El director dirige en su ciudad

Pablo Heras-Casado dirige a Les Siècles en el concierto inaugural del 67º Festival Internacional de Música y Danza./ALFREDO AGUILAR
Pablo Heras-Casado dirige a Les Siècles en el concierto inaugural del 67º Festival Internacional de Música y Danza. / ALFREDO AGUILAR

Inauguración del Festival con Pablo Heras-Casado canalizando música de Claude Debussy | Una orquesta francesa para una música impresionista en un primer día de gran expectación

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

Notable expectación ante la primera actuación, por partida doble, de Pablo Heras-Casado al frente del Festival: dirigiendo toda la cita musical veraniega y también al frente de una orquesta francesa desconocida por estos lares. Un ondulante solo de flauta fue el primer son de la noche y, con él, quedaba explícito el peculiar programa de la sesión inaugural, sin esa gran orquesta de campanillas en la tarima del Carlos V, ni sobre los atriles la partitura de una de esas grandes sinfonías que cada uno se sabe de memoria y tararea por lo bajini. Una apuesta inicial y osada por la música francesa, abundando en ese sempiterno dilema entre el desdén y la admiración que sentimos los españoles frente a todo lo galo. Nobleza obliga. El pasado 25 de marzo se cumplían cien años de la muerte del compositor francés Claude Debussy, un músico atípico, que afrentó a los consagrados de su tiempo y afrontó una forma de componer difusa y en apariencia caótica, en la que las melodías son hilvanes sin pespuntear y los arpegios sugerencias sin subrayar.

Pablo supo comenzar con la mitología, desde un fauno que echa la siesta hasta Baco que da nombre a la bacanal de la suite para orquesta, tan poco escuchada. Porque hay gente a la que la mitología le aburre. Por eso dejó para la segunda parte el Debussy más transitado, sonoro y paisajístico. El atinado Pablo mismo se sintió como en la Arcadia, con su porte innegablemente apolíneo y su gesto casi hercúleo, esforzado en corregir algún amago de desmán en el metal y un par de desorientaciones en las cuerdas.

Es sabido que Claude Debussy nunca estuvo en España y menos en Granada. Sin embargo, la seducción por lo ibérico era inevitable y una mirada concreta sobre la Alhambra se la propició nuestro Manuel de Falla, tan encandilado con la música del francés que le dedicaría un famoso artículo y su única obra escrita para guitarra. En Ibéria, de Images, está España escondida tras el pentagrama como intuimos el camino entre la neblina. Pablo unas veces levantó la niebla para ver el día de fiesta con rutilo y brillo del metal, y otras dejó espesarse la grisura para que los perfumes de la noche concordasen con esta primera del festival y segunda del verano. Violines primeros enfrentados a los segundos, empaste por momentos conseguido, arpas que evocaban el Parnaso. Todo muy bien armonizando, acertando en dirigir la orquesta con la suavidad necesaria para que oigamos el lápiz dibujando el misterio, cuya descripción por Debussy tanto desasosegaba a Stravinski, más amigo del escoplo y de la fragua.

La orquesta francesa tradujo la obra de su compatriota sin empalago romántico ni hispanofilia melosa. Marcó muy bien las diferencias entre el discurso descriptivo y esos paréntesis que introduce Debussy y que despistan al oyente poco avezado. Jugó sin estrépito con las interpolaciones y se nota que gozó con los pasajes incompletos, transmitiendo ese mismo gozo a los que escuchamos.

Frente a esta orquesta sin fama pero con la corrección por atril, un director que pinta los sonidos en el aire con su además muy teatral sin llegar al histrionismo, sin demasiada esclavitud visual en tener que ir hojeando la partitura ni marcar el compás con la batuta. Al no usarla tenía sus manos libres para señalar con el dedo, balancear la palma como hacen las olas del francés, saludar las entradas rutilantes del metal, acariciar el aire para ordenar sosiego y morigeramiento, cerrar en círculo pulgar con índice para aseverar que se dé la nota precisa.

Impresionismo

La mer es el culmen del impresionismo musical. Debussy hace sonar las olas y el viento de forma magistral. Y la orquesta dirigida por Pablo dibujó con su afán por gustar estos juegos de elementos telúricos y aquella calma que sigue o que preludia la tempestad. Hemos escuchado esta obra maestra de la música impresionista más de una vez en el Festival, pero anoche se notaba el brío de Pablo y que toreaba en su tierra.

Ante su ademán incontenible y su brío inagotable la orquesta se creció. Una orquesta nítida y gustosa de la espectacularidad en los finales pomposos y rimbombantes, más virada a la opacidad en los arpegios plácidos, aunque con un par de solos engastados según el mejor estilo. Para una noche en la que las sutilezas ganaron a las grandezas, los guiños a las miradas frontales y los pasajes de sencilla belleza a los instantes de fulgor sublime, que son los que uno siempre anda buscando en citas tan importantes como este festival.

Saludo al nuevo director del Festival, en su doble faceta ante la decisión y de la batuta. Satisfacción por que un granadino que triunfa ante las orquestas del mundo dirija en su ciudad natal. Interés por esta novedad de que un director del festival lo abra dirigiendo él mismo, sin hacer caso al mohín prejuicios de algún granadino aquejado del mal endémico de la ciudad. Y atinado en calafatear la nao musical que hubo de zarpar anoche camino de la historia, haciendo su 67 singladura. Lo que comenzó en delicuescencias mitológicas se concretó en tierra hispana y mar sin patria, en un periplo con el Pirineo como timón: allá la orquesta y el compositor, acá, salvándoles las velas a ambos, tema y director.

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