Dieciséis cuerdas para pintar la música entre dos siglos

Un momento del concierto de anoche./RAMÓN L. PÉREZ
Un momento del concierto de anoche. / RAMÓN L. PÉREZ

El Cuarteto Quiroga interpretó músicas evocadoras de Debussy en el patio de los Arrayanes de la Alhambra

ANDRÉS MOLINARIGRANADA

El cuarteto de cuerda es una página imprescindible para analizar y comprender la evolución de la música en los tres últimos siglos y, por tanto, nunca debe faltar en un Festival que se precie. Los anales de nuestro Festival registran la maravilla que fue la actuación del Cuarteto Italiano, en el Salón de Reyes, es decir dentro de Comares, el verano de 1955, y el estreno de la obra de Halffter, que escuchamos también anoche. Entonces era 1973 y aún se usaba el Patio de los Leones. Por historia y por lógica un cuarteto debe visitar cada estío la Alhambra con ocasión del Festival. Y anoche se aunó tradición, calidad y escenario, al invitar al Cuarteto Quiroga a hacer sonar sus dieciséis cuerdas en el patio de los Arrayanes. Durante décadas notamos la ausencia de buenos conjuntos de cámara en el panorama concertístico español, pero por suerte hogaño han surgido bonísimos grupos entre cuyo grupo de cabeza está este cuarteto, que rinde homenaje con su nombre al violista pontevedrés Manuel Quiroga. Dieciséis cuerdas repartidas entre Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio.

Para nuestro deleite este cuarteto, de amplia y arriesgada discografía, pintó con sus instrumentos un gran fresco de la música del siglo XX y comienzos del XXI, enmarcado por los dos grandísimos macizos de arrayán, con dos piezas anteriores a la segunda guerra mundial, otras dos posteriores y un estreno absoluto, todas ellas bajo el denominador común del título que enunciaba el concierto: La larga sombra de Debussy. Los reflejos que crepitaron sobre el agua del estanque hablaron de ese devenir de la música pura, de la música de cámara, antes y alrededor del atonalismo.

Para preparar el cuadro nada menos que La Oración del Torero, de Turina, en su versión de 1927 para cuarteto de cuerda. Tras la carga melancólica aparecían los perfiles del diestro en capilla, en un tono elegíaco y escorado hacia esa frialdad académica que esquivaba todo amago de andalucismo. Como en el resto del concierto un ardite de exceso teatral, sobre todo en los finales, y no sólo levantando los arcos cual Breda rediviva.

Dando un paso atrás en el tiempo, el cuarteto Quiroga viajó hasta 1903 cuando Ravel daba por terminado su cuarteto de cuerda en fa mayor, única incursión del vascofrancés en este género de cámara. Una versión más correcta que creativa, con un empaste terso, pero sin perder cada instrumento su parla fluida, unos retornos cadenciosos: viola melosa, los dos violines excelentes en los trémolos y el chelo sin amilanarse por ser acompañante. Acertado el pizzicato del segundo tiempo.

En torno a lo hispano

Si el concierto había comenzado con la música andaluza de Turina y había espejeado con el hispanófilo Ravel, el autor del bolero, ahora el viaje musical cruzaba un jirón de agua mucho más ancho que este estanque de los Arrayanes: hasta la América hispana.

Rodolfo Halffter perteneció a una familia de músicos, alguna de cuyas ramas está muy ligada a Granada, a través de la amistad y el magisterio de Manuel de Falla. Sus ocho tientos para cuarteto de cuerda visitaban por segunda vez el Festival, en 1973 en Leones, anoche en Arrayanes. Al igual que varió el patio, en esta obra la palabra tiento no ha de entenderse como intento, sino a la antigua usanza, como se denominaban los juegos y cambios efectuados sobre un tema inicial, y que con el tiempo se llamarían variaciones. El Quiroga supo dibujar todo lo danzante que encierran esos tientos, incluidos arpegios de la vieja Castilla, Rodrigo al fondo, sin herir demasiado con los tonos agudísimos ni perderse en las abstracciones. Indagando en esta obra se notan muy suaves perfiles americanos, fruto de la larga estancia de Rodolfo en México.

El estreno de la noche fue 'Traité des ombres' de José María Sánchez-Verdú, encargo del Festival. Obra comprometida con su siglo. Desde el silencio sin sentido un enjambre de gestos más que de notas aletea guiado por el dedo fiero sobre el chelo en vibrato. Inquietud de sones más intuidos que escuchados; bisagras que chirrían entre la penumbra y el desasosiego.

Terminó la parte programada del concierto con el primer cuarteto del bonaerense Alberto Ginastera, obra de 1948 y desdeñosa de la atonalidad que por aquellos años expresaba el desencanto de la posguerra. Una obra de contenido protesta mediante la violencia sonora, que muestra a Ginastera más músico que folclorista, ya que, como es sabido este compositor fue un compositor de fortísimo sentimiento nacionalista, sobre todo en sus pampeanas y danzas. Como en las piezas anteriores el Cuarteto Quiroga derrochó musicalidad y buen hacer. Mantuvo lozano y locuaz ese motu perpetuo que subyace en la partidura y se acercó, arriesgando, a la obstinación como forma de pintar con tonos vivos una música nacida en el continente austral pero cercana a nuestro mundo septentrional.

No soy partidario de los altavoces en los conciertos de música clásica. Porque si te toca uno cerca, y a muchos nos trocó, es como si escuchases la música por la radio, y sin tanto frío. Cierto que para la pieza de Verdú parecían necesarios. Pero en todo caso debería anunciarse que este o aquel concierto lleva megafonía, para que el melómano eligiese si oír los altavoces del patio de los Arrayanes o los de su aparato de radio en casa, en pijama y tumbado en su sofá. Mejor prevenir que lamentar.

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